Cada 25 de agosto se celebra en Argentina el Día del Relator Deportivo, una fecha dedicada a reconocer a quienes transformaron la narración de un partido en una parte inseparable del espectáculo.
La efeméride recuerda el nacimiento de José María Muñoz, ocurrido el 25 de agosto de 1924, una de las figuras más representativas de la radiofonía y del periodismo deportivo argentino.
Conocido como «El Relator de América», Muñoz construyó una trayectoria que marcó un antes y un después en las transmisiones deportivas y dejó una influencia profunda sobre las generaciones de relatores que llegaron posteriormente.
José María Muñoz y una nueva manera de relatar
Una de las principales características de Muñoz fue la velocidad y precisión de sus relatos. Su estilo imprimía un ritmo intenso a las transmisiones y permitía seguir cada alternativa de los encuentros prácticamente al instante.
El periodista convirtió su voz en una referencia de los grandes acontecimientos deportivos y desarrolló una forma de narrar en la que la descripción se combinaba con la emoción.
También quedó asociado históricamente a La Oral Deportiva, el programa de Radio Rivadavia que encabezó durante años y que se convirtió en uno de los grandes clásicos del periodismo deportivo argentino.
Su presencia acompañó durante décadas los domingos de fútbol y ayudó a consolidar un formato en el que el relato radial podía transportar al oyente directamente al estadio, aun cuando se encontrara a kilómetros de distancia.
Una escuela para generaciones de relatores
La influencia de Muñoz excedió ampliamente su propia trayectoria. Su estilo se transformó en una referencia para numerosos narradores deportivos que posteriormente construyeron sus propias identidades frente al micrófono.
Con el paso de los años, el relato argentino incorporó voces y estilos diferentes. Mariano Closs hizo reconocible su apertura con ¡Señoras y señores! ¡Buen día, buen día, buen día!, mientras Sebastián Vignolo popularizó expresiones como ¡no lo cante, no lo grite, no se abrace!.
Walter Nelson convirtió su en una marca personal de sus transmisiones, y también dejó instalado el recordado ¡Salí de ahí, Maravilla!.
Víctor Hugo Morales su¡Ta, ta, ta, ta, ta, ta! aportó algunas de las narraciones más recordadas de la historia del fútbol argentino, mientras que Bambino Pons construyó un estilo particular combinando goles con canciones y referencias musicales.
Más allá de las diferencias entre generaciones, todos forman parte de una tradición en la que el relator no solamente cuenta lo que ocurre: también transmite la intensidad, el suspenso y la emoción del deporte.
Por qué se celebra el Día del Relator
La elección del 25 de agosto busca mantener vigente el legado de José María Muñoz y reconocer una profesión profundamente vinculada con la cultura deportiva argentina.
Desde la radio hasta las transmisiones televisivas y las nuevas plataformas digitales, los relatores continúan ocupando un lugar central a la hora de acompañar los grandes acontecimientos deportivos.
El Día del Relator representa así un reconocimiento a quienes lograron que un gol, una carrera, una definición o incluso unos pocos segundos de juego quedaran grabados en la memoria colectiva no solamente por lo ocurrido dentro de la cancha, sino también por la voz que estuvo allí para contarlo.
Cada 25 de agosto se celebra en Argentina el Día del Relator Deportivo, en homenaje al nacimiento de José María Muñoz, ocurrido en 1924. Reconocido como «El Relator de América», fue una figura central de la radio deportiva argentina y marcó generaciones con su velocidad, precisión y capacidad para transmitir la emoción de los grandes acontecimientos.
Hay trabajos que pueden explicarse con una descripción de puesto y otros que necesitan directamente un relator. La jornada laboral, por ejemplo, comienza a las nueve con el pitazo inicial del despertador y un equipo que sale a la cancha todavía negociando con sus párpados. La gran figura del mediocampo es el café doble, encargado de recuperar pelotas, distribuir energía y evitar que el trabajador entregue tres pases consecutivos directamente al bostezo.
Promediando la mañana aparece un correo con asunto «Urgente». ¡Atención! ¡Atención! Todo indica que se viene una contra mortal del sector administrativo. El empleado abre el mensaje preparado para el impacto, pero ¡no lo cante, no lo grite, no se abrace!: Recursos Humanos solamente informa que quedaron medialunas en la sala de reuniones. La oficina recupera el orden táctico y media plantilla abandona sus puestos con una velocidad que ningún simulacro de evacuación consiguió jamás.
Al mediodía llega el entretiempo. El protagonista encara el microondas con el tupper bajo el brazo y espera esos eternos dos minutos que, en términos laborales, equivalen a una prórroga completa. Sale la milanesa recalentada y aparece el grito inevitable: ¡Ta, ta, ta, ta, ta, ta! ¡¿Qué digo almuerzo?! ¡Recontra almuerzo! La torta que quedó en la heladera intenta sumarse al ataque, pero desde el banco llega la orden inmediata: ¡Salí de ahí, Maravilla! Hay partidos que pueden perderse; el colesterol es un torneo largo.
A las 16.30 comienza el verdadero complemento. El cuerpo pide cambio, la concentración quedó amonestada y una planilla de Excel aparece con treinta columnas, dos fórmulas rotas y la actitud intimidante de un equipo brasileño de los años noventa. Pero el oficinista encara, filtra datos, cruza números, corrige errores y deja las cuentas perfectamente equilibradas. ¡Barrilete cósmico de la contabilidad! ¿De qué planeta viniste para cuadrar esos números a esta hora?
Cuando finalmente llega la salida, se apaga la computadora y termina un nuevo encuentro del campeonato más largo del calendario: sobrevivir al martes. Y justamente este 25 de agosto, Día del Relator, cada escena cotidiana parece merecer una garganta que la convierta en final del mundo. Porque si algo enseñaron los grandes narradores argentinos es que hasta el acontecimiento más sencillo puede adquirir épica cuando alguien encuentra las palabras, el ritmo y el tono exactos para contarlo.