Los productores olivícolas y pistacheros de San Juan advirtieron que están perdiendo oportunidades de inversión al quedar excluidos de los principales regímenes de incentivo impulsados por el Gobierno nacional. Según referentes de ambos sectores, las condiciones de acceso al Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) y al Régimen de Incentivo a las Medianas Inversiones (RIMI) no contemplan las características propias de estas actividades agroindustriales.
Ambas cadenas productivas son consideradas estratégicas para la provincia por su potencial exportador, su desarrollo con uso eficiente del recurso hídrico y las perspectivas de crecimiento de la demanda internacional. Sin embargo, sostienen que la falta de herramientas específicas limita la llegada de nuevos capitales.
Montos que dejan afuera a gran parte del sector
Uno de los principales cuestionamientos está relacionado con los requisitos económicos exigidos para acceder a los beneficios. El RIGI establece una inversión mínima de USD 200 millones, una cifra que resulta excepcional para emprendimientos agroindustriales vinculados al olivo o al pistacho.
Por otro lado, el RIMI está orientado a empresas de menor escala. Aunque contempla inversiones desde los USD 9 millones para determinadas categorías, muchas de las firmas vinculadas a estas actividades son consideradas grandes empresas y quedan excluidas.
Daniel Fernández, presidente de la Cámara Olivícola de San Juan, aseguró que estas condiciones “dejan fuera a un amplio universo de compañías que invierten en la economía real montos relevantes, por ejemplo entre 10 y 50 millones de dólares, pero no alcanzan los requisitos exigidos para acceder a los beneficios”.
Según explicó, esta situación impide que el sector compita en igualdad de condiciones con actividades que sí cuentan con incentivos específicos, como la minería, la energía o el oil & gas.
El peso de las inversiones de largo plazo
Tanto la producción olivícola como la de frutos secos requieren elevados desembolsos iniciales en tecnología, sistemas de riego, tierras, infraestructura y equipamiento industrial. A esto se suma que los retornos económicos suelen demorarse entre ocho y diez años.
Fernández sostuvo que la ausencia de incentivos “resulta especialmente nocivo en proyectos de largo plazo, que al demorar ocho, diez o más años en generar retornos”.
Durante ese período, los productores deben continuar afrontando costos operativos y tributarios. Uno de los puntos señalados por el dirigente es el impacto del IVA acumulado durante los años previos a la obtención de rentabilidad. Según indicó, la falta de actualización por inflación provoca que este impuesto “termine transformándose en un sobrecosto del 21% que desalienta la inversión productiva”.
Además, destacó que los beneficios contemplados para proyectos incluidos en el RIGI o en el futuro Súper RIGI incluyen reducciones en la carga fiscal. Según detalló, estos esquemas prevén “una reducción sustancial de la alícuota del Impuesto a las Ganancias, pasando del 5% al 25% en el primero y el 15% en el segundo”.
También remarcó la importancia de la amortización acelerada de activos, mecanismo que permite computar inversiones en los primeros años del proyecto y reducir la carga tributaria durante períodos prolongados.
El pistacho y una oportunidad en expansión
Patricio Vallejo, referente del sector pistachero y uno de los impulsores de la cámara que actualmente se encuentra en formación, afirmó que el escenario actual “genera un techo, es como un pie encima al sector en este momento en el que las condiciones van cambiando de forma constante y que afecta a las economías regionales”.
El empresario consideró que la ausencia de incentivos provoca “una desigualdad total con otros sectores, donde nos vemos atados de pies y manos y hace replantearse cualquier inversión a futuro”.
Actualmente, San Juan concentra alrededor del 90% de la producción nacional de pistacho. Aunque la actividad atraviesa una etapa de expansión, gran parte de la producción todavía se destina al mercado interno debido al crecimiento sostenido de la demanda local.
Vallejo destacó que la provincia cuenta con ventajas naturales que la posicionan entre las regiones con mejores condiciones para producir pistacho de alta calidad. A esto se suman factores externos, como el crecimiento del consumo internacional y cambios recientes en el mercado global.
“La situación actual es una desventaja total, porque el olivo y el pistacho son apuestas a largo plazo, donde la inversión se hunde y por lo tanto necesita apalancamiento”, señaló.
También advirtió que los grandes grupos inversores suelen dirigir sus recursos hacia actividades que cuentan con beneficios específicos. “Los fondos no salen de inversiones caseras, sino de grandes grupos, y cuando surgen estas herramientas se terminan enfocando en otro lado y se ven resentidos nuestros sectores”, sostuvo.
Para los referentes del sector, el crecimiento del olivo y del pistacho resulta clave para diversificar la matriz productiva provincial. Vallejo consideró que estas actividades representan una oportunidad para ampliar el perfil económico de San Juan más allá de las producciones tradicionales.
Por su parte, Fernández insistió en que “muchas veces se considera que por el tamaño de nuestras empresas ya no necesitamos herramientas de promoción, cuando la realidad demuestra exactamente lo contrario: la olivicultura requiere inversiones de largo plazo, con recuperos que pueden demandar entre ocho y diez años”.
Finalmente, explicó que existe una iniciativa legislativa impulsada por el senador Vischi destinada a contemplar la situación de los sectores que actualmente quedan excluidos de estos regímenes, y señaló que desde la actividad buscan que el proyecto avance.
Los sectores olivícola y pistachero de San Juan advirtieron que están quedando al margen de los principales regímenes nacionales de incentivo a la inversión. Según referentes de ambas actividades, los requisitos del RIGI y del RIMI no se adaptan a proyectos agroindustriales de largo plazo, lo que limita la llegada de capitales en un contexto de creciente demanda internacional.
Entre 10 y 50 millones de dólares no alcanzan. Para algunos sectores son fortunas capaces de cambiar una región; para los regímenes de incentivo vigentes, apenas una cifra que queda estacionada en la banquina administrativa.
El olivo y el pistacho quedaron en una especie de limbo regulatorio. Son demasiado grandes para entrar por la puerta de las pymes y demasiado chicos para pasar por el portón de las megainversiones. Como quien llega a un casamiento con traje y corbata y descubre que el código de vestimenta era disfraz de astronauta.
La discusión no gira sobre la existencia de inversiones, sino sobre cuáles reciben combustible extra. Mientras actividades como la minería cuentan con esquemas especiales para atravesar años de desembolsos antes de obtener retornos, los productores agrícolas aseguran que deben recorrer el mismo camino con el tanque lleno de impuestos y sin estaciones de servicio en el trayecto.
La situación tiene una particularidad que el sector repite desde hace años: plantar pistachos u olivos no se parece a abrir una persiana comercial y esperar clientes al día siguiente. Son proyectos que exigen riego, tecnología, infraestructura y paciencia en cantidades industriales. La rentabilidad puede tardar casi una década en aparecer. Pero los impuestos llegan puntuales desde el primer día, con una disciplina que cualquier cultivo envidiaría.
En el caso del pistacho, la paradoja adquiere un tono todavía más llamativo. San Juan concentra la mayor parte de la producción nacional y participa de un mercado internacional donde la demanda crece impulsada por nuevas tendencias de consumo y cambios en la oferta global. Es decir, aparece una oportunidad, existe experiencia productiva y hay condiciones naturales favorables. El problema es que, según los productores, la señal para atraer más capital llega con interferencias.
Los empresarios sostienen que muchos fondos terminan mirando hacia actividades que cuentan con beneficios específicos. No porque el olivo o el pistacho hayan perdido atractivo, sino porque cuando una inversión compara escenarios, las ventajas fiscales suelen hablar más fuerte que cualquier folleto promocional.
Así, dos actividades que prometen exportaciones, empleo y diversificación económica observan cómo la competencia por el capital se parece cada vez más a una carrera donde algunos largan desde la línea de salida y otros desde el estacionamiento.
El país donde diez años de espera pueden ser más difíciles de financiar que cien páginas de requisitos.