La Secretaría General de la Presidencia, encabezada por Karina Milei, incrementó en un 141% los fondos destinados a los gastos operativos de la Casa Rosada. En el plazo de un año, el presupuesto pasó de 471 millones de pesos a más de 1.135 millones, de acuerdo con documentación oficial y respuestas brindadas a través de pedidos de acceso a la información pública.
El esquema administrativo contempla la utilización de tarjetas corporativas estatales asignadas a distintos funcionarios. Sin embargo, el Gobierno no hizo públicos los detalles de los consumos realizados ni las rendiciones correspondientes, pese a que fueron solicitados formalmente.
Un fondo ampliado y nuevas condiciones de gasto
El incremento presupuestario quedó establecido mediante la Resolución 35/2026, firmada a fines de enero y publicada en el Boletín Oficial durante los primeros días de febrero. La normativa fijó un límite de hasta 50 millones de pesos por operación individual y contempló excepciones únicamente para pagos de servicios básicos, débitos originados por embargos y gastos vinculados a viajes presidenciales.
Según la información oficial actualizada al 10 de junio, Presidencia informó la existencia de 140 tarjetas recargables vigentes, tres tarjetas corporativas de crédito y 62 usuarios habilitados para operar dentro de la plataforma “Corporativa Nación”.
No obstante, la respuesta al pedido de información no incluyó los resúmenes mensuales, el detalle de proveedores, los montos ejecutados, las facturas respaldatorias ni los expedientes de rendición. La administración nacional entregó únicamente la nómina de funcionarios vinculados a las tarjetas.
Quiénes figuran en el sistema
La documentación oficial identifica a Karina Milei como titular de una tarjeta bajo la órbita de su secretaría privada. También aparece la vicepresidenta Victoria Villarruel, asociada a dos plásticos del Fondo Rotatorio: uno destinado a “Viáticos y Eventuales” y otro para “Anticipos”.
Entre los funcionarios incluidos en el esquema también figuran el subsecretario de Gestión Institucional, Eduardo “Lule” Menem, y el director de Realización Audiovisual, Santiago Oría.
Controles, rendiciones y una investigación cerrada
La falta de acceso a los consumos genera interrogantes debido a que el convenio firmado con el Banco Nación contempla herramientas para monitorear en línea las transferencias, los movimientos de cuentas, los comercios donde se realizan las compras y la emisión de reportes completos de cada operación.
Además, el manual interno que regula el manejo de cajas chicas establece exigencias estrictas para las rendiciones. La normativa prohíbe imputar gastos efectuados con tarjetas personales y obliga a registrar cada operación mediante expedientes electrónicos GDE, acompañados por facturas emitidas a nombre de la dependencia correspondiente, fundamentos de la compra y firmas digitales.
La documentación también muestra una superposición de funciones dentro del circuito administrativo. Gabriela Winnik y Marcelo Luque Mariño, responsables formales de administrar el Fondo Rotatorio, aparecen además como usuarios con tarjetas de crédito activas. Por otra parte, María Elisa Del Malvar figura como titular de una tarjeta de crédito, una tarjeta recargable y, simultáneamente, posee el perfil de “Administrador Raíz”, el nivel más alto de control dentro del sistema.
Por último, el Gobierno reconoció que impulsó una investigación interna por un posible uso irregular de tarjetas corporativas. La Dirección de Sumarios informó que el expediente fue cerrado el 6 de abril al no detectar un perjuicio económico para el Estado. Sin embargo, la documentación del caso tampoco fue entregada, por lo que no trascendieron detalles sobre qué tarjeta fue analizada, qué montos estuvieron bajo revisión ni si existieron devoluciones de fondos antes del cierre de las actuaciones.
La Secretaría General de la Presidencia elevó en un 141% los fondos destinados a gastos operativos de la Casa Rosada durante el último año, al pasar de 471 millones a más de 1.135 millones de pesos. Aunque un pedido de acceso a la información pública confirmó la existencia de tarjetas corporativas a nombre de funcionarios como Karina Milei, Victoria Villarruel y Eduardo “Lule” Menem, el Gobierno no difundió los consumos ni la documentación respaldatoria de esos gastos.
Más de 1.135 millones de pesos para gastos operativos. Un aumento del 141% en un año. Y 140 tarjetas recargables activas circulando por la estructura presidencial. Pero cuando llegó el momento de mostrar en qué se gastó la plata, la transparencia decidió tomarse licencia.
El sistema tiene capacidad para identificar cada transferencia, cada comercio y cada movimiento en tiempo real. Como esos televisores que prometen ver hasta los poros de una hormiga a tres cuadras. La diferencia es que acá la imagen se volvió borrosa justo cuando había que mirar el ticket.
La Secretaría General de la Presidencia amplió de manera considerable la caja destinada a gastos flexibles de la Casa Rosada. La cifra pasó de 471 millones a más de 1.135 millones de pesos en apenas doce meses. El número tiene la elegancia de una factura de electricidad en verano: llega, impacta y obliga a revisar dos veces.
En paralelo, una respuesta oficial confirmó que existen 140 tarjetas recargables, tres tarjetas corporativas de crédito y decenas de usuarios habilitados para operar dentro de la plataforma estatal. Entre los nombres aparecen Karina Milei, Victoria Villarruel, Eduardo “Lule” Menem y Santiago Oría. La nómina se entregó. Los consumos, no.
La situación resulta llamativa porque la propia documentación oficial describe un sistema diseñado para dejar huellas digitales de cada movimiento. Transferencias, proveedores, montos, reportes y expedientes electrónicos. Todo ordenado, archivado y trazable. Como un supermercado lleno de cámaras donde después nadie encuentra el video de la caja.
Las normas internas tampoco parecen ambiguas. Cada gasto debe estar respaldado por facturas, justificaciones y firmas digitales. Si hubo compras, deberían existir comprobantes. Si no hubo compras, deberían existir resúmenes vacíos. Es una lógica tan revolucionaria como esperar que una heladería tenga helado.
Mientras tanto, una investigación interna por un posible uso irregular de estas tarjetas fue cerrada sin detectar perjuicio económico para el Estado. El expediente tampoco fue difundido. Se sabe que hubo una investigación. Se sabe que terminó. Lo que ocurrió en el medio quedó guardado en una caja más protegida que la receta de la Coca-Cola.
El país donde los sistemas registran todo, salvo lo que la ciudadanía quiere ver.