Durante años, las principales empresas del negocio de las bebidas construyeron campañas publicitarias asociadas a la felicidad, la amistad, las celebraciones y el consumo sin demasiadas restricciones. Sin embargo, a medida que crecieron las preocupaciones por el azúcar, las calorías, el alcohol y los hábitos saludables, esas mismas compañías comenzaron a reformular tanto su discurso como su cartera de productos.
El cambio no respondió a un único momento ni a una transformación repentina de la industria. Fue un proceso gradual impulsado por la evolución de las preferencias de los consumidores y por la necesidad de diversificar los negocios en un mercado cada vez más competitivo.
Del exceso al bienestar como estrategia comercial
Uno de los primeros movimientos relevantes fue el de PepsiCo, que en 2006 lanzó la estrategia «Performance with Purpose», incorporando conceptos como nutrición, bienestar y reducción de azúcar dentro de su comunicación corporativa.
Al año siguiente, Coca-Cola adquirió Glacéau, propietaria de las marcas Vitaminwater y Smartwater, ampliando su presencia en el segmento de bebidas funcionales e hidratación. En 2009 también invirtió en Innocent, empresa de jugos y smoothies con una imagen vinculada a productos naturales y sustentabilidad, de la que posteriormente tomó el control.
En 2016, la compañía reemplazó su histórica campaña «Open Happiness» por «Taste the Feeling». El nuevo mensaje dejó de asociar directamente el consumo con la felicidad y comenzó a poner el foco en la experiencia del producto, las versiones sin azúcar y las porciones reducidas.
Un año después, Coca-Cola se definió oficialmente como una «empresa total de bebidas», reflejando una estrategia que buscaba reducir su dependencia de las gaseosas mediante el crecimiento en categorías como agua, café, lácteos, bebidas deportivas y opciones sin azúcar.
Compras para adaptarse a nuevos consumidores
La diversificación también alcanzó a otras compañías del sector. En 2018, PepsiCo adquirió SodaStream, fabricante de sistemas para preparar agua gasificada en el hogar, reforzando un discurso centrado en la hidratación personalizada y la reducción del uso de envases.
En 2019, Diageo, propietaria de marcas como Johnnie Walker, Smirnoff y Guinness, compró la participación mayoritaria de Seedlip, una empresa especializada en destilados sin alcohol. Cinco años después, en 2024, amplió esa estrategia con la adquisición de Ritual Zero Proof, consolidando su presencia en ese segmento.
Por su parte, Molson Coors modificó en 2020 su nombre corporativo de Molson Coors Brewing Company a Molson Coors Beverage Company, reflejando una visión más amplia del negocio. En 2021 sumó una alianza con ZOA, bebida energética vinculada al deporte y promovida por Dwayne «The Rock» Johnson, presentada como su primera incursión en energizantes con ingredientes de origen natural.
Ese mismo año, Coca-Cola completó la adquisición de BodyArmor por aproximadamente US$5.600 millones, fortaleciendo su presencia en el mercado de bebidas deportivas e hidratación. También en 2021, PepsiCo reemplazó su estrategia anterior por pep+, centrada en sustentabilidad, reformulación de productos y reducción de azúcar, sodio y grasas dentro de su portafolio.
La tendencia continuó en 2025, cuando PepsiCo anunció la compra de Poppi, una gaseosa prebiótica orientada al bienestar digestivo, por US$1.950 millones, incorporando un segmento de fuerte crecimiento dentro del mercado de bebidas funcionales.
Un negocio que acompaña los cambios de consumo
La evolución de las estrategias de estas compañías no implica que hayan dejado de comercializar bebidas azucaradas o alcohólicas, ni que todas las nuevas alternativas sean equivalentes entre sí desde el punto de vista nutricional.
Lo que muestran estas decisiones es una adaptación al comportamiento del consumidor. A medida que crecieron las demandas por productos con menos azúcar, sin alcohol o asociados al bienestar, las grandes empresas ampliaron su oferta para incluir esas categorías dentro de sus propios negocios.
El mensaje cambió con el tiempo: de promover el consumo asociado a la diversión y el exceso, pasó a destacar conceptos como equilibrio, hidratación, funcionalidad y moderación. El objetivo empresarial, sin embargo, continuó siendo el mismo: responder a las nuevas preferencias del mercado y mantener su participación en una industria en constante transformación.
Las principales multinacionales de bebidas modificaron su estrategia comercial durante las últimas dos décadas para adaptarse a consumidores cada vez más atentos al azúcar, las calorías, el alcohol y el bienestar. Sin abandonar sus negocios tradicionales, incorporaron marcas de aguas, bebidas funcionales, destilados sin alcohol y productos saludables, transformando su discurso sin alterar el objetivo central: seguir creciendo en el mercado.
Hubo una época en la que la publicidad parecía escrita por un primo optimista que aseguraba que una gaseosa podía resolver desde una tarde de calor hasta una crisis existencial. Bastaba abrir una botella para conseguir amigos, romance, felicidad y, si el presupuesto alcanzaba para una promoción de dos por uno, probablemente también la paz mundial. El azúcar era apenas un detalle técnico que nadie invitaba a la conversación. El alcohol, por su parte, aparecía como ese compañero infalible que convertía cualquier reunión de oficina en una épica digna de Hollywood. Nadie preguntaba por calorías. Mucho menos por microbiota. Eran tiempos más simples: la conciencia nutricional todavía no había aprendido a leer etiquetas.
Pero el consumidor empezó a cambiar. Descubrió que las tablas nutricionales existían, que los médicos tenían opiniones bastante menos festivas que los publicistas y que la palabra «bienestar» vendía casi tanto como «felicidad». Entonces ocurrió uno de los movimientos empresariales más elegantes del capitalismo moderno: las compañías no discutieron con el nuevo cliente. Lo compraron. Literalmente. Si la moda era tomar agua premium, adquirieron agua premium. Si el futuro eran los prebióticos, aparecieron los prebióticos. Si la tendencia era no beber alcohol, también había una botella lista para eso, cuidadosamente diseñada por la misma empresa que durante décadas había invertido millones en convencer al mundo de brindar hasta por el cambio de horario.
La metamorfosis fue admirable por su sutileza. El viejo eslogan de vivir sin límites empezó a mudarse discretamente hacia un lenguaje lleno de equilibrio, hidratación inteligente, sustentabilidad y bienestar integral. Las etiquetas se volvieron verdes, aparecieron hojas, montañas, vitaminas, ingredientes naturales y palabras suficientemente científicas como para que el consumidor necesitara un buscador antes de llegar a la caja. La revolución no consistía en abandonar el negocio anterior; consistía en ampliar la góndola para vender también el antídoto emocional contra la culpa que el propio mercado había ayudado a fabricar.
Así, las mismas corporaciones que durante décadas llenaron heladeras con gaseosas y bebidas alcohólicas comenzaron a presentarse como guardianas del estilo de vida saludable. No cambiaron tanto de camiseta como de discurso. Mientras el público celebraba haber encontrado una alternativa «más consciente», las empresas celebraban algo todavía mejor: descubrir que podían facturar tanto con el exceso como con la moderación. Después de todo, el verdadero producto nunca fue solamente una bebida. Siempre fue la capacidad de venderle al consumidor exactamente la historia que quería escuchar en cada época.