El denominado Súper RIGI se convirtió en una de las iniciativas económicas más relevantes impulsadas por el gobierno de Javier Milei durante 2026. El proyecto fue enviado al Congreso el 23 de mayo y, al 24 de junio, ya cuenta con dictamen de mayoría en comisiones y es tratado en una sesión especial de la Cámara de Diputados. La propuesta apunta a atraer inversiones multimillonarias en sectores tecnológicos e industriales emergentes mediante un régimen de incentivos fiscales, cambiarios y regulatorios de largo plazo.
Qué propone el nuevo régimen
La iniciativa no reemplaza al RIGI aprobado junto con la Ley Bases en 2024, sino que funciona como un esquema complementario orientado exclusivamente a actividades consideradas nuevas o experimentales dentro de la economía argentina.
Para acceder al beneficio, los proyectos deberán realizar una inversión mínima de USD 1.000 millones, ejecutar al menos el 20% de ese monto durante los primeros dos años y constituirse bajo la figura de un Vehículo de Proyecto Único (VPU).
Entre los incentivos previstos se destacan una alícuota reducida del 15% en el Impuesto a las Ganancias, amortización acelerada de inversiones, exención de aranceles para importaciones y exportaciones vinculadas al proyecto, acceso progresivo a divisas provenientes de exportaciones y una estabilidad regulatoria de 30 años en materia tributaria, aduanera, cambiaria y previsional.
Además, las empresas podrán recurrir al arbitraje internacional mediante el CIADI y las provincias adheridas deberán respetar un tope máximo del 0,5% en Ingresos Brutos, sin posibilidad de crear nuevos gravámenes específicos sobre los proyectos alcanzados.
Los sectores apuntados incluyen baterías de litio completas, vehículos eléctricos, centros de datos e infraestructura para inteligencia artificial, semiconductores, biotecnología avanzada, refinación y laminado de cobre, cadena de valor del uranio y energías renovables de última generación.
El avance legislativo y la cláusula de contenido local
El 17 de junio el proyecto obtuvo dictamen de mayoría con 61 firmas en un plenario de las comisiones de Presupuesto y Hacienda, Industria y Ciencia y Tecnología.
Durante el tratamiento se incorporó una de las modificaciones más relevantes: una cláusula de Compre Nacional que obliga a destinar al menos el 20% de las inversiones a proveedores locales. El cambio buscó ampliar consensos y responder a cuestionamientos vinculados con la participación de la industria argentina en los proyectos beneficiados.
Con el respaldo de sectores dialoguistas que ya habían acompañado el RIGI original, el oficialismo logró acelerar el tratamiento legislativo y busca obtener media sanción en los próximos días.
Las promesas y las críticas
Desde el Gobierno sostienen que el régimen permitirá captar entre USD 20.000 y 30.000 millones en actividades de alto valor agregado y posicionar al país dentro de cadenas globales vinculadas con minerales críticos, tecnología e inteligencia artificial.
Entre los argumentos favorables también se menciona la posibilidad de generar nuevos encadenamientos productivos gracias al requisito de contenido local y de atraer inversiones que difícilmente llegarían bajo las condiciones tributarias y regulatorias actuales.
Sin embargo, la iniciativa enfrenta cuestionamientos de distintos sectores. Uno de los principales se relaciona con el costo fiscal derivado de la reducción de impuestos y exenciones previstas. También se advierte sobre la pérdida de margen de maniobra para futuros gobiernos debido a la estabilidad regulatoria de tres décadas y la posibilidad de recurrir a tribunales internacionales.
Otras observaciones apuntan a que el porcentaje de contenido local sigue siendo limitado para garantizar una integración significativa con proveedores nacionales y que podrían generarse enclaves productivos con escasa transferencia tecnológica.
Asimismo, especialistas y organizaciones han planteado inquietudes por las exigencias ambientales del proyecto, especialmente en sectores de alta demanda de recursos naturales y energéticos.
San Juan, Vicuña y el impacto regional
La provincia de San Juan aparece como uno de los territorios con mayor potencial para beneficiarse del nuevo esquema debido a su perfil minero y al avance de grandes emprendimientos vinculados al cobre.
El caso más destacado es Vicuña, la integración de los proyectos Josemaría y Filo del Sol impulsada por BHP y Lundin Mining. La iniciativa fue aprobada bajo el RIGI original durante junio de 2026 y contempla una inversión inicial de USD 9.700 millones, con proyecciones que podrían alcanzar los USD 18.000 millones durante la primera década de operación.
Las oportunidades para la provincia incluyen generación de empleo, desarrollo de infraestructura, ingreso de divisas y la eventual llegada de nuevos proyectos de procesamiento de litio, refinación de cobre e infraestructura energética o digital.
Al mismo tiempo, persisten interrogantes sobre el uso del agua en una provincia que ya enfrenta tensiones hídricas, la reducción de herramientas de recaudación provincial derivada de los límites impositivos establecidos por el régimen y la capacidad de fortalecer una red de proveedores locales que capture parte del valor generado por las inversiones.
Con el proyecto ya instalado en el recinto, el debate trasciende la dicotomía entre atraer o rechazar inversiones. La discusión de fondo gira alrededor de qué condiciones debe exigir el Estado para equilibrar competitividad, desarrollo local, protección ambiental y autonomía fiscal durante un período que, de aprobarse la ley, se extenderá hasta mediados de la década de 2050.
<p>El proyecto de ley denominado Súper RIGI avanza en la Cámara de Diputados y busca atraer entre USD 20.000 y 30.000 millones para nuevas industrias mediante beneficios fiscales, cambiarios y regulatorios por hasta 30 años. La iniciativa incorpora un 20% de contenido local obligatorio, pero enfrenta cuestionamientos por su costo fiscal, las limitaciones a la autonomía estatal y el impacto potencial sobre provincias como San Juan.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Hay países que ofrecen estabilidad económica. Otros ofrecen infraestructura. Algunos incluso ofrecen seguridad jurídica. Argentina, fiel a su tradición de hacer las cosas a su manera, decidió presentar una oferta que parece salida de una reunión entre un vendedor de tiempo compartido y un guionista de ciencia ficción: si alguien trae USD 1.000 millones, puede llevarse tres décadas de estabilidad regulatoria, ventajas fiscales, acceso progresivo a divisas y un blindaje jurídico que sobreviviría a varios gobiernos, varias crisis y probablemente a más de una moda tecnológica.
El Súper RIGI aterrizó en el Congreso con la promesa de convertir al país en un imán para industrias que hoy apenas asoman en el horizonte local: baterías de litio completas, centros de datos para inteligencia artificial, semiconductores y cobre refinado. En otras palabras, el plan consiste en pasar de exportar recursos a intentar participar en la liga donde se fabrican los componentes que alimentan desde autos eléctricos hasta algoritmos capaces de escribir discursos más largos que una sesión parlamentaria.
La discusión, sin embargo, no gira únicamente alrededor de los dólares prometidos. Porque cada vez que alguien pronuncia la frase “estabilidad por 30 años”, en algún despacho provincial una calculadora comienza a emitir sonidos de alarma. El proyecto fija un impuesto a las Ganancias del 15%, limita tributos provinciales y habilita mecanismos de arbitraje internacional. Traducido al castellano político: el inversor recibe previsibilidad y el Estado firma un compromiso tan extenso que algunos funcionarios que hoy lo debaten probablemente ya estén jubilados cuando expire.
En el medio apareció una cláusula de Compre Nacional del 20%, una incorporación que busca evitar que las inversiones funcionen como una nave espacial que aterriza, extrae recursos, deja algunas fotos para la inauguración y despega sin generar demasiados vínculos con la economía local. La medida fue celebrada por quienes reclamaban mayor participación de proveedores argentinos, aunque muchos sostienen que sigue siendo una exigencia modesta para proyectos de semejante magnitud.
San Juan observa la escena desde una posición privilegiada y, al mismo tiempo, incómoda. El proyecto Vicuña ya se convirtió en uno de los emblemas del RIGI original y consolidó al cobre como protagonista de la conversación económica. Pero junto con las promesas de empleo, infraestructura y divisas reaparecen preguntas conocidas sobre agua, recaudación y control ambiental. Es el clásico debate argentino versión siglo XXI: cómo atraer inversiones gigantes sin que la letra chica termine siendo más grande que el titular.
Mientras Diputados discute la iniciativa, oficialismo y oposición intercambian argumentos sobre desarrollo, soberanía y competitividad. Unos ven la puerta de entrada a industrias estratégicas. Otros observan un contrato de largo plazo donde el entusiasmo por captar capital podría terminar hipotecando herramientas futuras de regulación. En cualquier caso, el Súper RIGI logró algo difícil en la política nacional: que una discusión sobre impuestos, estabilidad fiscal y arbitrajes internacionales ocupe el centro de la escena. Y eso, en un país donde hasta las calculadoras suelen tener afiliación partidaria, ya constituye una rareza estadística.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
El denominado Súper RIGI se convirtió en una de las iniciativas económicas más relevantes impulsadas por el gobierno de Javier Milei durante 2026. El proyecto fue enviado al Congreso el 23 de mayo y, al 24 de junio, ya cuenta con dictamen de mayoría en comisiones y es tratado en una sesión especial de la Cámara de Diputados. La propuesta apunta a atraer inversiones multimillonarias en sectores tecnológicos e industriales emergentes mediante un régimen de incentivos fiscales, cambiarios y regulatorios de largo plazo.
Qué propone el nuevo régimen
La iniciativa no reemplaza al RIGI aprobado junto con la Ley Bases en 2024, sino que funciona como un esquema complementario orientado exclusivamente a actividades consideradas nuevas o experimentales dentro de la economía argentina.
Para acceder al beneficio, los proyectos deberán realizar una inversión mínima de USD 1.000 millones, ejecutar al menos el 20% de ese monto durante los primeros dos años y constituirse bajo la figura de un Vehículo de Proyecto Único (VPU).
Entre los incentivos previstos se destacan una alícuota reducida del 15% en el Impuesto a las Ganancias, amortización acelerada de inversiones, exención de aranceles para importaciones y exportaciones vinculadas al proyecto, acceso progresivo a divisas provenientes de exportaciones y una estabilidad regulatoria de 30 años en materia tributaria, aduanera, cambiaria y previsional.
Además, las empresas podrán recurrir al arbitraje internacional mediante el CIADI y las provincias adheridas deberán respetar un tope máximo del 0,5% en Ingresos Brutos, sin posibilidad de crear nuevos gravámenes específicos sobre los proyectos alcanzados.
Los sectores apuntados incluyen baterías de litio completas, vehículos eléctricos, centros de datos e infraestructura para inteligencia artificial, semiconductores, biotecnología avanzada, refinación y laminado de cobre, cadena de valor del uranio y energías renovables de última generación.
El avance legislativo y la cláusula de contenido local
El 17 de junio el proyecto obtuvo dictamen de mayoría con 61 firmas en un plenario de las comisiones de Presupuesto y Hacienda, Industria y Ciencia y Tecnología.
Durante el tratamiento se incorporó una de las modificaciones más relevantes: una cláusula de Compre Nacional que obliga a destinar al menos el 20% de las inversiones a proveedores locales. El cambio buscó ampliar consensos y responder a cuestionamientos vinculados con la participación de la industria argentina en los proyectos beneficiados.
Con el respaldo de sectores dialoguistas que ya habían acompañado el RIGI original, el oficialismo logró acelerar el tratamiento legislativo y busca obtener media sanción en los próximos días.
Las promesas y las críticas
Desde el Gobierno sostienen que el régimen permitirá captar entre USD 20.000 y 30.000 millones en actividades de alto valor agregado y posicionar al país dentro de cadenas globales vinculadas con minerales críticos, tecnología e inteligencia artificial.
Entre los argumentos favorables también se menciona la posibilidad de generar nuevos encadenamientos productivos gracias al requisito de contenido local y de atraer inversiones que difícilmente llegarían bajo las condiciones tributarias y regulatorias actuales.
Sin embargo, la iniciativa enfrenta cuestionamientos de distintos sectores. Uno de los principales se relaciona con el costo fiscal derivado de la reducción de impuestos y exenciones previstas. También se advierte sobre la pérdida de margen de maniobra para futuros gobiernos debido a la estabilidad regulatoria de tres décadas y la posibilidad de recurrir a tribunales internacionales.
Otras observaciones apuntan a que el porcentaje de contenido local sigue siendo limitado para garantizar una integración significativa con proveedores nacionales y que podrían generarse enclaves productivos con escasa transferencia tecnológica.
Asimismo, especialistas y organizaciones han planteado inquietudes por las exigencias ambientales del proyecto, especialmente en sectores de alta demanda de recursos naturales y energéticos.
San Juan, Vicuña y el impacto regional
La provincia de San Juan aparece como uno de los territorios con mayor potencial para beneficiarse del nuevo esquema debido a su perfil minero y al avance de grandes emprendimientos vinculados al cobre.
El caso más destacado es Vicuña, la integración de los proyectos Josemaría y Filo del Sol impulsada por BHP y Lundin Mining. La iniciativa fue aprobada bajo el RIGI original durante junio de 2026 y contempla una inversión inicial de USD 9.700 millones, con proyecciones que podrían alcanzar los USD 18.000 millones durante la primera década de operación.
Las oportunidades para la provincia incluyen generación de empleo, desarrollo de infraestructura, ingreso de divisas y la eventual llegada de nuevos proyectos de procesamiento de litio, refinación de cobre e infraestructura energética o digital.
Al mismo tiempo, persisten interrogantes sobre el uso del agua en una provincia que ya enfrenta tensiones hídricas, la reducción de herramientas de recaudación provincial derivada de los límites impositivos establecidos por el régimen y la capacidad de fortalecer una red de proveedores locales que capture parte del valor generado por las inversiones.
Con el proyecto ya instalado en el recinto, el debate trasciende la dicotomía entre atraer o rechazar inversiones. La discusión de fondo gira alrededor de qué condiciones debe exigir el Estado para equilibrar competitividad, desarrollo local, protección ambiental y autonomía fiscal durante un período que, de aprobarse la ley, se extenderá hasta mediados de la década de 2050.
Hay países que ofrecen estabilidad económica. Otros ofrecen infraestructura. Algunos incluso ofrecen seguridad jurídica. Argentina, fiel a su tradición de hacer las cosas a su manera, decidió presentar una oferta que parece salida de una reunión entre un vendedor de tiempo compartido y un guionista de ciencia ficción: si alguien trae USD 1.000 millones, puede llevarse tres décadas de estabilidad regulatoria, ventajas fiscales, acceso progresivo a divisas y un blindaje jurídico que sobreviviría a varios gobiernos, varias crisis y probablemente a más de una moda tecnológica.
El Súper RIGI aterrizó en el Congreso con la promesa de convertir al país en un imán para industrias que hoy apenas asoman en el horizonte local: baterías de litio completas, centros de datos para inteligencia artificial, semiconductores y cobre refinado. En otras palabras, el plan consiste en pasar de exportar recursos a intentar participar en la liga donde se fabrican los componentes que alimentan desde autos eléctricos hasta algoritmos capaces de escribir discursos más largos que una sesión parlamentaria.
La discusión, sin embargo, no gira únicamente alrededor de los dólares prometidos. Porque cada vez que alguien pronuncia la frase “estabilidad por 30 años”, en algún despacho provincial una calculadora comienza a emitir sonidos de alarma. El proyecto fija un impuesto a las Ganancias del 15%, limita tributos provinciales y habilita mecanismos de arbitraje internacional. Traducido al castellano político: el inversor recibe previsibilidad y el Estado firma un compromiso tan extenso que algunos funcionarios que hoy lo debaten probablemente ya estén jubilados cuando expire.
En el medio apareció una cláusula de Compre Nacional del 20%, una incorporación que busca evitar que las inversiones funcionen como una nave espacial que aterriza, extrae recursos, deja algunas fotos para la inauguración y despega sin generar demasiados vínculos con la economía local. La medida fue celebrada por quienes reclamaban mayor participación de proveedores argentinos, aunque muchos sostienen que sigue siendo una exigencia modesta para proyectos de semejante magnitud.
San Juan observa la escena desde una posición privilegiada y, al mismo tiempo, incómoda. El proyecto Vicuña ya se convirtió en uno de los emblemas del RIGI original y consolidó al cobre como protagonista de la conversación económica. Pero junto con las promesas de empleo, infraestructura y divisas reaparecen preguntas conocidas sobre agua, recaudación y control ambiental. Es el clásico debate argentino versión siglo XXI: cómo atraer inversiones gigantes sin que la letra chica termine siendo más grande que el titular.
Mientras Diputados discute la iniciativa, oficialismo y oposición intercambian argumentos sobre desarrollo, soberanía y competitividad. Unos ven la puerta de entrada a industrias estratégicas. Otros observan un contrato de largo plazo donde el entusiasmo por captar capital podría terminar hipotecando herramientas futuras de regulación. En cualquier caso, el Súper RIGI logró algo difícil en la política nacional: que una discusión sobre impuestos, estabilidad fiscal y arbitrajes internacionales ocupe el centro de la escena. Y eso, en un país donde hasta las calculadoras suelen tener afiliación partidaria, ya constituye una rareza estadística.