Sergio Raúl Sarria fue condenado a diez años de prisión por intentar matar a su ex pareja, Adriana Débora Barrionuevo, en un brutal ataque ocurrido el 18 de noviembre de 2024 en una pizzería del barrio porteño de Villa Urquiza. La mujer recibió 37 puñaladas en distintas partes del cuerpo y logró sobrevivir pese a las graves lesiones sufridas.
El hombre permanecía detenido acusado de homicidio agravado por violencia de género en grado de tentativa y ensañamiento. Durante el juicio reconoció los hechos y pidió disculpas tanto a la víctima como a su hija.
Un ataque que quedó registrado
La sentencia fue dictada por los jueces Gustavo Javier Alterini, Gabriel Eduardo Vega y Alejandro Noceti Achával, integrantes del Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 7 de la Ciudad de Buenos Aires.
En la resolución, el tribunal sostuvo que quedó acreditado que «el objetivo real de Sergio Raúl Sarria al efectuar las diversas lesiones cortantes sobre el cuerpo de Adriana Débora Barrionuevo no era otro que causarle la muerte; extremo éste que, afortunadamente, no logró».
Uno de los elementos centrales para la condena fueron las imágenes captadas por las cámaras de seguridad del local donde ocurrió el ataque. El juez Alterini destacó que la prueba audiovisual resultó determinante para comprender la magnitud de la agresión.
«La mera visualización —escalofriante por cierto— basta por sí sola para sostener la afirmación previamente efectuada», señaló el magistrado al referirse al contenido de los registros fílmicos.
Las disculpas y la pena mínima
Al momento de fijar la condena, los jueces valoraron la actitud asumida por Sarria durante el proceso judicial. Según el fallo, el acusado se mostró conmovido durante la audiencia y expresó arrepentimiento por lo ocurrido.
La resolución destaca que «no sólo ofreció sus sinceras disculpas a la víctima sino también a su propia hija por haberle causado un daño a su madre y haber destruido lo poco que subsistía de aquella familia que supieron conformar».
La defensora pública Laura Isabel Ayala tampoco cuestionó la responsabilidad penal de su representado. Por el contrario, al reconocer este los hechos imputados, solicitó la aplicación de la pena mínima prevista por la legislación vigente para este tipo de delitos.
Finalmente, el tribunal resolvió imponerle diez años de prisión, la condena más baja contemplada dentro de la escala penal correspondiente al delito por el que fue hallado culpable. La pena será cumplida en una unidad carcelaria.
La Justicia de la Ciudad de Buenos Aires condenó a Sergio Raúl Sarria a diez años de prisión por intentar matar a su ex pareja, Adriana Débora Barrionuevo, a quien atacó con 37 puñaladas en una pizzería de Villa Urquiza en noviembre de 2024. Aunque el tribunal consideró probado que buscó causarle la muerte, le impuso la pena mínima prevista para el delito al valorar su reconocimiento de los hechos y las disculpas expresadas durante el juicio.
Treinta y siete puñaladas. Intento de femicidio. Videos que los jueces calificaron de escalofriantes. Y una condena de diez años, el mínimo posible dentro de la escala penal.
Hay cifras que no necesitan demasiada interpretación. Treinta y siete tampoco parece un número que aparezca por accidente. No fueron dos ni tres heridas en medio de una discusión caótica. Fueron 37 ataques con un arma blanca contra una mujer que sobrevivió por razones que probablemente exceden cualquier explicación jurídica.
El propio tribunal dejó escrito que el objetivo de Sergio Raúl Sarria era matar a Adriana Débora Barrionuevo. Lo dijo de manera directa, sin rodeos ni eufemismos. También dejó constancia de que no lo logró. La diferencia entre un homicidio consumado y uno en grado de tentativa, en este caso, fue que la víctima consiguió sobrevivir.
Las cámaras de seguridad registraron la secuencia. Tanto que uno de los jueces sostuvo que la simple visualización de las imágenes alcanzaba para comprender la magnitud de lo ocurrido. Hay expedientes que necesitan cientos de páginas. Este tenía además un video que hablaba por sí mismo.
Sin embargo, al momento de fijar la pena, apareció otro elemento. Las disculpas. El arrepentimiento expresado durante el juicio. La conmoción manifestada por el acusado al recordar los hechos. El hombre pidió perdón a la víctima y también a su hija por el daño causado y por la destrucción de la familia que alguna vez compartieron.
La defensa no discutió los hechos. No discutió la responsabilidad. No discutió las pruebas. Solicitó directamente la pena mínima. Y el tribunal coincidió.
La resolución deja una postal difícil de ignorar: una agresión que los jueces describen como un intento concreto de matar, una víctima con secuelas gravísimas y una condena ubicada exactamente en el piso de la escala prevista por la ley.
En un país donde hasta estacionar mal puede parecer una negociación interminable, las 37 puñaladas terminaron discutiéndose entre el horror de las imágenes y el valor jurídico de unas disculpas.
La víctima sobrevivió. El expediente cerró. Las preguntas quedaron apelando en silencio.