“¿Te enamorarías de alguien que cometió un crimen?”. Con esa pregunta, una publicación de la cuenta cordobesa CórdobaGay encendió Instagram: superó los 7.500 “Me gusta” y acumuló más de 500 comentarios, entre confesiones, bromas y usuarios descubriendo que esta atracción tiene un nombre tan difícil de pronunciar como de explicar: hibristofilia.
Pero antes de revisar los antecedentes penales de todos nuestros “crush”, conviene aclarar algo: encontrar físicamente atractivo a un delincuente no alcanza para hablar de hibristofilia. La clave está en que el crimen, la transgresión, la peligrosidad o la fama del acusado formen parte central del atractivo.
En criollo: una cosa es pensar “es lindo a pesar de lo que hizo” y otra bastante distinta es sentir “me atrae precisamente porque hizo algo terrible”.

¿Qué es la hibristofilia?
El término se utiliza para describir el interés erótico o romántico hacia personas que cometieron delitos graves o actos considerados escandalosos. Fue difundido dentro de la sexología durante la década de 1980 y suele aparecer asociado a los admiradores de asesinos seriales, condenados violentos o acusados que se convierten en celebridades mediáticas.
Sin embargo, no corresponde presentar a toda persona que mantenga una relación con alguien preso como “hibristófila”. Tampoco toda admiración, curiosidad morbosa o comentario caliente debajo de una foto constituye una condición psicológica.
Además, la hibristofilia no aparece como un trastorno independiente con ese nombre en los principales manuales diagnósticos. La Asociación Estadounidense de Psiquiatría distingue entre un interés sexual atípico y un trastorno: para hablar de trastorno debe existir sufrimiento, deterioro en la vida de la persona, daño o riesgo de daño para terceros.
Es decir: el diccionario de internet puede diagnosticarte en tres segundos; la psicología seria necesita bastante más que un comentario con emojis de fuego.

¿Por qué alguien se enamoraría de un criminal?
La respuesta corta es incómoda: no existe una causa única demostrada.
Entre las explicaciones propuestas aparecen la fantasía de “rescatar” o transformar al delincuente, la fascinación por el peligro, la búsqueda de emociones intensas, la atracción por la notoriedad y la posibilidad de mantener una relación controlada por la distancia.
Una pareja encarcelada está localizada, tiene contactos limitados y depende en gran medida de cartas, llamadas o visitas. Para algunas personas, esa distancia podría ofrecer una intimidad emocional que se percibe como intensa, pero físicamente controlable.
El novio ideal porque nunca llega tarde y siempre sabemos dónde está? El chiste resulta tentador, aunque la realidad de las relaciones atravesadas por la cárcel suele ser bastante más compleja.
Una investigación con 89 mujeres que habían comenzado relaciones con hombres ya encarcelados encontró un grupo muy diverso. No apareció una característica psicológica capaz de explicarlas a todas y los estilos de apego registrados fueron parecidos a los de la población general. Las investigadoras advirtieron que la idea popular de que necesariamente son mujeres “perturbadas” no estaba respaldada por sus resultados.
El trabajo sí señaló algunas posibles motivaciones —necesidad de control, relaciones con contacto físico limitado o experiencias familiares previas con el sistema penal—, pero las presentó como líneas para seguir investigando, no como conclusiones definitivas.
Aunque la mayoría de las investigaciones se enfocó en mujeres que establecen vínculos con hombres condenados por delitos graves, también existen hombres que desarrollan interés romántico o sexual por mujeres acusadas o condenadas por crímenes. Sin embargo, estos casos fueron mucho menos estudiados, por lo que la evidencia científica disponible sobre este fenómeno es considerablemente más limitada.
Por eso, frases como “tienen trauma”, “quieren arreglar al chico malo” o “buscan fama” pueden funcionar para un video de treinta segundos, pero no sirven como explicación universal.
Cuando el expediente se convierte en fandom
Las redes sociales agregaron un ingrediente nuevo: transformaron al acusado en personaje.
Fotografías seleccionadas, videos musicalizados, ediciones románticas y actores atractivos interpretando criminales pueden separar al espectador de la dimensión real de los delitos. El expediente judicial termina convertido en estética: mirada intensa, música dramática y miles de comentarios preguntando si todavía acepta visitas.
Una investigación publicada en 2025 estudió precisamente cómo mujeres jóvenes de la Generación Z interactúan con contenidos de hibristofilia en TikTok. Entre los elementos analizados aparecieron la confusión entre el actor y el delincuente, el uso de la ironía y la repetición comunitaria del contenido.
Eso no significa que TikTok “fabrique” automáticamente hibristófilos. Sí sugiere que los algoritmos pueden amplificar una fascinación: si una persona mira, comenta o comparte un video, la plataforma probablemente le mostrará diez más. El gusto personal se encuentra así con una máquina que jamás pregunta “¿estás segura?”, sino “¿querés ver la parte dos?”.

¿Amor, morbo o ganas de pertenecer?
También conviene diferenciar la atracción verdadera de la actuación digital. Algunos comentarios son bromas, provocaciones o formas de sumarse a una conversación viral. Otros responden al fenómeno conocido de sentirse cerca de una celebridad, aunque esa celebridad sea famosa por las peores razones posibles.
Y allí aparece la pregunta más picante: ¿algunas personas se enamoran del criminal o del personaje que construyeron los medios alrededor de él?
Cuando el acusado recibe más primeros planos que sus víctimas, el riesgo es que el crimen se transforme en una marca personal. El victimario gana misterio, seguidores y ediciones con música sensual; las personas afectadas, en cambio, quedan reducidas a una línea del relato.
Por eso se puede hablar del fenómeno sin romantizar la violencia. La curiosidad psicológica es válida, pero no debería convertir el dolor de las víctimas en material de seducción.

Entonces, ¿podría pasarnos a cualquiera?
Sentir curiosidad por alguien peligroso, disfrutar una ficción criminal o encontrar atractivo a un actor que interpreta a un asesino no equivale a tener hibristofilia. Para que el término resulte pertinente, el delito o la transgresión deben ser parte sustancial de la excitación o del vínculo.
La ciencia todavía no tiene una explicación definitiva y las investigaciones existentes son escasas, exploratorias o realizadas con grupos pequeños. Lo más honesto es hablar de motivaciones posibles y evitar diagnósticos masivos.
Después de todo, el amor podrá ser ciego, pero el periodismo no debería serlo.
La próxima vez que un presunto criminal se convierta en “novio de internet”, quizás la pregunta no sea solamente “¿qué le ven?”, sino otra más incómoda: ¿qué hicimos nosotros —medios, series, algoritmos y espectadores— para convertir un expediente penal en un club de fans?
Una publicación viral reavivó el debate sobre la hibristofilia, el interés romántico o sexual por personas que cometieron delitos graves. Aunque el fenómeno gana visibilidad en redes sociales, especialistas advierten que no constituye un diagnóstico automático y que las investigaciones disponibles aún no permiten establecer una explicación única sobre sus posibles motivaciones.
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Internet volvió a demostrar que puede convertir cualquier cosa en tendencia. Un gato que toca el piano, una receta de tres ingredientes o un expediente judicial con miles de comentarios preguntando si el acusado «sigue soltero». La humanidad tardó siglos en construir sistemas judiciales complejos y apenas unos segundos en descubrir que el algoritmo tiene una habilidad casi sobrenatural para transformar una causa penal en contenido de consumo rápido. Donde antes había fojas, ahora aparecen ediciones con música dramática, primeros planos cuidadosamente seleccionados y usuarios debatiendo si el imputado «tiene algo». Sí: antecedentes. Pero no eran esos los que estaban mirando.
El fenómeno tampoco nació con TikTok ni con Instagram. La fascinación por personajes peligrosos lleva décadas acompañando libros, películas y titulares. Lo novedoso es la velocidad con la que una imagen bien editada puede recorrer el planeta antes de que alguien recuerde un detalle incómodo: detrás del personaje existe una investigación judicial, víctimas y hechos que no entran en un reel de treinta segundos. Mientras el algoritmo recomienda «ver la parte dos», la realidad insiste en recordar que no se trata de una serie interactiva donde el protagonista puede reinventarse con un filtro cinematográfico.
Y entonces aparece una palabra que parece salida de un hechizo de Harry Potter: hibristofilia. En cuestión de horas pasa de ser un término conocido por especialistas a convertirse en diagnóstico exprés de redes sociales, ese lugar donde una persona puede graduarse en psicología, criminología y medicina con apenas un comentario y tres emojis de fuego. El problema es que la ciencia suele ser bastante menos apurada que el teclado. Los estudios hablan de hipótesis, posibilidades y contextos; internet, en cambio, prefiere certezas servidas en formato vertical y con subtítulos automáticos.
Quizás la parte más llamativa no sea que existan personas fascinadas por criminales, sino que el ecosistema digital haya perfeccionado el arte de fabricar celebridades donde antes solo había expedientes. El foco cambia de lugar: el victimario acumula seguidores, compilados y debates sobre su apariencia; las víctimas, muchas veces, desaparecen detrás de una línea de texto que el dedo apurado pasa de largo. La justicia intenta reconstruir hechos mientras el algoritmo calcula tiempo de permanencia en pantalla. Dos mundos distintos disputando la misma atención. Y, como suele ocurrir en internet, el que tiene mejor miniatura casi siempre arranca con ventaja.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
“¿Te enamorarías de alguien que cometió un crimen?”. Con esa pregunta, una publicación de la cuenta cordobesa CórdobaGay encendió Instagram: superó los 7.500 “Me gusta” y acumuló más de 500 comentarios, entre confesiones, bromas y usuarios descubriendo que esta atracción tiene un nombre tan difícil de pronunciar como de explicar: hibristofilia.
Pero antes de revisar los antecedentes penales de todos nuestros “crush”, conviene aclarar algo: encontrar físicamente atractivo a un delincuente no alcanza para hablar de hibristofilia. La clave está en que el crimen, la transgresión, la peligrosidad o la fama del acusado formen parte central del atractivo.
En criollo: una cosa es pensar “es lindo a pesar de lo que hizo” y otra bastante distinta es sentir “me atrae precisamente porque hizo algo terrible”.

¿Qué es la hibristofilia?
El término se utiliza para describir el interés erótico o romántico hacia personas que cometieron delitos graves o actos considerados escandalosos. Fue difundido dentro de la sexología durante la década de 1980 y suele aparecer asociado a los admiradores de asesinos seriales, condenados violentos o acusados que se convierten en celebridades mediáticas.
Sin embargo, no corresponde presentar a toda persona que mantenga una relación con alguien preso como “hibristófila”. Tampoco toda admiración, curiosidad morbosa o comentario caliente debajo de una foto constituye una condición psicológica.
Además, la hibristofilia no aparece como un trastorno independiente con ese nombre en los principales manuales diagnósticos. La Asociación Estadounidense de Psiquiatría distingue entre un interés sexual atípico y un trastorno: para hablar de trastorno debe existir sufrimiento, deterioro en la vida de la persona, daño o riesgo de daño para terceros.
Es decir: el diccionario de internet puede diagnosticarte en tres segundos; la psicología seria necesita bastante más que un comentario con emojis de fuego.

¿Por qué alguien se enamoraría de un criminal?
La respuesta corta es incómoda: no existe una causa única demostrada.
Entre las explicaciones propuestas aparecen la fantasía de “rescatar” o transformar al delincuente, la fascinación por el peligro, la búsqueda de emociones intensas, la atracción por la notoriedad y la posibilidad de mantener una relación controlada por la distancia.
Una pareja encarcelada está localizada, tiene contactos limitados y depende en gran medida de cartas, llamadas o visitas. Para algunas personas, esa distancia podría ofrecer una intimidad emocional que se percibe como intensa, pero físicamente controlable.
El novio ideal porque nunca llega tarde y siempre sabemos dónde está? El chiste resulta tentador, aunque la realidad de las relaciones atravesadas por la cárcel suele ser bastante más compleja.
Una investigación con 89 mujeres que habían comenzado relaciones con hombres ya encarcelados encontró un grupo muy diverso. No apareció una característica psicológica capaz de explicarlas a todas y los estilos de apego registrados fueron parecidos a los de la población general. Las investigadoras advirtieron que la idea popular de que necesariamente son mujeres “perturbadas” no estaba respaldada por sus resultados.
El trabajo sí señaló algunas posibles motivaciones —necesidad de control, relaciones con contacto físico limitado o experiencias familiares previas con el sistema penal—, pero las presentó como líneas para seguir investigando, no como conclusiones definitivas.
Aunque la mayoría de las investigaciones se enfocó en mujeres que establecen vínculos con hombres condenados por delitos graves, también existen hombres que desarrollan interés romántico o sexual por mujeres acusadas o condenadas por crímenes. Sin embargo, estos casos fueron mucho menos estudiados, por lo que la evidencia científica disponible sobre este fenómeno es considerablemente más limitada.
Por eso, frases como “tienen trauma”, “quieren arreglar al chico malo” o “buscan fama” pueden funcionar para un video de treinta segundos, pero no sirven como explicación universal.
Cuando el expediente se convierte en fandom
Las redes sociales agregaron un ingrediente nuevo: transformaron al acusado en personaje.
Fotografías seleccionadas, videos musicalizados, ediciones románticas y actores atractivos interpretando criminales pueden separar al espectador de la dimensión real de los delitos. El expediente judicial termina convertido en estética: mirada intensa, música dramática y miles de comentarios preguntando si todavía acepta visitas.
Una investigación publicada en 2025 estudió precisamente cómo mujeres jóvenes de la Generación Z interactúan con contenidos de hibristofilia en TikTok. Entre los elementos analizados aparecieron la confusión entre el actor y el delincuente, el uso de la ironía y la repetición comunitaria del contenido.
Eso no significa que TikTok “fabrique” automáticamente hibristófilos. Sí sugiere que los algoritmos pueden amplificar una fascinación: si una persona mira, comenta o comparte un video, la plataforma probablemente le mostrará diez más. El gusto personal se encuentra así con una máquina que jamás pregunta “¿estás segura?”, sino “¿querés ver la parte dos?”.

¿Amor, morbo o ganas de pertenecer?
También conviene diferenciar la atracción verdadera de la actuación digital. Algunos comentarios son bromas, provocaciones o formas de sumarse a una conversación viral. Otros responden al fenómeno conocido de sentirse cerca de una celebridad, aunque esa celebridad sea famosa por las peores razones posibles.
Y allí aparece la pregunta más picante: ¿algunas personas se enamoran del criminal o del personaje que construyeron los medios alrededor de él?
Cuando el acusado recibe más primeros planos que sus víctimas, el riesgo es que el crimen se transforme en una marca personal. El victimario gana misterio, seguidores y ediciones con música sensual; las personas afectadas, en cambio, quedan reducidas a una línea del relato.
Por eso se puede hablar del fenómeno sin romantizar la violencia. La curiosidad psicológica es válida, pero no debería convertir el dolor de las víctimas en material de seducción.

Entonces, ¿podría pasarnos a cualquiera?
Sentir curiosidad por alguien peligroso, disfrutar una ficción criminal o encontrar atractivo a un actor que interpreta a un asesino no equivale a tener hibristofilia. Para que el término resulte pertinente, el delito o la transgresión deben ser parte sustancial de la excitación o del vínculo.
La ciencia todavía no tiene una explicación definitiva y las investigaciones existentes son escasas, exploratorias o realizadas con grupos pequeños. Lo más honesto es hablar de motivaciones posibles y evitar diagnósticos masivos.
Después de todo, el amor podrá ser ciego, pero el periodismo no debería serlo.
La próxima vez que un presunto criminal se convierta en “novio de internet”, quizás la pregunta no sea solamente “¿qué le ven?”, sino otra más incómoda: ¿qué hicimos nosotros —medios, series, algoritmos y espectadores— para convertir un expediente penal en un club de fans?
Una publicación viral reavivó el debate sobre la hibristofilia, el interés romántico o sexual por personas que cometieron delitos graves. Aunque el fenómeno gana visibilidad en redes sociales, especialistas advierten que no constituye un diagnóstico automático y que las investigaciones disponibles aún no permiten establecer una explicación única sobre sus posibles motivaciones.
Internet volvió a demostrar que puede convertir cualquier cosa en tendencia. Un gato que toca el piano, una receta de tres ingredientes o un expediente judicial con miles de comentarios preguntando si el acusado «sigue soltero». La humanidad tardó siglos en construir sistemas judiciales complejos y apenas unos segundos en descubrir que el algoritmo tiene una habilidad casi sobrenatural para transformar una causa penal en contenido de consumo rápido. Donde antes había fojas, ahora aparecen ediciones con música dramática, primeros planos cuidadosamente seleccionados y usuarios debatiendo si el imputado «tiene algo». Sí: antecedentes. Pero no eran esos los que estaban mirando.
El fenómeno tampoco nació con TikTok ni con Instagram. La fascinación por personajes peligrosos lleva décadas acompañando libros, películas y titulares. Lo novedoso es la velocidad con la que una imagen bien editada puede recorrer el planeta antes de que alguien recuerde un detalle incómodo: detrás del personaje existe una investigación judicial, víctimas y hechos que no entran en un reel de treinta segundos. Mientras el algoritmo recomienda «ver la parte dos», la realidad insiste en recordar que no se trata de una serie interactiva donde el protagonista puede reinventarse con un filtro cinematográfico.
Y entonces aparece una palabra que parece salida de un hechizo de Harry Potter: hibristofilia. En cuestión de horas pasa de ser un término conocido por especialistas a convertirse en diagnóstico exprés de redes sociales, ese lugar donde una persona puede graduarse en psicología, criminología y medicina con apenas un comentario y tres emojis de fuego. El problema es que la ciencia suele ser bastante menos apurada que el teclado. Los estudios hablan de hipótesis, posibilidades y contextos; internet, en cambio, prefiere certezas servidas en formato vertical y con subtítulos automáticos.
Quizás la parte más llamativa no sea que existan personas fascinadas por criminales, sino que el ecosistema digital haya perfeccionado el arte de fabricar celebridades donde antes solo había expedientes. El foco cambia de lugar: el victimario acumula seguidores, compilados y debates sobre su apariencia; las víctimas, muchas veces, desaparecen detrás de una línea de texto que el dedo apurado pasa de largo. La justicia intenta reconstruir hechos mientras el algoritmo calcula tiempo de permanencia en pantalla. Dos mundos distintos disputando la misma atención. Y, como suele ocurrir en internet, el que tiene mejor miniatura casi siempre arranca con ventaja.