Las promociones se consolidaron como el principal motor de ventas en los supermercados en medio de un escenario marcado por la debilidad del consumo. Lo que durante años funcionó como una herramienta comercial para fechas puntuales hoy se transformó en una condición casi indispensable para atraer compradores.
Fuentes del sector supermercadista reconocen que actualmente alrededor del 85% de los productos vendidos forman parte de algún esquema promocional, una proporción récord que refleja el cambio en los hábitos de consumo. Según explican, los artículos que no cuentan con descuentos o beneficios asociados encuentran cada vez mayores dificultades para salir de las góndolas.
«Lo que era una buena herramienta de ventas para utilizar en determinados momentos hoy pasó a ser una necesidad. Lo que no entra en las promociones es raro que se venda», señalaron desde una de las principales cadenas del país.
Descuentos permanentes y rentabilidad bajo presión
Del lado de las empresas fabricantes, la visión es similar. Las promociones, especialmente las vinculadas con modalidades como el «2×1» o descuentos sobre la segunda unidad, se sostienen porque permiten mantener el nivel de ventas en un contexto de menor consumo.
«Nosotros lo hacemos porque entendemos que hoy prácticamente estamos obligados por la situación, aunque al mismo tiempo sabemos que no es lo ideal. Hoy entendemos que una promoción puede marcar la diferencia entre vender y no vender», indicaron desde una empresa alimenticia.
Sin embargo, tanto supermercados como proveedores coinciden en que este esquema resulta difícil de sostener en el tiempo. En varias categorías, admiten, las promociones implican vender con márgenes muy reducidos e incluso con pérdidas, mientras que en otras apenas permiten mantener la actividad sin generar un crecimiento significativo.
Algunas empresas continúan al margen de esta estrategia. Entre ellas aparecen determinadas bodegas que priorizan el posicionamiento de sus marcas, además de algunos fabricantes de pastas secas, harinas y yerba, que optan por preservar su política comercial tradicional.
Sin margen para abandonar las promociones
El sector considera que solo una recuperación más marcada del poder adquisitivo o una desaceleración más pronunciada de la inflación permitirían comenzar a reducir el peso de las promociones en las ventas.
Sin embargo, los empresarios reconocen que ninguno de esos escenarios parece cercano. «Este año ya sabemos que será muy difícil, si miramos las proyecciones. En 2027 habrá que ver porque es electoral y sabemos que siempre tienen ciertas particularidades. Hay que esperar y ver cuál sería un momento ideal para poder empezar a romper con esta lógica de mercado en la que estamos metidos», sostuvo un empresario supermercadista.
A este contexto se suma un fenómeno que complejiza aún más la situación: los comercios de cercanía y muchos mayoristas ofrecen en numerosos casos precios similares a los que exhiben las promociones de las grandes cadenas, reduciendo el atractivo diferencial de los descuentos.
Otra de las discusiones dentro del sector gira en torno a la forma de abandonar gradualmente este esquema. Una estrategia coordinada entre empresas podría interpretarse como una práctica anticompetitiva, mientras que una decisión individual implicaría quedar en desventaja frente a la competencia al exhibir precios más elevados.
Por ese motivo, las cadenas consideran que el desafío de reducir la dependencia de las promociones quedará para una etapa posterior. En el escenario actual, sostienen, la prioridad continúa siendo mantener el volumen de ventas en un mercado donde el consumidor busca, antes que nada, percibir que está realizando una compra con descuento.
Las promociones dejaron de ser una estrategia puntual para convertirse en el principal motor de ventas de los supermercados. En un contexto de consumo debilitado, cerca del 85% de los productos comercializados forman parte de alguna oferta, mientras cadenas y fabricantes admiten que sostener descuentos permanentes afecta la rentabilidad, aunque consideran que hoy no tienen margen para abandonar ese esquema.
El cartel amarillo pasó de ser una invitación a convertirse en requisito. En los supermercados ya no alcanza con tener el producto en la góndola: si no dice «2×1», «50% en la segunda unidad» o «descuento exclusivo», es como si estuviera escondido atrás de las latas de arvejas.
Las promociones, que durante años servían para empujar las ventas en fechas especiales, ahora trabajan horas extras todos los días. Lo excepcional se volvió rutina. El consumidor ya no entra buscando una marca; entra buscando la sensación de haberle ganado una pulseada al precio, aunque después termine comprando exactamente lo que el supermercado esperaba que comprara.
Del otro lado del mostrador tampoco sobra el entusiasmo. Supermercados y fabricantes reconocen que muchas promociones apenas alcanzan para sostener el volumen de ventas y que, en varios casos, implican resignar rentabilidad. La lógica es sencilla: vender poco deja pérdidas; vender con descuento también puede dejarlas, pero al menos mueve la mercadería. Es elegir entre caminar con una mochila pesada o quedarse directamente sentado.
La esperanza está puesta en una recuperación del consumo o en una inflación más baja que permita desarmar este mecanismo sin espantar a los clientes. El problema es que ninguno de esos escenarios aparece cerca. Mientras tanto, cada semana suma una nueva promoción, otro reintegro y algún porcentaje más en letras gigantes. La oferta dejó de ser un evento para convertirse en el paisaje.
Y cuando hasta el almacén de la esquina vende al mismo precio que la supuesta promoción del hipermercado, el descuento deja de ser una ventaja y empieza a parecer el precio verdadero. El cartel cambió. La costumbre también.