Jorge Luis Borges fue una de las figuras más influyentes de la literatura universal y, al mismo tiempo, una de las voces más polémicas de la cultura argentina. Sus posiciones sobre la política, el deporte y la identidad nacional generaron debates que continúan vigentes décadas después de su muerte.

El escritor sostuvo una férrea oposición al peronismo, cuestionó el fenómeno social del fútbol y mantuvo una relación ambivalente con el tango, al que admiró en sus formas más antiguas mientras rechazaba algunas de sus transformaciones posteriores.

La oposición de Borges al peronismo

El rechazo de Borges al peronismo se apoyaba en razones ideológicas, filosóficas y personales. El autor asociaba al movimiento con los regímenes totalitarios europeos que dominaron parte del siglo XX y consideraba que representaba una amenaza para las libertades individuales.

Desde una visión que él mismo definía como cercana al individualismo liberal, rechazaba el protagonismo del Estado, el nacionalismo exacerbado y cualquier forma de culto a la personalidad. En distintas declaraciones llegó a describir al peronismo como una expresión de «fanatismo y estupidez».

Las diferencias también tuvieron consecuencias concretas en su vida. En 1946 fue removido de su cargo como bibliotecario de la Biblioteca Miguel Cané y trasladado a un puesto como inspector de aves de corral y conejos en mercados municipales. Borges interpretó aquella decisión como una represalia política y optó por renunciar.

Durante esos años, además, su madre, Leonor Acevedo, y su hermana, Norah Borges, fueron detenidas por su participación en actividades opositoras. El entorno intelectual vinculado a la revista Sur, encabezada por Victoria Ocampo, también mantuvo una relación conflictiva con el gobierno de la época.

Su mirada crítica sobre el fútbol

La relación de Borges con el fútbol fue igualmente distante. El escritor consideraba que el deporte generaba formas de fanatismo colectivo que podían diluir la capacidad crítica del individuo.

Entre sus principales cuestionamientos figuraba la identificación masiva con equipos y colores, fenómeno que asociaba a expresiones de nacionalismo y tribalismo. También advertía sobre los episodios de violencia vinculados a la pasión futbolística.

Desde una perspectiva estética, sostenía que el espectáculo carecía del atractivo que millones de personas encontraban en él. Veía con desconfianza la enorme centralidad cultural y económica que había adquirido el fútbol dentro de la sociedad contemporánea.

Además, interpretaba que algunos gobiernos podían utilizar la popularidad del deporte como una herramienta para distraer la atención pública de otros asuntos políticos y sociales.

El tango que admiraba y el tango que rechazaba

La relación de Borges con el tango fue mucho más compleja. Lejos de rechazarlo por completo, desarrolló una profunda admiración por sus orígenes orilleros y por las primeras expresiones musicales surgidas en los suburbios de Buenos Aires durante el siglo XIX.

El escritor valoraba especialmente el espíritu desafiante y la exaltación del coraje presentes en aquellas composiciones iniciales. Consideraba que obras como “El choclo” o “El entrerriano” reflejaban una identidad criolla auténtica, vinculada a los compadritos y a la cultura de las orillas.

Su preferencia se inclinaba particularmente hacia la milonga, género que entendía como una expresión más pura de esa tradición. Borges incluso escribió letras que quedaron asociadas a ese universo, entre ellas “Jacinto Chiclana”.

Sin embargo, observó con desagrado la evolución posterior del tango durante las décadas de 1910 y 1920. Cuestionaba el predominio de letras centradas en la nostalgia, el desamor y el sufrimiento personal, elementos que consideraba alejados de la tradición que admiraba.

En ese contexto, mantuvo una postura crítica respecto de Carlos Gardel. Aunque reconocía sus cualidades artísticas, sostenía que la enorme influencia del cantor había contribuido a consolidar una versión más sentimental del género.

Para Borges, el tango original representaba una celebración del coraje y la identidad popular, mientras que muchas de sus expresiones posteriores se habían transformado en una versión más melancólica y orientada a la exportación cultural.

Sus opiniones sobre el peronismo, el fútbol y el tango reflejan una constante en toda su obra: la defensa del individuo frente a los fenómenos masivos y una mirada crítica hacia las expresiones colectivas que, a su juicio, podían limitar la libertad de pensamiento.