Herpes zóster: por qué el estrés y la edad aumentan el riesgo de padecerlo

Redacción Cuyo News
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El herpes zóster, popularmente conocido como «culebrilla», es una infección causada por la reactivación del virus varicela-zóster, el mismo que provoca la varicela en la infancia y que permanece latente en el organismo. Según datos difundidos por especialistas, el 90% de los adultos mayores de 50 años está en riesgo de desarrollar la enfermedad.

A medida que el organismo envejece, se produce un deterioro natural del sistema inmunológico denominado inmunosenescencia, un proceso que reduce la capacidad de respuesta frente a infecciones. Además, factores como el estrés y el cansancio pueden actuar como desencadenantes al debilitar temporalmente las defensas.

Quiénes tienen mayor riesgo

El riesgo de desarrollar herpes zóster no se limita únicamente a la edad o al estrés. Las personas con diabetes, enfermedades cardiovasculares, enfermedad renal crónica, asma o enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) presentan una mayor predisposición a padecer la enfermedad.

También existen otras condiciones que comprometen el sistema inmunológico y aumentan la vulnerabilidad ante la reactivación del virus, entre ellas el cáncer, los tratamientos quimioterápicos, el VIH y enfermedades autoinmunes como lupus, psoriasis y artritis reumatoidea.

El Dr. Lucio Criado (M.N. 72768), médico especialista en Medicina Interna, explicó: «Hace pocos días, el director técnico de la Selección Nacional, Lionel Scaloni, comentó que tuvo herpes zóster tras el Mundial de Qatar, en un contexto de fuerte estrés y desgaste emocional. Esto es un claro ejemplo de cómo situaciones de alta exigencia mental y emocional impactan directamente en el cuerpo. El estrés sostenido libera hormonas como el cortisol que deprimen el sistema inmunológico. Cuando las defensas bajan, el virus que estaba dormido encuentra la oportunidad para reactivarse.»

Síntomas y posibles complicaciones

El herpes zóster suele comenzar con síntomas como picazón, hormigueo, sensibilidad al tacto y lesiones cutáneas localizadas, principalmente en el rostro, el tórax o el abdomen.

La enfermedad puede derivar en complicaciones crónicas. La más frecuente es la neuralgia postherpética (NPH), un dolor neuropático persistente que puede extenderse durante meses e incluso años después de la desaparición de las lesiones cutáneas.

Al respecto, Verónica Loggia (M.N. 106976), pediatra, infectóloga y gerente médica de vacunas de GSK, señaló: «Más allá de la erupción, el herpes zóster puede dejar un dolor que se prolonga tras la curación de las heridas de la piel, alterando de forma negativa el descanso, el estado de ánimo y la movilidad, lo que puede provocar depresión o retraimiento social en quien lo padece.”

Cuando la reactivación del virus afecta la zona del rostro, existe además el riesgo de desarrollar zóster oftálmico, una variante que puede comprometer estructuras oculares y generar complicaciones graves, incluida la pérdida de la visión.

La importancia de la prevención

Frente a este escenario, los especialistas remarcan la necesidad de mantener controles médicos y adoptar medidas preventivas para reducir el impacto de la enfermedad.

La Dra. Elena Obieta (M.N. 76451), médica infectóloga, enfatizó: “Cada encuentro con el médico es una oportunidad para conversar sobre cómo prevenir este tipo de enfermedades y cómo fortalecer el sistema inmune. La vacunación es clave para reducir el impacto del herpes zóster y otras enfermedades prevenibles”.

Los expertos coinciden en que la detección temprana y la prevención resultan fundamentales para disminuir las complicaciones asociadas a esta infección viral, especialmente en los grupos con mayor riesgo.

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