Los océanos, lagos, ríos y embalses están perdiendo progresivamente el oxígeno disuelto que necesitan peces, plantas y una gran variedad de organismos para sobrevivir. El fenómeno, conocido como desoxigenación acuática, se aceleró durante las últimas décadas como consecuencia del calentamiento global y la contaminación.
La advertencia surge de una revisión científica publicada el 30 de junio de 2026 en la revista Limnology and Oceanography. El trabajo analiza la relación entre la pérdida de oxígeno, el cambio climático, la contaminación, la acidificación del océano y la reducción de la biodiversidad.
Los autores consideran que el problema alcanzó niveles “inseguros” y proponen incorporarlo como un nuevo límite planetario, debido a su capacidad para alterar la estabilidad de los ecosistemas y del clima a escala global.
Qué significa que el agua pierda oxígeno
La desoxigenación no implica que la molécula de agua, compuesta por hidrógeno y oxígeno —H₂O—, esté perdiendo alguno de sus elementos. Lo que disminuye es el oxígeno gaseoso disuelto en el agua, utilizado para respirar por peces, crustáceos y numerosos organismos acuáticos.
Cuando la concentración de ese oxígeno cae demasiado se produce hipoxia. Si prácticamente desaparece, se habla de anoxia. En los casos más severos pueden generarse “zonas muertas”, áreas donde muchos animales mueren o deben desplazarse para encontrar condiciones adecuadas.
Las investigaciones muestran que la reducción no avanza de igual manera en todos los ecosistemas. Los océanos perdieron aproximadamente un 2% de su contenido total de oxígeno desde la década de 1960, mientras que los lagos registraron pérdidas superiores al 5% desde 1980 y los embalses alcanzaron reducciones cercanas al 18%.
Además, el área de aguas oceánicas con poco oxígeno aumentó alrededor de 4,5 millones de kilómetros cuadrados y ya fueron identificados más de 500 sitios costeros con bajos niveles de oxígeno.
Aunque una reducción global del 2% puede parecer limitada, representa una cantidad enorme debido al volumen de los océanos. A escala regional, algunas áreas experimentaron pérdidas de entre el 20% y el 50%.
Calentamiento y contaminación, entre las principales causas
Una de las razones centrales de la desoxigenación es el aumento de la temperatura. El agua caliente puede retener menos oxígeno que el agua fría. Al mismo tiempo, el calentamiento refuerza la separación entre las capas superficiales y profundas, lo que dificulta el transporte de oxígeno hacia el fondo.
Otro factor determinante es la contaminación con nutrientes como nitrógeno y fósforo, asociados principalmente a fertilizantes agrícolas, efluentes cloacales, actividades industriales y la quema de combustibles fósiles.
Cuando esos nutrientes llegan al agua actúan como fertilizantes y favorecen un crecimiento excesivo de algas. Una vez que las algas mueren, los microorganismos encargados de descomponerlas consumen grandes cantidades de oxígeno.
El proceso puede terminar generando áreas donde las condiciones resultan incompatibles con gran parte de la vida marina.
Las primeras especies afectadas suelen ser aquellas que necesitan concentraciones más elevadas de oxígeno. Algunos animales pueden desplazarse hacia sectores con mejores condiciones, pero los organismos inmóviles o las especies mantenidas en criaderos no tienen esa posibilidad.
La disminución del oxígeno puede provocar menor crecimiento y reproducción, pérdida de hábitats, mayor exposición a enfermedades, mortandades masivas, desplazamientos de peces y alteraciones en las cadenas alimentarias.
Incluso los mamíferos marinos, que respiran aire en la superficie, pueden resultar afectados indirectamente si disminuyen o cambian de ubicación las especies que constituyen su alimento.
Consecuencias para la alimentación, la economía y el clima
La desoxigenación acuática no representa solamente un problema ambiental. También puede comprometer la pesca, la acuicultura, el turismo, la calidad del agua, la disponibilidad de alimentos y la economía de comunidades costeras.
Si determinadas poblaciones de peces disminuyen o abandonan ciertas regiones, también pueden reducirse los recursos disponibles para millones de personas que dependen de ellos.
La pérdida de oxígeno, además, tiene capacidad para modificar los ciclos naturales del carbono, el nitrógeno y otros elementos. Bajo determinadas condiciones, los ambientes con bajos niveles de oxígeno también pueden liberar gases de efecto invernadero.
De ese modo puede generarse una retroalimentación: el calentamiento reduce el oxígeno disponible en el agua; esa disminución altera los ecosistemas; los cambios pueden intensificar procesos que contribuyen al calentamiento y, finalmente, las temperaturas más altas vuelven a acelerar la desoxigenación.
Los investigadores advierten que algunos de estos efectos podrían persistir durante siglos y no ser reversibles dentro de una vida humana. Sin embargo, el trabajo publicado es una revisión de investigaciones previas y no implica que toda el agua del planeta esté próxima a quedarse completamente sin oxígeno.
Entre las principales medidas señaladas para enfrentar el fenómeno aparecen la reducción de las emisiones responsables del calentamiento global, un mayor control sobre el uso excesivo de fertilizantes, mejoras en el tratamiento de aguas residuales y la prevención de descargas contaminantes en ríos y costas.
Los especialistas también plantean la necesidad de ampliar el monitoreo del oxígeno en ambientes acuáticos y reforzar la protección de humedales y ecosistemas costeros.
Uno de los principales riesgos de la desoxigenación es que puede avanzar durante años sin producir modificaciones evidentes en la superficie. Cuando aparecen peces muertos o extensas áreas con escasa vida, el deterioro puede llevar un largo período desarrollándose.
El agua no está perdiendo el oxígeno que integra su molécula, sino el oxígeno disuelto que permite respirar a la vida acuática. La diferencia es fundamental: su reducción sostenida tiene capacidad para modificar ecosistemas completos y afectar desde la biodiversidad hasta la producción de alimentos y el funcionamiento del clima.
Océanos, lagos, ríos y embalses están perdiendo oxígeno disuelto, un proceso que amenaza a peces, ecosistemas, actividades productivas y al clima. Una revisión científica publicada el 30 de junio de 2026 advierte que la desoxigenación acuática se aceleró por el calentamiento global y la contaminación, y propone incorporarla como un nuevo límite planetario.
Los océanos perdieron cerca del 2% de su oxígeno desde la década de 1960, los lagos más del 5% desde 1980 y los embalses alrededor del 18%. La humanidad consiguió que hasta respirar bajo el agua entrara en régimen de ajuste.
El problema no es que el H₂O esté desarmándose como mueble económico sin manual: lo que desaparece es el oxígeno disuelto que necesitan peces, crustáceos y otros organismos para sobrevivir. Mientras arriba el agua puede parecer perfectamente normal, abajo el ecosistema empieza a funcionar como oficina pública un viernes a última hora: cada vez queda menos aire y nadie quiere descubrir qué trámite sigue.
El calentamiento eleva la temperatura del agua, que entonces retiene menos oxígeno, mientras la contaminación aporta nitrógeno y fósforo que disparan el crecimiento de algas. Después esas algas mueren, los microorganismos las descomponen y consumen todavía más oxígeno: una cadena de eficiencia impecable, si el objetivo fuera convertir un ambiente acuático en un estacionamiento biológico.
Ya existen más de 500 sitios costeros con bajos niveles de oxígeno y el área oceánica afectada creció alrededor de 4,5 millones de kilómetros cuadrados. Hay regiones donde las pérdidas locales llegan a entre 20% y 50%, porque aparentemente el 2% global no alcanzaba para que el problema tuviera suficiente producción.
Los peces que pueden se desplazan. Los organismos inmóviles y los animales encerrados en criaderos, no. Y detrás de ellos aparecen las consecuencias para la pesca, la acuicultura, el turismo, la alimentación y las comunidades costeras, esa incómoda costumbre de los problemas ambientales de terminar llegando también a la economía.
La revisión científica plantea que la desoxigenación ya alcanzó niveles “inseguros” y debería considerarse un nuevo límite planetario. El agua sigue teniendo oxígeno en su fórmula; el inconveniente es que cada vez conserva menos del que necesita la vida para seguir respirando. La química está en orden. El resto está haciendo fila.