La disputa por las Islas Malvinas ingresó en una nueva etapa marcada por la explotación de hidrocarburos, las tensiones diplomáticas regionales y una ofensiva jurídica argentina contra el Reino Unido. El avance del proyecto petrolero Sea Lion, operado por Navitas Petroleum con participación de Rockhopper Exploration, trasladó el histórico conflicto de soberanía hacia un escenario donde también confluyen intereses energéticos, comerciales y militares. El desarrollo tiene previsto iniciar su producción durante el primer trimestre de 2028.
El nuevo escenario también comenzó a repercutir sobre la relación entre la República Argentina y la República Oriental del Uruguay, dos países que mantienen una extensa tradición de cooperación pero que durante septiembre quedaron atravesados por episodios vinculados directa o indirectamente con Malvinas: desde la polémica por la presencia de un espacio identificado como «Falklands» en Expo Prado hasta la posibilidad de que la Armada uruguaya incorpore patrulleros británicos.
El petróleo cambia la dimensión del conflicto
El ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay, Mario Lubetkin, advirtió a fines de septiembre sobre un cambio sustancial en la naturaleza de la controversia. «Cambió la lógica; ya no es solo una isla invadida, es un despojo económico masivo», sentenció el canciller uruguayo.
Las declaraciones coincidieron con el avance material de Sea Lion. Navitas informa que el proyecto alcanzó la decisión final de inversión y que el primer petróleo está previsto para marzo de 2028. Rockhopper señaló además que la primera etapa utilizará la plataforma flotante Aoka Mizu, con una capacidad estimada de hasta 55.000 barriles diarios, mientras los trabajos de perforación están programados para comenzar a principios de 2027.
Lubetkin también vinculó el desarrollo energético con una posible intensificación de la presencia militar británica. En declaraciones públicas sostuvo que el escenario representa un «cambio de lógica» y afirmó que detrás del petróleo aparece una «articulación militar», una cuestión que, según indicó, conversó con autoridades argentinas.
El planteo introduce una dimensión económica adicional a un conflicto que permanece abierto en el sistema internacional. La Resolución 2065 de la Asamblea General de las Naciones Unidas reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido e instó a ambos gobiernos a buscar una solución pacífica mediante negociaciones.
Montevideo, entre el respaldo diplomático y las nuevas fricciones
La posición uruguaya quedó bajo mayor atención durante septiembre. La Embajada argentina en Montevideo presentó una protesta formal por la presencia, dentro de Expo Prado 2026, de un espacio vinculado a las islas que utilizó la denominación británica «Falklands» y difundió material promocional.
El reclamo argentino fue presentado el 31 de agosto ante la Cancillería uruguaya. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay trasladó inicialmente al Parlamento una recomendación para evitar contactos oficiales con representantes vinculados al espacio, aunque posteriormente dejó sin efecto esa comunicación y atribuyó el episodio a una «confusión».
La controversia coincidió con otro asunto sensible: el análisis del gobierno uruguayo para incorporar patrulleros oceánicos procedentes de la Marina Real británica. Autoridades de Defensa señalaron que las embarcaciones clase River ofrecen capacidades requeridas para tareas de vigilancia marítima, mientras dirigentes argentinos expresaron preocupación por las implicancias políticas que podría tener una operación de ese origen en el contexto de la disputa por Malvinas.
El debate evidencia una diferencia entre las decisiones soberanas de Uruguay en materia de defensa y las sensibilidades estratégicas argentinas. Desde Montevideo, funcionarios del área sostuvieron que las eventuales adquisiciones responden a necesidades operativas de su Armada y rechazaron que la discusión deba interpretarse necesariamente en función del conflicto entre Argentina y el Reino Unido.
Argentina lleva Sea Lion al terreno jurídico internacional
En paralelo, el gobierno argentino decidió elevar la presión sobre el proyecto petrolero. El 28 de septiembre de 2026, la Oficina del Presidente informó que Javier Milei instruyó a la Cancillería y a los equipos jurídicos del Estado a iniciar un procedimiento de arbitraje previsto en el Anexo VII de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR).
Según el comunicado oficial, el objetivo es impedir lo que Argentina considera una explotación ilegítima de los recursos hidrocarburíferos de la Cuenca Malvinas Norte mediante Sea Lion y cuestionar cualquier medida que, desde la posición argentina, pueda agravar la controversia. Buenos Aires sostiene que las licencias otorgadas para operar en esas aguas carecen de validez sin autorización argentina; las empresas involucradas y las autoridades británicas mantienen una posición contraria y consideran legítimas las autorizaciones concedidas por la administración de las islas.
La escalada tuvo una rápida respuesta diplomática. El Reino Unido convocó a la embajadora argentina en Londres para manifestar su rechazo a las medidas anunciadas por el gobierno de Milei y reiteró su posición respecto de la administración de las islas y el principio de autodeterminación de sus habitantes. Argentina, en cambio, defendió el arbitraje como una herramienta pacífica prevista por el derecho internacional.
Sea Lion permanece todavía en etapa de desarrollo. Aunque las obras preparatorias y la fabricación de componentes avanzan, la perforación está prevista para 2027 y el comienzo de la producción para 2028. Esa precisión temporal resulta central: la disputa actual se produce antes del inicio efectivo de la extracción comercial de petróleo, en momentos en que Argentina busca frenar jurídicamente el proyecto y las compañías aceleran la infraestructura necesaria para ponerlo en marcha.
Así, el Atlántico Sur vuelve a concentrar una combinación especialmente sensible de soberanía, energía, defensa y diplomacia. La aparición de una explotación petrolera de gran escala no modifica el origen histórico de la controversia, pero sí amplía sus consecuencias económicas y estratégicas. Y mientras Buenos Aires y Londres trasladan una parte creciente de la confrontación al terreno jurídico, Uruguay aparece cada vez más involucrado en un equilibrio complejo entre su posición diplomática sobre Malvinas, sus decisiones soberanas y su relación bilateral con Argentina.
El avance del proyecto petrolero británico Sea Lion en el Atlántico Sur abrió una nueva etapa en la disputa por las Islas Malvinas. Uruguay advirtió sobre las consecuencias económicas y militares de la explotación, mientras Argentina inició un arbitraje internacional contra el Reino Unido y aumentó la presión diplomática ante decisiones de Montevideo que generan incomodidad en Buenos Aires.
Durante décadas, la cuestión Malvinas tuvo mapas, resoluciones, discursos ante Naciones Unidas y suficientes comunicados diplomáticos como para empapelar el Atlántico Sur. Ahora apareció el petróleo y la geopolítica descubrió, con la puntualidad de un banco cobrando intereses, que los principios internacionales suelen adquirir una extraordinaria nitidez cuando debajo del océano hay hidrocarburos. El proyecto Sea Lion avanza hacia una producción prevista para 2028 y convirtió una disputa histórica en algo todavía más sensible: una disputa histórica con flujo de caja.
En Uruguay, Mario Lubetkin advirtió que la discusión entró en otra dimensión. «Cambió la lógica; ya no es solo una isla invadida, es un despojo económico masivo». Y la frase tiene una particularidad incómoda: coloca una calculadora sobre un conflicto que durante años fue explicado casi exclusivamente con mapas y banderas. Según el canciller, detrás del desarrollo petrolero también puede aparecer una mayor articulación militar británica. Porque aparentemente extraer petróleo en un territorio disputado no era suficiente ingrediente para el menú regional y alguien consideró oportuno agregarle buques de guerra.
Montevideo, mientras tanto, quedó atrapado en una de esas situaciones diplomáticas que parecen redactadas por un guionista con exceso de café: respalda históricamente el reclamo argentino sobre Malvinas, recibió una protesta de Buenos Aires por un espacio que promocionó al archipiélago como «Falklands» en Expo Prado y, casi al mismo tiempo, analiza incorporar patrulleros provenientes de la Marina Real británica. Todo perfectamente explicable por separado; todo bastante más difícil de colocar en la misma foto familiar del Río de la Plata.
Argentina decidió que la etapa de las notas diplomáticas necesitaba musculatura jurídica y abrió un procedimiento de arbitraje bajo la CONVEMAR contra el Reino Unido por Sea Lion. Londres sostiene su posición sobre las islas y Buenos Aires mantiene su reclamo de soberanía. En el medio quedó el petróleo, ese líquido capaz de lograr que una discusión iniciada en el siglo XIX reciba inversión, plataformas modernas, abogados internacionales y una nueva temporada con presupuesto considerablemente mayor.