ANTOFAGASTA, Chile. Un viaje de casi tres horas por una ruta asfaltada, sin pozos y hasta los 3100 metros de altura permite dimensionar la escala de Escondida, la mina de cobre más grande del mundo operada por la australiana BHP. En pleno desierto chileno, el paisaje está marcado por líneas de alta tensión, paneles solares y aerogeneradores que abastecen de energía renovable a las operaciones mineras.
Escondida aportó el 25% del cobre producido por Chile en 2025 y exportó alrededor de US$14.500 millones durante el último año. El país trasandino vendió al exterior unos US$58.000 millones en cobre y alcanzó los US$63.000 millones al sumar el resto de la actividad minera, una cifra comparable con las exportaciones anuales del complejo agroindustrial argentino.
Una operación de escala global
La mina a cielo abierto cuenta con un rajo principal de 3,5 kilómetros de largo, 2 kilómetros de ancho y 900 metros de profundidad. El distrito minero ocupa una superficie similar a la ciudad de Santiago o a Singapur.
La propiedad está distribuida entre BHP (57,5%), Rio Tinto (30%) y un consorcio japonés integrado por Mitsubishi Corporation, JX Nippon Mining & Metals Corporation y Mitsubishi Materials Corporation, con el 12,5% restante.
Escondida comenzó a producir en 1991 y, según la compañía, todavía tiene una vida útil estimada de 80 años. Con un solo día de producción de sus tres plantas concentradoras obtiene el cobre necesario para fabricar 25.000 vehículos eléctricos, en un contexto de crecimiento de la demanda global por la electrificación y la expansión de los centros de datos vinculados a la inteligencia artificial.
La brecha de infraestructura con la Argentina
La diferencia entre Chile y Argentina aparece antes de llegar a la mina. Para acceder a Escondida se requiere un vuelo entre Santiago y Antofagasta y luego un traslado por una ruta completamente pavimentada. En cambio, para llegar al proyecto Vicuña, que BHP desarrolla junto con Lundin Mining en San Juan, el recorrido puede demandar 10 horas por caminos de montaña y superar los 4000 metros de altura.
Argentina no produce cobre desde 2018, mientras que Chile construyó durante décadas una infraestructura específica para sostener su industria minera. En el país trasandino, los caminos y las conexiones eléctricas alcanzan gran parte de la cordillera; en Argentina, algunos proyectos todavía dependen de grupos electrógenos y diésel por la falta de tendidos eléctricos de alta tensión.
La comparación tiene una diferencia temporal: Escondida lleva 36 años en operación, mientras que proyectos argentinos como Vicuña aún se encuentran en etapa de preconstrucción. Sin embargo, desde la industria remarcan que ambos países comparten la misma cordillera y que la principal diferencia está en décadas de inversión e infraestructura.
Agua, tecnología y una mina que funciona como ciudad
Escondida alberga a unas 10.000 personas, entre empleados directos y contratistas. El 45% de la dotación son mujeres y ocupan el 51% de los puestos de liderazgo. Además, el 11% de los trabajadores pertenece a pueblos originarios.
El proceso productivo combina flotación de sulfuros y lixiviación de óxidos. El concentrado de cobre viaja por un mineraloducto de 170 kilómetros hasta el puerto Coloso, en Antofagasta, desde donde se exporta principalmente hacia China, Corea, India y Japón.
La operación se abastece desde 2019 con agua de mar desalinizada al 100%. La inversión en la planta desaladora alcanzó los US$4000 millones, y actualmente la desalinización representa cerca del 30% de la energía que consume la mina.
Para mantener la producción, BHP anunció inversiones superiores a US$10.000 millones durante la próxima década, destinadas a nuevas plantas concentradoras y mejoras tecnológicas. Además, en Escondida Norte la operación es completamente autónoma desde hace cinco años, con camiones y perforadoras controlados a distancia.
BHP, con 90.000 empleados en el mundo y 140 años de historia, opera en Chile desde hace 35 años. En Argentina comenzó su actividad hace poco más de dos años con su participación en Vicuña.
El desafío argentino queda resumido en una ecuación que repite la industria: el cobre está, la cordillera es la misma y la demanda mundial continúa creciendo, pero la infraestructura y la escala minera todavía mantienen una diferencia de varias décadas.
Un recorrido por la mina Escondida, operada por BHP en el norte de Chile, expone la diferencia de infraestructura minera entre ambos países. La operación, que aportó el 25% del cobre chileno en 2025, contrasta con la situación argentina, que no produce el metal desde 2018 y busca desarrollar nuevos proyectos en San Juan.
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Una mina chilena exportó US$14.500 millones en un año mientras la Argentina todavía prepara el terreno para volver a sacar cobre. A 3100 metros de altura, Escondida tiene rutas asfaltadas, energía renovable y agua de mar convertida en recurso industrial; del otro lado de la cordillera, algunos proyectos todavía miran el tendido eléctrico como quien espera que llegue el turno en una oficina pública.
Escondida funciona como una ciudad completa en medio del desierto: 10.000 personas, camiones autónomos, barcos que salen cada tres días y medio y una maquinaria que parece sacada de una película donde la pala mecánica tiene más presupuesto que varias provincias. Mientras tanto, la Argentina tiene la misma cordillera, los mismos minerales y una larga conversación pendiente con la infraestructura.
La comparación tiene una trampa: Chile lleva más de tres décadas construyendo su ecosistema minero y Escondida opera desde 1991. Pero el contraste deja una imagen difícil de ignorar: un país convirtió la montaña en una fábrica conectada al mundo y el otro todavía está acomodando los cables para encender la luz.
La minería argentina no perdió la oportunidad por falta de cobre bajo tierra. El desafío está arriba de la roca: caminos, energía, logística y una cadena productiva que todavía busca pasar del proyecto en carpeta a la producción real.
La cordillera no cambió de lado. Cambió quién llegó primero con la infraestructura.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
ANTOFAGASTA, Chile. Un viaje de casi tres horas por una ruta asfaltada, sin pozos y hasta los 3100 metros de altura permite dimensionar la escala de Escondida, la mina de cobre más grande del mundo operada por la australiana BHP. En pleno desierto chileno, el paisaje está marcado por líneas de alta tensión, paneles solares y aerogeneradores que abastecen de energía renovable a las operaciones mineras.
Escondida aportó el 25% del cobre producido por Chile en 2025 y exportó alrededor de US$14.500 millones durante el último año. El país trasandino vendió al exterior unos US$58.000 millones en cobre y alcanzó los US$63.000 millones al sumar el resto de la actividad minera, una cifra comparable con las exportaciones anuales del complejo agroindustrial argentino.
Una operación de escala global
La mina a cielo abierto cuenta con un rajo principal de 3,5 kilómetros de largo, 2 kilómetros de ancho y 900 metros de profundidad. El distrito minero ocupa una superficie similar a la ciudad de Santiago o a Singapur.
La propiedad está distribuida entre BHP (57,5%), Rio Tinto (30%) y un consorcio japonés integrado por Mitsubishi Corporation, JX Nippon Mining & Metals Corporation y Mitsubishi Materials Corporation, con el 12,5% restante.
Escondida comenzó a producir en 1991 y, según la compañía, todavía tiene una vida útil estimada de 80 años. Con un solo día de producción de sus tres plantas concentradoras obtiene el cobre necesario para fabricar 25.000 vehículos eléctricos, en un contexto de crecimiento de la demanda global por la electrificación y la expansión de los centros de datos vinculados a la inteligencia artificial.
La brecha de infraestructura con la Argentina
La diferencia entre Chile y Argentina aparece antes de llegar a la mina. Para acceder a Escondida se requiere un vuelo entre Santiago y Antofagasta y luego un traslado por una ruta completamente pavimentada. En cambio, para llegar al proyecto Vicuña, que BHP desarrolla junto con Lundin Mining en San Juan, el recorrido puede demandar 10 horas por caminos de montaña y superar los 4000 metros de altura.
Argentina no produce cobre desde 2018, mientras que Chile construyó durante décadas una infraestructura específica para sostener su industria minera. En el país trasandino, los caminos y las conexiones eléctricas alcanzan gran parte de la cordillera; en Argentina, algunos proyectos todavía dependen de grupos electrógenos y diésel por la falta de tendidos eléctricos de alta tensión.
La comparación tiene una diferencia temporal: Escondida lleva 36 años en operación, mientras que proyectos argentinos como Vicuña aún se encuentran en etapa de preconstrucción. Sin embargo, desde la industria remarcan que ambos países comparten la misma cordillera y que la principal diferencia está en décadas de inversión e infraestructura.
Agua, tecnología y una mina que funciona como ciudad
Escondida alberga a unas 10.000 personas, entre empleados directos y contratistas. El 45% de la dotación son mujeres y ocupan el 51% de los puestos de liderazgo. Además, el 11% de los trabajadores pertenece a pueblos originarios.
El proceso productivo combina flotación de sulfuros y lixiviación de óxidos. El concentrado de cobre viaja por un mineraloducto de 170 kilómetros hasta el puerto Coloso, en Antofagasta, desde donde se exporta principalmente hacia China, Corea, India y Japón.
La operación se abastece desde 2019 con agua de mar desalinizada al 100%. La inversión en la planta desaladora alcanzó los US$4000 millones, y actualmente la desalinización representa cerca del 30% de la energía que consume la mina.
Para mantener la producción, BHP anunció inversiones superiores a US$10.000 millones durante la próxima década, destinadas a nuevas plantas concentradoras y mejoras tecnológicas. Además, en Escondida Norte la operación es completamente autónoma desde hace cinco años, con camiones y perforadoras controlados a distancia.
BHP, con 90.000 empleados en el mundo y 140 años de historia, opera en Chile desde hace 35 años. En Argentina comenzó su actividad hace poco más de dos años con su participación en Vicuña.
El desafío argentino queda resumido en una ecuación que repite la industria: el cobre está, la cordillera es la misma y la demanda mundial continúa creciendo, pero la infraestructura y la escala minera todavía mantienen una diferencia de varias décadas.
Un recorrido por la mina Escondida, operada por BHP en el norte de Chile, expone la diferencia de infraestructura minera entre ambos países. La operación, que aportó el 25% del cobre chileno en 2025, contrasta con la situación argentina, que no produce el metal desde 2018 y busca desarrollar nuevos proyectos en San Juan.
Una mina chilena exportó US$14.500 millones en un año mientras la Argentina todavía prepara el terreno para volver a sacar cobre. A 3100 metros de altura, Escondida tiene rutas asfaltadas, energía renovable y agua de mar convertida en recurso industrial; del otro lado de la cordillera, algunos proyectos todavía miran el tendido eléctrico como quien espera que llegue el turno en una oficina pública.
Escondida funciona como una ciudad completa en medio del desierto: 10.000 personas, camiones autónomos, barcos que salen cada tres días y medio y una maquinaria que parece sacada de una película donde la pala mecánica tiene más presupuesto que varias provincias. Mientras tanto, la Argentina tiene la misma cordillera, los mismos minerales y una larga conversación pendiente con la infraestructura.
La comparación tiene una trampa: Chile lleva más de tres décadas construyendo su ecosistema minero y Escondida opera desde 1991. Pero el contraste deja una imagen difícil de ignorar: un país convirtió la montaña en una fábrica conectada al mundo y el otro todavía está acomodando los cables para encender la luz.
La minería argentina no perdió la oportunidad por falta de cobre bajo tierra. El desafío está arriba de la roca: caminos, energía, logística y una cadena productiva que todavía busca pasar del proyecto en carpeta a la producción real.
La cordillera no cambió de lado. Cambió quién llegó primero con la infraestructura.