La política no desapareció de las redes sociales. Cambió de lenguaje, de formato y, principalmente, de vocero. Creadores de contenido, streamers y figuras digitales se transformaron en intermediarios capaces de acercar ideas, candidatos y gobiernos a públicos que desconfían de las formas tradicionales de comunicación.
Una idea política expresada durante un acto partidario puede provocar rechazo inmediato. Sin embargo, ese mismo mensaje transmitido por una persona que comparte aspectos de su vida cotidiana, habla directamente frente a una cámara y responde comentarios puede encontrar menos resistencia.
La diferencia está en un elemento decisivo: los influencers no solamente construyeron audiencias. También desarrollaron vínculos de confianza y familiaridad que buena parte de la dirigencia perdió o tiene dificultades para generar.
De la desconfianza a la relación parasocial
Los mensajes políticos suelen enfrentar una barrera previa. El público puede sospechar que un candidato habla para conseguir votos, que un funcionario intenta defender su gestión o que un partido busca instalar su agenda.
Antes incluso de evaluar el contenido, aparece una suerte de descuento de credibilidad resumido en una idea: lo dice porque le conviene.
Con los influencers ocurre algo diferente. Sus seguidores los conocen —o sienten que los conocen— desde mucho antes de que comiencen a hablar sobre elecciones, leyes o candidatos.
Los vieron cocinar, viajar, enojarse, equivocarse, relatar problemas familiares o mostrar aspectos de su vida privada. Cuando finalmente aparece un mensaje político, llega a través de alguien que ya forma parte de la rutina digital de esa audiencia.
Este vínculo se conoce como “relación parasocial”. Se trata de una conexión emocional unilateral: el seguidor siente cercanía con una persona que probablemente ni siquiera sabe que existe.
La publicación frecuente, el uso de la primera persona, la conversación directa con la cámara y la exposición de momentos personales alimentan esa sensación de intimidad. Esto no implica que los seguidores acepten automáticamente todo lo que afirma un creador, pero la familiaridad puede reducir la distancia crítica inicial frente al mensaje.
Una investigación publicada en The Journal of Social Media in Society encontró que la confianza, la identificación y la sensación de amistad virtual pueden contribuir a despertar interés político entre seguidores de influencers. El estudio estuvo concentrado en mujeres jóvenes, por lo que sus resultados no permiten generalizaciones sobre toda la población.
Una nueva puerta de entrada a la información
Los influencers tampoco hablan únicamente de moda, entretenimiento o consumo. Elecciones, economía, seguridad, conflictos internacionales y decisiones gubernamentales comenzaron a ocupar un lugar creciente dentro de sus contenidos.
Una investigación de Pew Research Center realizada en Estados Unidos durante 2024 determinó que el 21% de los adultos consultados dijo informarse regularmente mediante influencers. Entre las personas de 18 a 29 años, la cifra alcanzó el 37%.
Además, el 65% de quienes consumían esas publicaciones sostuvo que los creadores los ayudaban a comprender mejor los acontecimientos y asuntos públicos. Otro 31% afirmó sentir una conexión personal con al menos uno de ellos.
Los resultados corresponden a Estados Unidos y no pueden trasladarse automáticamente a la Argentina. Sin embargo, permiten dimensionar una transformación que atraviesa distintas sociedades.
El Digital News Report 2026 del Reuters Institute, por su parte, calculó que el 27% de las personas incluidas en su muestra global recibía información semanalmente a través de creadores de noticias.
La estrategia política y los riesgos
Los dirigentes comprendieron el cambio y comenzaron a multiplicar sus apariciones en canales de streaming, podcasts, transmisiones informales y entrevistas con influencers.
El objetivo no pasa solamente por ampliar el alcance. También buscan ingresar a espacios donde el anfitrión ya construyó una relación de confianza con su comunidad.
Cuando un político participa de esos formatos puede abandonar temporalmente el escenario institucional para hablar sobre su familia, sus gustos o su vida cotidiana mediante un tono más relajado. La conversación puede presentarse como espontánea incluso cuando forma parte de una estrategia planificada.
El influencer funciona así como un puente entre el dirigente y una comunidad que posiblemente no consumiría una conferencia de prensa, un debate parlamentario o una entrevista política tradicional.
El principal riesgo aparece cuando una recomendación política se presenta como una opinión completamente espontánea pese a que detrás existe una campaña, un pago o un acuerdo que no fue informado a la audiencia. En esos casos, la autenticidad puede transformarse en una herramienta de propaganda.
También existe otro límite: un creador puede ser eficaz para explicar un asunto sin necesariamente aplicar criterios periodísticos, consultar documentos o contrastar versiones antes de publicar.
El formato informal no convierte una información en falsa, del mismo modo que una presentación periodística tampoco garantiza que sea verdadera. El criterio debe permanecer en las pruebas, las fuentes, la verificación y la transparencia.
Los influencers no reemplazaron completamente a los partidos ni a los medios, pero modificaron la manera en que las ideas políticas llegan a la sociedad. La discusión ya no ocurre solamente en actos, entrevistas o programas informativos: también circula entre recetas, transmisiones en vivo, videos humorísticos y relatos personales.
El verdadero poder de estos creadores no reside únicamente en acumular seguidores, sino en transformar familiaridad en credibilidad y credibilidad en influencia. Por eso, frente a cualquier mensaje político difundido en redes, ya no alcanza con preguntar qué idea se está comunicando: también importa quién la transmite, qué relación mantiene con su audiencia y qué intereses pueden existir detrás de esa recomendación.
Influencers, streamers y creadores de contenido ganaron terreno como intermediarios de mensajes políticos entre públicos que desconfían de dirigentes y canales tradicionales. Estudios realizados en Estados Unidos y relevamientos internacionales muestran el creciente peso de estas figuras en el acceso a noticias, mientras la política busca aprovechar esa cercanía para llegar a nuevas audiencias.
La política descubrió que quizás el problema no era solamente el mensaje: también era el señor detrás del atril diciendo que “escuchó a la gente” mientras la gente buscaba desesperadamente el botón para saltar el video. Entonces apareció el influencer, una criatura capaz de hablar de elecciones entre una receta y un vivo, y ocurrió el milagro que ningún comité de campaña había conseguido: alguien siguió escuchando.
La explicación tiene menos misterio que una encuesta electoral después de conocerse el resultado. Al dirigente se lo escucha pensando qué quiere conseguir; al influencer, creyendo que uno ya sabe quién es. Sus seguidores conocen sus viajes, errores, opiniones y hasta partes de su vida privada. La política tardó décadas en construir aparatos territoriales; el algoritmo resolvió parte del problema con una cámara frontal.
Los dirigentes entendieron rápidamente la situación y comenzaron la peregrinación hacia podcasts y streamings, donde pueden abandonar momentáneamente el ecosistema del comunicado oficial y convertirse en seres humanos que tienen familia, gustos y anécdotas. El objetivo es sencillo: tomar prestada durante una entrevista la confianza que el anfitrión construyó durante años.
Pero la cercanía también tiene letra chica. Una opinión aparentemente espontánea puede convivir con campañas, pagos o acuerdos no informados. Y entonces el influencer deja de ser solamente aquel conocido digital que explica política desde un sillón: puede convertirse en propaganda con iluminación LED. La política no abandonó las redes; aprendió a disfrazarse mejor.