El Atlanta Community Food Bank enfrenta una creciente presión sobre sus costos logísticos por el aumento del precio del diésel, mientras mantiene una red de asistencia que alcanza a cerca de 300.000 familias por mes en 29 condados del estado de Georgia.
Para sostener esa tarea, la institución trabaja junto a más de 700 agencias asociadas, encargadas de recibir y distribuir alimentos entre comunidades que atraviesan situaciones de inseguridad alimentaria.
La logística requiere aproximadamente 30 tractocamiones y vehículos de reparto. El incremento del combustible afecta directamente el presupuesto destinado a movilizar esa flota, especialmente en los recorridos hacia los sectores rurales más alejados.
USD 100.000 adicionales que equivalen a 122.000 comidas
La organización proyecta que el encarecimiento del diésel podría representar alrededor de USD 100.000 adicionales en costos de combustible.
La magnitud de ese gasto adquiere otra dimensión al compararlo con la capacidad de asistencia de la institución: de acuerdo con los cálculos informados por el banco de alimentos, ese dinero permitiría financiar aproximadamente 122.000 comidas si no tuviera que destinarse al aumento inesperado del combustible.
“No podemos permitirnos reducir lo que distribuimos”, manifestó Hill. “No podemos dejar que nuestros socios sufran porque aumentaron los precios de los alimentos o del combustible; tenemos que absorber ese impacto”.
Los trayectos de mayor distancia suelen tener como destino condados rurales, donde se encuentran algunas de las comunidades con mayores niveles de inseguridad alimentaria. Esa característica incrementa el consumo de combustible y, en consecuencia, el costo de cada operación de distribución.
El impacto también alcanza a las agencias comunitarias
El incremento del combustible no afecta únicamente a la institución central. Las organizaciones que integran la red también deben afrontar los costos de sus propios vehículos para retirar alimentos o distribuirlos entre las familias.
A pesar de esa situación, el Atlanta Community Food Bank no prevé trasladar el mayor gasto a sus agencias asociadas. La decisión busca impedir que el encarecimiento de la logística termine provocando una reducción en la cantidad de alimentos disponibles para las personas que reciben asistencia.
La organización pretende así mantener el volumen de distribución pese al crecimiento de los costos, absorbiendo el impacto dentro de su estructura presupuestaria.
Donaciones y voluntariado para sostener la asistencia
Frente a esta presión financiera, el banco de alimentos convocó a la comunidad a colaborar mediante donaciones y tareas de voluntariado.
Los aportes permiten cubrir diferentes componentes de la operación, desde la adquisición y almacenamiento de productos hasta el transporte necesario para hacerlos llegar a las organizaciones comunitarias.
La institución considera que sostener esas contribuciones será fundamental para preservar el alcance de su red en los 29 condados y evitar que el incremento del precio del diésel reduzca los recursos destinados directamente a la asistencia alimentaria.
El Atlanta Community Food Bank, que asiste a unas 300.000 familias por mes en 29 condados de Georgia, estima que el aumento del diésel podría generarle unos USD 100.000 adicionales en costos de combustible. La organización decidió absorber el impacto para no reducir la distribución de alimentos. Ese dinero equivaldría, según sus cálculos, a aproximadamente 122.000 comidas.
Mover alimentos para 300.000 familias mensuales requiere bastante más que buena voluntad: también hacen falta camiones, combustible y una contabilidad capaz de observar el precio del diésel sin desarrollar inmediatamente una migraña. El Atlanta Community Food Bank utiliza alrededor de 30 vehículos de gran porte y reparto para cubrir 29 condados, una operación logística en la que cada aumento en el surtidor consigue convertir kilómetros de ruta en números considerablemente menos simpáticos dentro del presupuesto.
La institución calcula que podría gastar USD 100.000 adicionales en combustible. Puesto en términos mucho menos abstractos, esa cifra equivale a unas 122.000 comidas. Es uno de esos ejercicios económicos que nadie quisiera tener que hacer: elegir mentalmente entre llenar tanques para transportar alimentos o imaginar cuántos platos podrían financiarse con exactamente el mismo dinero.
El problema se vuelve todavía más complicado porque algunos de los recorridos más extensos conducen justamente hacia comunidades rurales con elevados niveles de inseguridad alimentaria. Es decir, cuanto más lejos está una población que necesita asistencia, más caro resulta llegar hasta ella. La geografía, que normalmente se conforma con aparecer en mapas escolares, decidió participar también de la estructura de costos.
La organización aseguró que no reducirá el volumen distribuido ni trasladará el incremento a sus agencias asociadas. Por eso busca compensar la presión mediante donaciones y voluntariado. El combustible podrá encarecer la ruta, pero el objetivo sigue siendo el mismo: que una suba en el precio del diésel no termine transformándose en menos comida para quienes dependen de esa red.