El 25 de octubre de 2017, el submarino ARA San Juan partió desde el puerto de Mar del Plata con 44 tripulantes a bordo. Nueve años después de aquella salida, la Argentina recuerda a los marinos que integraban la dotación y mantiene presente una tragedia que conmocionó al país.
Entre quienes viajaban en la embarcación se encontraban dos integrantes de la Armada Argentina nacidos en Misiones: Eliana María Krawczyk, oriunda de Oberá, y Jorge Isabelino Ortiz, nacido en Posadas.
Ambos formaban parte de una misión que incluía actividades de adiestramiento y control de los espacios marítimos argentinos. Ninguno regresó.
La desaparición del submarino provocó una movilización internacional para intentar localizarlo y dio lugar a una investigación judicial que, según la información disponible en esta conmemoración, todavía no cuenta con una resolución definitiva.
Los nombres de Krawczyk y Ortiz permanecen unidos a los de sus otros 42 compañeros, mientras sus familias sostienen el reclamo de verdad y justicia.
Eliana Krawczyk, la primera oficial submarinista de la Armada Argentina
Eliana María Krawczyk nació en Oberá, Misiones, y encontró su vocación militar después de haber iniciado estudios de Ingeniería Industrial.
Ingresó a la Escuela Naval Militar y, tras completar su formación como oficial, decidió especializarse en submarinos, un ámbito que históricamente había estado integrado por hombres.
Su trayectoria la convirtió en la primera oficial submarinista de la Armada Argentina, un antecedente significativo para la participación femenina dentro de la fuerza.
En 2012 se incorporó a la Escuela de Submarinos y Buceo. Posteriormente prestó servicios en el ARA Salta, antes de ser destinada al ARA San Juan.
Dentro del submarino tenía responsabilidades relacionadas con el armamento y los sistemas de armas, funciones para las que había recibido formación especializada.
Krawczyk era la única mujer entre los 44 tripulantes. Su historia adquirió una dimensión nacional después de la desaparición de la nave, aunque su trayectoria profesional ya había marcado un precedente dentro de la institución naval.
Jorge Isabelino Ortiz, el maquinista nacido en Posadas
El otro tripulante misionero era Jorge Isabelino Ortiz, cabo principal de la Armada Argentina y oriundo de Posadas.
Ortiz se desempeñaba como maquinista y estaba especializado en el mantenimiento de los sistemas eléctricos y los motores del submarino.
Sus responsabilidades resultaban fundamentales para el funcionamiento de la embarcación y el desarrollo de las operaciones asignadas a la dotación.
Como integrante del equipo técnico, participaba de las tareas necesarias para mantener los sistemas de la nave en condiciones de navegación.
Estaba casado y tenía un hijo. Su familia, al igual que las de los demás tripulantes, atravesó la incertidumbre que siguió a la pérdida de contacto con el submarino.
En Misiones, las historias de Ortiz y Krawczyk representan dos trayectorias profesionales diferentes, vinculadas por su pertenencia a la Armada y por una misión que nunca llegó a completarse.
La última misión del ARA San Juan y el mensaje del 15 de noviembre
El ARA San Juan era un submarino de la clase TR-1700, incorporado a la Armada Argentina en 1985.
La embarcación zarpó de Mar del Plata el 25 de octubre de 2017 para cumplir una misión que contemplaba distintas etapas de navegación y adiestramiento, una escala en Ushuaia y una posterior patrulla de control de los espacios marítimos argentinos antes de regresar a su base habitual.
El submarino llegó a Ushuaia el 4 de noviembre. Cuatro días después, el 8 de noviembre, volvió a zarpar con destino a Mar del Plata y continuó sus actividades operativas en el Atlántico Sur.
La última comunicación con la Armada se produjo el 15 de noviembre de 2017, cuando la nave navegaba en la zona del golfo San Jorge.
En ese mensaje, la tripulación había informado el ingreso de agua de mar a través del sistema de ventilación hacia el tanque de baterías número 3.
La avería había provocado un cortocircuito y un principio de incendio, de acuerdo con lo comunicado antes de que se perdiera el contacto con la embarcación.
La desaparición del submarino dio paso a una búsqueda internacional y a una investigación sobre las circunstancias de la tragedia.
A nueve años de aquella partida, Eliana María Krawczyk, Jorge Isabelino Ortiz y los otros 42 tripulantes continúan presentes en los homenajes y en el reclamo de sus familiares para que se esclarezcan las responsabilidades vinculadas con lo ocurrido.
A nueve años de la partida del ARA San Juan desde Mar del Plata, el 25 de octubre de 2017, se recuerda a sus 44 tripulantes, entre ellos los misioneros Eliana María Krawczyk y Jorge Isabelino Ortiz. El submarino perdió contacto con la Armada el 15 de noviembre, después de reportar una avería en sus baterías. La tragedia continúa vinculada al reclamo de verdad y justicia de las familias.
Hay aniversarios que se cuentan en años y otros que se miden en preguntas. El del ARA San Juan pertenece a los segundos. Nueve años después de aquella partida desde Mar del Plata, la historia de sus 44 tripulantes sigue recordando una verdad incómoda: un país puede desarrollar tecnología para navegar bajo el océano y, aun así, encontrar enormes dificultades para ofrecer respuestas definitivas sobre lo que ocurrió con quienes estaban a bordo.
El submarino había salido a cumplir tareas de adiestramiento y control marítimo. Una misión militar que, sobre el papel, formaba parte de las actividades de una fuerza preparada para operar en condiciones extremas. Pero la última comunicación, el 15 de noviembre de 2017, informó un ingreso de agua, un cortocircuito y un principio de incendio en el sistema de baterías. Desde entonces, la historia dejó de ser una operación naval para convertirse en una de las tragedias más dolorosas de la Argentina reciente.
En aquella tripulación viajaban Eliana María Krawczyk y Jorge Isabelino Ortiz, dos misioneros con recorridos diferentes y una misma profesión exigente. Ella había abierto camino como primera oficial submarinista de la Armada. Él trabajaba en los sistemas eléctricos y motores, una tarea de esas que rara vez aparecen en los discursos solemnes, aunque resultan indispensables para que una embarcación funcione. En un submarino, la importancia de un trabajo no depende de cuánto se vea desde afuera.
La historia de Krawczyk también expone una contradicción que merece recordarse sin necesidad de convertirla en un chiste: una mujer logró atravesar barreras históricas para desempeñarse en una especialidad naval tradicionalmente masculina, y su nombre terminó alcanzando notoriedad nacional por una tragedia. El reconocimiento a su trayectoria debería existir independientemente del desenlace que tuvo aquella misión.
Con Ortiz ocurre algo semejante. Detrás del grado militar y de las funciones técnicas había una persona, una familia y una vida que no puede reducirse a una cifra dentro de una dotación. Las conmemoraciones suelen reunir nombres, fotografías y homenajes; lo verdaderamente difícil es evitar que las historias individuales desaparezcan detrás de las ceremonias.
La ironía más amarga de este aniversario no necesita exageraciones: mientras el calendario avanzó durante nueve años, el reclamo de las familias siguió reclamando respuestas. Ninguna frase ingeniosa puede resolver esa distancia. La memoria de los 44 exige algo más que una efeméride bien redactada: exige que sus nombres permanezcan presentes y que la búsqueda de responsabilidades no quede sepultada bajo el peso del tiempo.
