El rol de Samuel “Chiche” Gelblung durante la última dictadura cívico-militar argentina quedó asociado a uno de los debates más controvertidos sobre la actuación de los medios de comunicación entre 1976 y 1983. En aquellos años, el periodista ocupó cargos jerárquicos en la revista Gente, perteneciente a Editorial Atlántida, una publicación que difundió contenidos alineados con el discurso de las Fuerzas Armadas y cuestionó las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos.
Al momento del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, Gelblung se desempeñaba como jefe de redacción de Gente. Posteriormente fue ascendido a subdirector, por debajo del director ejecutivo de la publicación, Aníbal C. Vigil.
Desde ese lugar participó de la conducción editorial de uno de los semanarios de mayor circulación de la época, caracterizado por combinar información política con notas de espectáculos, farándula y contenidos de entretenimiento.
La “Campaña Antiargentina” y el Mundial de 1978
Una de las coberturas más recordadas de aquellos años fue la denominada “Campaña Antiargentina”, desarrollada en la antesala y durante el Mundial de Fútbol de 1978.
La revista confrontó las denuncias formuladas desde el exterior por exiliados y organismos internacionales respecto de las violaciones a los derechos humanos. Dentro de ese esquema, Gelblung viajó a Francia y realizó crónicas que cuestionaban esas acusaciones y las presentaban como parte de una campaña destinada a desacreditar al país.
En diciembre de 1976, Gente también publicó la denominada “Carta abierta a los padres argentinos”, donde se advertía sobre una supuesta infiltración de la “subversión” en ámbitos educativos y se sostenía: «un cuerpo gravemente enfermo necesita mucho tiempo para recuperarse, y mientras tanto los bacilos siguen su trabajo de destrucción».
En la misma línea editorial, la revista difundía cifras sobre “guerrilleros muertos” en presuntos enfrentamientos y presentaba el avance de la represión como parte de una eventual victoria frente a las organizaciones armadas.
El caso de Norma Arrostito
Uno de los episodios más controvertidos vinculados con aquellas coberturas fue el de Norma Arrostito, fundadora de Montoneros.
Gente publicó una tapa en la que informó que Arrostito había muerto durante un enfrentamiento y acompañó la versión con imágenes atribuidas al supuesto cadáver.
Posteriormente se conoció que Arrostito había sido secuestrada con vida y trasladada a la ESMA, donde permaneció cautiva durante más de un año antes de ser asesinada.
El caso quedó señalado como uno de los ejemplos más graves de las operaciones de prensa utilizadas para difundir versiones oficiales que ocultaban secuestros y desapariciones.
Las declaraciones de Gelblung en democracia
Ya durante la democracia, Gelblung se consolidó como una figura de la televisión y la radio. Sin embargo, sus declaraciones sobre su actuación durante los años de la dictadura continuaron generando controversias.
En una entrevista publicada en 2008, sostuvo: “No me avergüenza nada de lo que hice. Nadie me obligó. Era una época en la que todos creíamos estar en guerra (…) Había que estar en un bando o en el otro. Y yo elegí. Hicimos lo que pudimos. Y todo estuvo bien mientras mataban a nuestros enemigos. Pero después empezaron a matar a nuestros amigos».
En aquella entrevista también relató un episodio vinculado con el periodista Enrique “Jarito” Walker. Según contó, fue utilizado para transmitirle una advertencia de las Fuerzas Armadas en la que le daban “72 horas para irse del país”. Walker fue posteriormente secuestrado y permanece desaparecido.
Gelblung nunca recibió una condena judicial por su actuación dentro de Editorial Atlántida durante la dictadura.
Distintos abogados y querellantes vinculados con causas y procesos de reconstrucción histórica reclamaron que fuera citado para explicar su responsabilidad jerárquica en determinadas operaciones periodísticas y montajes difundidos durante aquellos años.
Samuel “Chiche” Gelblung ocupó cargos jerárquicos en la revista Gente durante la última dictadura cívico-militar argentina. Su trabajo en Editorial Atlántida quedó asociado a coberturas que respaldaron el discurso oficial, cuestionaron denuncias internacionales sobre violaciones a los derechos humanos y difundieron versiones sobre secuestros y enfrentamientos que posteriormente fueron desmentidas.
La historia de los medios argentinos durante la dictadura tiene capítulos incómodos, y algunos vienen impresos en papel ilustración. Mientras el terrorismo de Estado funcionaba en centros clandestinos y la censura hacía su trabajo lejos de cualquier metáfora, Gente construía una Argentina paralela: tapas impactantes, relatos de “guerra”, enemigos perfectamente identificados y una narrativa donde los interrogantes parecían haber sido enviados de vacaciones por tiempo indeterminado.
Chiche Gelblung ocupaba un lugar central en esa maquinaria editorial. No era un cronista perdido en una redacción esperando instrucciones, sino una figura jerárquica dentro de una de las revistas de mayor circulación del país. Desde allí, la publicación combinó celebridades, espectáculos y propaganda política con una naturalidad que hoy resulta difícil de mirar sin que el archivo levante una ceja.
La llamada “Campaña Antiargentina” durante el Mundial de 1978 fue uno de los momentos más representativos de ese esquema. Mientras desde el exterior crecían las denuncias por desapariciones y violaciones a los derechos humanos, buena parte de la comunicación oficialista las presentaba como una operación contra el país. Era una época en la que cuestionar al régimen podía ser presentado como atacar a la Argentina, una pirueta discursiva tan eficiente que convirtió al patriotismo en escudo, argumento y departamento de prensa.
Décadas después, Gelblung habló sobre aquellos años sin formular una retractación integral de su comportamiento profesional. Sus propias declaraciones dejaron una frase particularmente reveladora: “No me avergüenza nada de lo que hice. Nadie me obligó. Era una época en la que todos creíamos estar en guerra (…) Había que estar en un bando o en el otro. Y yo elegí. Hicimos lo que pudimos. Y todo estuvo bien mientras mataban a nuestros enemigos. Pero después empezaron a matar a nuestros amigos». El archivo, como suele ocurrir, tiene una costumbre bastante antipática: no pierde la memoria.