La inteligencia artificial dejó de ocupar exclusivamente espacios vinculados con el trabajo, el estudio o la productividad. También comenzó a convertirse en una herramienta a la que algunas personas recurren para contar problemas personales, buscar apoyo emocional e incluso intentar obtener explicaciones sobre su salud mental.
Una encuesta realizada por la Asociación Estadounidense de Psicología (APA) entre más de 1.200 psicólogos licenciados de Estados Unidos mostró hasta qué punto los chatbots comenzaron a ingresar en las conversaciones terapéuticas.
De acuerdo con el relevamiento, el 77% de los profesionales afirmó haber hablado con pacientes que utilizaron inteligencia artificial para obtener apoyo, buscar un diagnóstico, conversar o recurrir a ella por otros motivos.
Además, el 35% señaló haber atendido a pacientes que utilizaban la inteligencia artificial como una especie de “profesional adicional”, mientras que el 39% informó casos de personas que recurrieron a estas herramientas para autodiagnosticarse.
Por qué los chatbots resultan atractivos
La disponibilidad permanente, la rapidez de las respuestas y la sensación de conversar sin ser juzgado explican parte del atractivo de estas herramientas. Un chatbot puede responder a cualquier hora y mantener largas conversaciones sin las limitaciones de tiempo habituales de una consulta tradicional.
Sin embargo, esa capacidad para responder de manera inmediata no equivale a una evaluación clínica. Los sistemas de inteligencia artificial pueden ofrecer información incorrecta, presentar afirmaciones falsas con seguridad o reforzar la perspectiva planteada por el usuario en lugar de cuestionarla cuando sería necesario.
La propia APA advierte que los chatbots de uso general no están diseñados para interpretar pruebas psicológicas ni diagnosticar trastornos mentales o enfermedades.
También existe un aspecto potencialmente beneficioso. Entre los psicólogos cuyos pacientes habían desarrollado algún vínculo sostenido con un chatbot, una mayoría informó haber observado que esas personas se sentían apoyadas o validadas durante las conversaciones.
Pero esa misma capacidad de validación puede transformarse en un problema si el sistema confirma sistemáticamente ideas equivocadas, perjudiciales o alejadas de la realidad.
Dependencia y pensamientos distorsionados
Entre los profesionales que reportaron pacientes que habían establecido una relación con un chatbot, el 36% observó algún grado de dependencia hacia estas herramientas.
Otro 15% señaló haber conversado sobre casos o detectado pensamientos distorsionados o delirantes relacionados con el uso de chatbots.
Estas cifras requieren una precisión importante: no significan que el 36% de todas las personas que utilizan inteligencia artificial desarrollen dependencia ni que el 15% presente pensamientos delirantes. Los datos corresponden a observaciones realizadas por psicólogos sobre pacientes que ya se encontraban dentro de un ámbito de atención profesional y, en esos indicadores específicos, sobre quienes habían desarrollado algún tipo de relación con chatbots.
Por lo tanto, el relevamiento no permite calcular qué porcentaje de la población general utiliza inteligencia artificial para recibir apoyo emocional ni determinar con qué frecuencia aparecen estos efectos entre todos los usuarios.
Una herramienta que no reemplaza al profesional
La Asociación Estadounidense de Psicología recomienda utilizar con cautela la información generada por inteligencia artificial cuando se trata de salud mental. Entre otras medidas, aconseja no recurrir a chatbots para obtener autodiagnósticos y contrastar la información médica o psicológica con profesionales capacitados.
También plantea la necesidad de prestar atención a la información personal que se comparte con estos sistemas y de revisar el uso de la herramienta cuando comienza a interferir con actividades cotidianas, relaciones o tratamientos.
La inteligencia artificial puede resultar útil para ordenar pensamientos antes de una consulta, preparar preguntas para un especialista, explorar distintas perspectivas o practicar ejercicios previamente indicados dentro de un tratamiento.
Sus limitaciones, sin embargo, siguen siendo sustanciales. Un chatbot no puede realizar una evaluación integral de una persona, interpretar de la misma manera gestos, silencios y cambios de conducta, establecer un diagnóstico clínico confiable ni asumir responsabilidad profesional por sus recomendaciones.
Tampoco debería considerarse un sustituto seguro de la atención profesional ante una crisis de salud mental.
La presencia de estas herramientas dentro de las conversaciones terapéuticas muestra que la inteligencia artificial ya comenzó a ocupar un espacio nuevo en la vida cotidiana: no sólo responde preguntas técnicas o ayuda con tareas, sino que también recibe confesiones, dudas y preocupaciones personales.
Puede estar disponible las 24 horas y responder en cuestión de segundos. El límite sigue siendo fundamental: conversar como un terapeuta no convierte a un chatbot en uno.
Una encuesta de la Asociación Estadounidense de Psicología entre más de 1.200 profesionales reveló que cada vez más pacientes recurren a chatbots para buscar apoyo emocional, diagnósticos o complementar sus tratamientos. Los psicólogos advierten que estas herramientas pueden resultar útiles para ordenar ideas, pero también generar dependencia, reforzar pensamientos distorsionados y brindar información incorrecta.
La inteligencia artificial ya redacta informes, resume reuniones, programa código y explica por qué la impresora decidió abandonar toda voluntad de cooperación. Era cuestión de tiempo para que también recibiera el mensaje de las dos de la mañana que comienza con “necesito hablar con alguien”. Y ocurrió: los chatbots llegaron al diván sin título universitario, sin consultorio y con una disponibilidad horaria que haría presentar la renuncia inmediata a cualquier profesional humano. La terapia del futuro, aparentemente, empieza preguntando si uno acepta las cookies.
Una encuesta de la Asociación Estadounidense de Psicología encontró que el 77% de los psicólogos consultados ya habló con pacientes que utilizaron inteligencia artificial para buscar apoyo, orientación o compañía. El 35% incluso detectó personas que trataban al chatbot como una especie de “profesional adicional”. La humanidad pasó décadas imaginando robots que conquistarían el planeta con ejércitos metálicos y al final la invasión comenzó con una ventana de texto respondiendo “entiendo cómo te sentís”. Hollywood deberá rehacer varios guiones.
El atractivo tampoco exige una investigación detectivesca: la IA responde inmediatamente, está disponible a cualquier hora y rara vez mira el reloj mientras alguien relata por séptima vez la discusión familiar de Navidad de 2014. El problema es que esa paciencia infinita viene acompañada de una característica menos tranquilizadora: puede equivocarse con absoluta seguridad, inventar información y validar una interpretación simplemente porque el usuario la presentó como verdadera. Es decir, puede convertirse en ese amigo que siempre da la razón, sólo que con servidores valuados en millones de dólares.
La situación adquiere otro tono cuando aparecen los números. Entre los profesionales que observaron pacientes que habían desarrollado una relación con chatbots, el 36% detectó algún nivel de dependencia y el 15% reportó pensamientos distorsionados o delirantes vinculados con esas interacciones. La máquina que debía ayudar a ordenar pensamientos puede terminar ocupando demasiado espacio dentro de ellos. El algoritmo no cobra sesión, pero aparentemente puede pasar factura.
Eso no convierte a la inteligencia artificial en una criatura malvada escondida detrás del teclado. Puede servir para organizar preguntas, conocer estrategias respaldadas por investigaciones o preparar una consulta profesional. El inconveniente aparece cuando una herramienta estadística recibe el ascenso imaginario a psicólogo, psiquiatra, confidente, diagnosticador y oráculo emocional. Porque puede conversar durante horas, responder en segundos y recordar el contexto. Lo único que todavía no puede hacer es asumir responsabilidad clínica por lo que recomienda. Disponible las 24 horas, sí. Matrícula profesional, por ahora, ninguna.