Samuel «Chiche» Gelblung fue una figura insoslayable del periodismo argentino. El periodista falleció este miércoles 9 de septiembre de 2026, a los 82 años, después de una extensa trayectoria profesional marcada por su paso por la prensa gráfica, la radio y la televisión, además de una fuerte influencia sobre las formas de producir y consumir noticias en el país.
Gelblung había atravesado en los últimos años distintos episodios de salud e internaciones que generaron preocupación. Más allá de esas circunstancias, su carrera ya había consolidado un legado particular dentro de los medios argentinos, atravesado tanto por la innovación como por las controversias que acompañaron algunas de sus coberturas.
De la gráfica al cruce entre información y espectáculo
Antes de convertirse en una de las figuras reconocibles de la televisión, Gelblung ocupó un lugar destacado en el periodismo gráfico como director de la revista Gente durante los años 70 y 80. Allí desarrolló un modelo apoyado en títulos de fuerte impacto, importantes despliegues fotográficos y una particular lectura de los temas capaces de despertar interés masivo.
Ese enfoque encontró posteriormente una nueva dimensión en televisión. Con el histórico programa Memoria, durante los años 90, avanzó sobre fronteras que hasta entonces parecían más rígidas entre investigación periodística, política, policiales, espectáculos y contenidos vinculados con fenómenos paranormales o mitos urbanos.
La combinación contribuyó a consolidar una modalidad asociada al «Infotainment», en la que la información y el entretenimiento podían formar parte de una misma propuesta televisiva. Casos policiales de alto impacto podían compartir espacio con personajes del espectáculo, misterios populares o debates alejados de la agenda periodística tradicional.
Recursos que quedaron incorporados a la televisión
Gelblung también impulsó recursos televisivos que con el paso del tiempo quedaron asociados al archivo popular argentino. Entre ellos estuvo el uso del polígrafo, presentado como «la máquina de la verdad», además de las reconstrucciones dramatizadas con actores utilizadas para representar episodios policiales.
Otro rasgo característico de sus programas fue la presencia de personajes excéntricos o alejados de los circuitos tradicionales de exposición pública. Esa decisión amplió el abanico de protagonistas televisivos y anticipó dinámicas que posteriormente se volverían frecuentes dentro de distintos formatos.
Su capacidad para interpretar los intereses de las audiencias fue uno de los elementos centrales de su trayectoria. Gelblung nunca evitó la discusión alrededor de la etiqueta de «amarillista» y sostuvo durante décadas un modelo periodístico orientado a captar rápidamente la atención del público, combinando información con herramientas propias del espectáculo.
Una influencia que atravesó generaciones
La trayectoria de Gelblung estuvo acompañada por cuestionamientos y controversias éticas vinculadas con algunas de sus coberturas y métodos. Al mismo tiempo, su influencia resulta reconocible en una parte significativa de la televisión y de los portales de noticias argentinos, especialmente en el uso de la tensión narrativa, el impacto emocional y los recursos destinados a sostener la atención de las audiencias.
Su recorrido profesional dejó así una huella en diferentes etapas de los medios nacionales: desde el impacto visual de la prensa gráfica hasta la consolidación de formatos televisivos capaces de combinar noticias, investigación y espectáculo. Durante décadas, Samuel «Chiche» Gelblung fue protagonista de esas transformaciones y uno de los periodistas que más profundamente intervino en la manera de presentar la actualidad al público argentino.
Samuel «Chiche» Gelblung, una de las figuras más influyentes y controvertidas del periodismo argentino, falleció este miércoles 9 de septiembre de 2026, a los 82 años. Su extensa trayectoria en gráfica, radio y televisión dejó una marca profunda en los medios nacionales, donde combinó investigación, espectáculo, impacto visual y una particular capacidad para interpretar los intereses de las audiencias.
Durante décadas, Samuel «Chiche» Gelblung hizo algo que hoy cualquier algoritmo premiaría con entusiasmo: consiguió que una noticia policial, un fenómeno paranormal, una celebridad y una discusión política pudieran convivir sin necesidad de pedir permiso en recepción. Mucho antes de que alguien pronunciara la palabra engagement en una reunión con aire acondicionado, Gelblung ya había descubierto que la atención era una moneda escasa y que el periodismo podía disputarla con todas las armas disponibles, incluida una máquina capaz de preguntar si alguien mentía mientras medio país permanecía pegado al televisor.
Su método parecía responder a una regla sencilla: si una historia podía sorprender, inquietar, indignar o provocar que el espectador demorara cinco minutos más en buscar el control remoto, entonces tenía posibilidades de entrar. Así nació una televisión en la que «la máquina de la verdad» adquirió casi rango de institución republicana y las reconstrucciones dramatizadas de crímenes permitían que la realidad tuviera, por si acaso, su propia repetición instantánea.
Antes de las miniaturas con rostros sorprendidos, los títulos diseñados para obtener clics y las alertas que anuncian como urgente hasta el cambio de temperatura, Gelblung ya había comprendido el principio rector del ecosistema mediático contemporáneo: primero hay que lograr que alguien mire. Después se discute todo lo demás. En ese sentido, buena parte de la televisión argentina posterior puede observarse como una gigantesca reunión de producción dedicada a redescubrir métodos que él ya había puesto sobre la mesa varias décadas antes.
La etiqueta de «amarillista» nunca pareció funcionar como freno. Más bien quedó incorporada a la discusión permanente alrededor de una carrera que mezcló prestigio, controversias y una notable habilidad para detectar qué asuntos podían convertirse en conversación pública. Chiche podía caminar por la frontera entre información y espectáculo con la tranquilidad de quien llevaba años viviendo allí y probablemente ya conocía al encargado del edificio.
Su legado también deja una paradoja difícil de ignorar: muchas de las fórmulas que alguna vez fueron señaladas como excesivas terminaron integradas al funcionamiento cotidiano de medios, programas y portales. El impacto emocional, la tensión narrativa, la imagen potente y la obsesión por retener al público dejaron de ser rarezas para convertirse en parte del manual de supervivencia de la industria. El futuro llegó, abrió las redes sociales y descubrió que Chiche había pasado por ahí primero.