El Gobierno incorporó una condición específica al proceso de privatización del Belgrano Cargas: las empresas que estén bajo control directo o indirecto de gobiernos extranjeros no podrán competir por la concesión de las vías ferroviarias.
La restricción quedó incorporada a la documentación del proceso licitatorio y es conocida informalmente como la “cláusula anti-China”. Sin embargo, el criterio no menciona expresamente a China ni establece una prohibición dirigida exclusivamente contra compañías de ese país.
La condición alcanza, en términos generales, a sociedades que se encuentren bajo control de Estados soberanos extranjeros.
Cómo funcionará la denominada “cláusula anti-China”
La disposición operará como un filtro previo dentro de la licitación. Quedarán excluidas las compañías cuyo control se encuentre en manos de un gobierno extranjero, ya sea de manera directa o a través de otras sociedades.
La definición comprende además a organismos públicos, empresas estatales y sociedades vinculadas con esos gobiernos.
El mismo criterio alcanza a empresas estatales argentinas, tanto nacionales como provinciales, de acuerdo con las condiciones previstas para el proceso.
La denominación “anti-China” surgió debido a que uno de los efectos de la restricción será limitar la participación de empresas estatales chinas interesadas en proyectos de infraestructura. No obstante, la exclusión se aplica a sociedades controladas por cualquier Estado extranjero y no únicamente a las provenientes del gigante asiático.
Una red de 7.594 kilómetros en 16 provincias
La infraestructura comprendida en el proceso abarca actualmente 7.594 kilómetros de vías distribuidas en 16 provincias.
El esquema contempla además un modelo de “open access”, mediante el cual el concesionario tendrá a su cargo la infraestructura ferroviaria, mientras que otras empresas podrán utilizar las vías a cambio del pago de un peaje.
De esta manera, la privatización separará la administración de la infraestructura de la operación de los servicios que podrán circular sobre la red, dentro de las condiciones establecidas para la futura concesión.
El Gobierno incorporó una nueva condición al proceso de privatización del Belgrano Cargas: las empresas controladas directa o indirectamente por gobiernos extranjeros no podrán competir por la concesión de las vías. La restricción, conocida informalmente como “cláusula anti-China”, también alcanza a compañías estatales argentinas. La red comprende 7.594 kilómetros distribuidos en 16 provincias.
La privatización del Belgrano Cargas sumó una cláusula que podría resumirse como “capital privado, sí; Estados con billetera corporativa, abstenerse”. El Gobierno decidió que las empresas controladas directa o indirectamente por países extranjeros no podrán competir por la concesión ferroviaria, una condición inmediatamente bautizada “anti-China”, aunque China no aparezca mencionada en el pliego. La geopolítica descubrió así una de sus formas más sofisticadas: estar presente sin necesidad de figurar en el documento.
La restricción alcanza a organismos públicos, empresas estatales y sociedades vinculadas con gobiernos extranjeros. Y para evitar que alguien interprete que solamente se mira el pasaporte corporativo ajeno, el filtro también deja afuera a empresas estatales argentinas, nacionales o provinciales. En términos ferroviarios, el mensaje parece bastante sencillo: para participar del negocio de las vías, el Estado puede organizar la licitación, pero no necesariamente subir al tren como competidor.
La red en juego no es precisamente una maqueta de colección: comprende 7.594 kilómetros en 16 provincias. El futuro concesionario administrará la infraestructura dentro de un esquema de “open access”, mientras otros operadores podrán circular pagando peaje. Es decir, habrá un dueño de la cancha encargado del mantenimiento, pero otros equipos podrán jugar siempre que abonen la entrada correspondiente. Adam Smith, probablemente, pediría una ventanilla junto al pasillo.
El apodo de “cláusula anti-China” surge porque una de sus consecuencias concretas será limitar la participación de grandes compañías estatales chinas, habituales protagonistas de proyectos internacionales de infraestructura. El texto, sin embargo, es más amplio y no discrimina nacionalidades: cualquier empresa controlada por un gobierno extranjero queda alcanzada. Una cláusula universal con sobrenombre específico, porque hasta las licitaciones públicas parecen necesitar título atractivo para sobrevivir al algoritmo.