Cada 17 de septiembre se celebra en Argentina el Día del Profesor, una fecha que recuerda a José Manuel Estrada, fallecido ese mismo día de 1894, y que con el paso del tiempo quedó vinculada con el reconocimiento a quienes dedican su actividad profesional a la enseñanza.
Estrada fue pedagogo, escritor, orador, diputado y rector del Colegio Nacional de Buenos Aires. Su extensa trayectoria estuvo atravesada por la educación, la vida pública y los debates intelectuales de su época.
Además de su actividad docente, impulsó espacios académicos y dejó numerosos discursos y escritos. Su figura quedó asociada a la historia educativa argentina y el aniversario de su muerte terminó convirtiéndose en una jornada destinada a homenajear a los profesores.
El profesor moderno: entre aulas, traslados y pantallas
La realidad cotidiana de muchos docentes está marcada por una dinámica que excede ampliamente las horas frente al curso. Planificación, correcciones, evaluaciones, tareas administrativas y traslados entre distintas instituciones forman parte de la rutina profesional.
En numerosos casos, los profesores deben distribuir sus horas entre diferentes establecimientos, lo que implica recorrer distintos puntos de una ciudad durante una misma jornada y adaptar sus tiempos a múltiples cronogramas escolares.
La tecnología también transformó el funcionamiento del aula. Los celulares, las plataformas digitales, los recursos audiovisuales y las herramientas de comunicación inmediata incorporaron nuevas posibilidades, pero también nuevos desafíos para captar y sostener la atención de los estudiantes.
Los cierres de trimestre representan otro momento de intensa actividad, con acumulación de evaluaciones, planillas de calificaciones y trabajos pendientes. En ese escenario aparece una de las preguntas convertidas casi en tradición escolar: «Profe, ¿qué puedo entregar para levantar el uno del primer trimestre?».
Los profesores también dejaron su marca en el cine argentino
La figura del docente tuvo una presencia constante en el cine y la televisión argentinos, donde fue representada desde la comedia costumbrista hasta el drama social y político.
Luis Sandrini protagonizó una serie de películas que transformaron al profesor en personaje central de la comedia familiar: El profesor hippie (1969), El profesor patagónico (1970) y El profesor tirabombas (1972).
En esas producciones apareció la figura de un educador tradicional y bondadoso obligado a comprender los cambios culturales de una juventud en transformación. La distancia entre autoridades escolares, estudiantes y nuevas costumbres se convirtió en uno de los motores humorísticos de las historias.
Décadas más tarde, Marcelo Subiotto interpretó a Marcelo Pena en Puan (2023), un profesor universitario de Filosofía atravesado por las dificultades económicas y una disputa académica por la titularidad de una cátedra. El personaje colocó nuevamente al docente en el centro de una historia, esta vez desde una mirada tragicómica sobre la universidad y sus tensiones internas.
En Lugares comunes (2002), dirigida por Adolfo Aristarain, Federico Luppi interpretó a un veterano profesor universitario de Literatura, un personaje marcado por sus convicciones, el paso del tiempo y su relación conflictiva con un sistema que lo empuja hacia la jubilación.
Las representaciones de docentes también atravesaron relatos vinculados con momentos históricos más duros. En La noche de los lápices (1986), la figura de profesores y estudiantes quedó inserta en un contexto de creciente represión durante la última dictadura cívico-militar.
De la universidad a las aulas de la televisión
La televisión argentina también construyó numerosos personajes vinculados con la docencia. En Verano del 98, Mariano Martínez, interpretado por Pablo Echarri, apareció como un joven profesor de Literatura cercano a los adolescentes de Costa Esperanza.
Las ficciones juveniles y familiares utilizaron repetidamente la escuela como escenario para representar conflictos entre generaciones, autoridades y estudiantes. Producciones como Señorita Maestra, Chiquititas y Rebelde Way convirtieron a docentes, directivos y preceptores en personajes centrales de sus universos televisivos.
También hubo aproximaciones más disparatadas o satíricas. En Pájaros volando (2010), Diego Capusotto participó de una historia atravesada por el absurdo y las utopías contraculturales, mientras otras ficciones recurrieron al perfil del profesor intelectual, estricto, comprensivo o casi paternal como parte del imaginario televisivo argentino.
Desde las comedias encabezadas por Sandrini hasta las representaciones contemporáneas de profesores universitarios, la figura docente quedó instalada como uno de los personajes recurrentes de la cultura popular argentina.
Cada 17 de septiembre, el homenaje a José Manuel Estrada vuelve a poner en primer plano una profesión que cambió junto con la sociedad. Los métodos, las tecnologías y las aulas pueden ser diferentes, pero la enseñanza continúa atravesada por la planificación, la vocación, la adaptación permanente y una pregunta que parece sobrevivir a todas las generaciones: «¿esto entra en el examen?».
Cada 17 de septiembre se celebra en Argentina el Día del Profesor en homenaje a José Manuel Estrada, educador, escritor, diputado y rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, fallecido en 1894. La fecha también permite reconocer el trabajo cotidiano de los docentes y recordar cómo el cine y la televisión argentinos representaron, con humor y drama, distintas figuras vinculadas con la enseñanza.
El 17 de septiembre recuerda a José Manuel Estrada, pero también funciona como jornada nacional de reconocimiento a esa criatura extraordinaria capaz de dar clases en tres instituciones, sobrevivir a cinco grupos de WhatsApp y descubrir, ya frente al pizarrón, que el único fibrón disponible decidió jubilarse sin previo aviso. El profesor moderno no tiene capa, aunque en muchas ocasiones carga un bolso suficientemente pesado como para justificarla.
Estrada fue pedagogo, escritor, orador, diputado y rector del Colegio Nacional de Buenos Aires. Es decir, tenía un currículum que hoy requeriría varias páginas y probablemente una carpeta compartida. Dio debates, promovió espacios educativos y dejó discursos en una época privilegiada en la que ningún proyector podía negarse a reconocer el HDMI, nadie enviaba un trabajo a las 23.59 y tampoco existía el alumno capaz de informar que su conexión a internet había sufrido una tragedia justo durante el examen.
Después llegó el “profesor taxi”, evolución natural de la docencia argentina: sale de una escuela, cruza media ciudad, almuerza durante el traslado y llega a otra institución con dos minutos de ventaja, tres evaluaciones pendientes y una taza de café que dejó de estar caliente durante alguna presidencia anterior. Allí enfrenta el gran adversario contemporáneo: un teléfono celular con acceso ilimitado a videos de quince segundos compitiendo contra una explicación sobre filosofía, literatura o ecuaciones.
El cierre del trimestre agrega su propio género de suspenso. Aparecen planillas, trabajos atrasados, recuperatorios y el estudiante que descubre una vocación académica inesperada cuando el calendario ya amenaza con diciembre: «Profe, ¿qué puedo entregar para levantar el uno del primer trimestre?». La pedagogía, en ese momento, se encuentra cara a cara con la metafísica.
El cine y la televisión argentinos entendieron hace décadas que semejante personaje merecía pantalla propia. Desde Luis Sandrini tratando de descifrar a la juventud hasta los profesores universitarios atravesados por crisis personales, vocacionales y económicas, la ficción convirtió al aula en escenario de comedias, dramas y conflictos generacionales. Cambian las épocas, los peinados y los métodos de enseñanza, pero hay una tradición aparentemente inmortal: terminar una explicación completa y escuchar, cinco segundos después, «¿esto entra en el examen?».