El músico, multiinstrumentista y poeta Daniel Melingo murió a los 68 años en la ciudad de Buenos Aires. Según pudo saber Noticias Argentinas, el artista se encontraba bajo cuidados paliativos debido a una afección respiratoria que afectaba su estado de salud durante los últimos meses.
Melingo fue hallado sin vida por sus hijos en la vivienda del barrio porteño de Chacarita, donde residía. Fuentes oficiales indicaron que el entorno familiar solicitó la presencia de su médico de cabecera en el domicilio tras constatar el fallecimiento.
Una figura irrepetible de la música argentina
Considerado uno de los grandes renovadores del tango contemporáneo, Daniel Melingo construyó una carrera artística de más de cuatro décadas en la que combinó rock, tango, folklore rioplatense y experimentación sonora. Su obra estuvo atravesada por la poesía urbana, el lunfardo y una marcada impronta teatral que lo convirtió en una de las voces más personales de la música popular argentina.
Con formación en el Conservatorio Nacional y estudios de musicología, comenzó a desarrollar su carrera durante la escena underground porteña de los últimos años de la dictadura militar. Su proyección nacional llegó a comienzos de la década de 1980 cuando integró Los Abuelos de la Nada, compartiendo escenario con músicos como Andrés Calamaro, Cachorro López y Gustavo Bazterrica.
En 1982 fue uno de los miembros fundadores de Los Twist, junto a Pipo Cipolatti, banda que se convirtió en una referencia del nuevo rock argentino de aquellos años.
Aunque gran parte del público lo identificó primero con el rock y luego con el tango, el propio Melingo solía aclarar que su historia musical había comenzado precisamente al revés. En distintas entrevistas recordó que su madre le cantaba tangos desde antes de su nacimiento, una influencia que marcaría toda su producción artística.
España, el regreso al tango y una obra sin etiquetas
A mediados de la década de 1980 se radicó en España, donde integró Toreros Muertos, la banda liderada por Pablo Carbonell. Más tarde fundó el grupo Lions in Love, junto a la cantante holandesa Stefanie Ringes y el músico argentino Pablo Guadalupe.
Con el paso de los años profundizó su vínculo con el tango desde una mirada contemporánea, incorporando elementos teatrales, literarios y experimentales. Entre sus trabajos más destacados de los últimos años figuraron Oasis (2020) y el proyecto multidisciplinario Linyera, presentado en 2014 con la participación de artistas como Skay Beilinson, Jaime Torres, Alejandro Terán, Juan Ravioli, Axel Krygier y Miguel Zabaleta.
En abril de este año había estrenado «José el Cuchiyero», una colaboración junto a Malandro (Malajunta), como parte del relanzamiento de Tangos bajos en su versión Rework. Del proyecto también surgió un documental homónimo que reunió a distintas generaciones de músicos argentinos.
En ese trabajo participaron, entre otros, Pity Álvarez, Fito Páez, Andrés Calamaro, Pablo Lescano, Juli Laso y Maxi Prietto. El álbum tenía prevista su presentación oficial el próximo 21 de septiembre en el Teatro Coliseo.
Un legado que atravesó generaciones
A lo largo de su trayectoria, Daniel Melingo compartió proyectos con algunas de las figuras más importantes de la música argentina, entre ellas Charly García, además de desarrollar una obra que escapó de cualquier clasificación convencional.
Su muerte cierra una de las trayectorias más singulares de la cultura argentina reciente. Dueño de una voz inconfundible y de una búsqueda artística permanente, dejó un legado que atravesó el rock, el tango y la experimentación sin perder nunca una identidad propia.
El músico, multiinstrumentista y poeta Daniel Melingo murió este lunes a los 68 años en su vivienda del barrio porteño de Chacarita, donde permanecía bajo cuidados paliativos por una afección respiratoria. Referente del rock nacional y renovador del tango contemporáneo, dejó una trayectoria de más de cuatro décadas marcada por la experimentación, la poesía urbana y una identidad artística inconfundible.
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Hay artistas que pasan por la música y artistas que directamente la desordenan. Daniel Melingo pertenecía a esa segunda especie, esa que parece haber nacido para incomodar las etiquetas con la misma naturalidad con la que otros acomodan diplomas en una pared. Mientras la industria discutía algoritmos, rankings y reproducciones, él seguía conversando con el arrabal, con el lunfardo y con esos personajes que parecen salir de una esquina húmeda de Buenos Aires donde todavía alguien silba un tango sin saber que ya no está de moda.
Su carrera fue una demostración permanente de que el GPS cultural nunca logró ubicarlo. Pasó por el rock cuando el rock era revolución, abrazó el tango cuando muchos lo daban por museo y convirtió cada escenario en una especie de teatro donde convivían poetas, linyeras, fantasmas, malevos y músicos capaces de tocar con la misma elegancia una melodía o el orgullo de no parecerse a nadie. En tiempos donde abundan los artistas fabricados con manual de marketing, Melingo seguía siendo un problema para cualquier departamento de ventas: imposible resumirlo en una playlist.
Su muerte deja algo más que una discografía. Deja uno de esos silencios incómodos que aparecen cuando desaparece alguien que ocupaba un lugar imposible de reemplazar. Porque los músicos pueden copiar acordes, los productores pueden replicar sonidos y hasta la inteligencia artificial puede escribir versos aceptables. Lo que todavía nadie logró fabricar es una personalidad como la de Melingo: un hombre que parecía haber firmado un pacto para caminar siempre por la vereda donde menos convenía pasar. Y quizá ahí estaba el secreto. Mientras el resto perseguía la próxima tendencia, él seguía persiguiendo una buena historia para contar entre un bandoneón, un saxo y una voz que sonaba como si Buenos Aires hablara después de trasnochar durante un siglo.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
El músico, multiinstrumentista y poeta Daniel Melingo murió a los 68 años en la ciudad de Buenos Aires. Según pudo saber Noticias Argentinas, el artista se encontraba bajo cuidados paliativos debido a una afección respiratoria que afectaba su estado de salud durante los últimos meses.
Melingo fue hallado sin vida por sus hijos en la vivienda del barrio porteño de Chacarita, donde residía. Fuentes oficiales indicaron que el entorno familiar solicitó la presencia de su médico de cabecera en el domicilio tras constatar el fallecimiento.
Una figura irrepetible de la música argentina
Considerado uno de los grandes renovadores del tango contemporáneo, Daniel Melingo construyó una carrera artística de más de cuatro décadas en la que combinó rock, tango, folklore rioplatense y experimentación sonora. Su obra estuvo atravesada por la poesía urbana, el lunfardo y una marcada impronta teatral que lo convirtió en una de las voces más personales de la música popular argentina.
Con formación en el Conservatorio Nacional y estudios de musicología, comenzó a desarrollar su carrera durante la escena underground porteña de los últimos años de la dictadura militar. Su proyección nacional llegó a comienzos de la década de 1980 cuando integró Los Abuelos de la Nada, compartiendo escenario con músicos como Andrés Calamaro, Cachorro López y Gustavo Bazterrica.
En 1982 fue uno de los miembros fundadores de Los Twist, junto a Pipo Cipolatti, banda que se convirtió en una referencia del nuevo rock argentino de aquellos años.
Aunque gran parte del público lo identificó primero con el rock y luego con el tango, el propio Melingo solía aclarar que su historia musical había comenzado precisamente al revés. En distintas entrevistas recordó que su madre le cantaba tangos desde antes de su nacimiento, una influencia que marcaría toda su producción artística.
España, el regreso al tango y una obra sin etiquetas
A mediados de la década de 1980 se radicó en España, donde integró Toreros Muertos, la banda liderada por Pablo Carbonell. Más tarde fundó el grupo Lions in Love, junto a la cantante holandesa Stefanie Ringes y el músico argentino Pablo Guadalupe.
Con el paso de los años profundizó su vínculo con el tango desde una mirada contemporánea, incorporando elementos teatrales, literarios y experimentales. Entre sus trabajos más destacados de los últimos años figuraron Oasis (2020) y el proyecto multidisciplinario Linyera, presentado en 2014 con la participación de artistas como Skay Beilinson, Jaime Torres, Alejandro Terán, Juan Ravioli, Axel Krygier y Miguel Zabaleta.
En abril de este año había estrenado «José el Cuchiyero», una colaboración junto a Malandro (Malajunta), como parte del relanzamiento de Tangos bajos en su versión Rework. Del proyecto también surgió un documental homónimo que reunió a distintas generaciones de músicos argentinos.
En ese trabajo participaron, entre otros, Pity Álvarez, Fito Páez, Andrés Calamaro, Pablo Lescano, Juli Laso y Maxi Prietto. El álbum tenía prevista su presentación oficial el próximo 21 de septiembre en el Teatro Coliseo.
Un legado que atravesó generaciones
A lo largo de su trayectoria, Daniel Melingo compartió proyectos con algunas de las figuras más importantes de la música argentina, entre ellas Charly García, además de desarrollar una obra que escapó de cualquier clasificación convencional.
Su muerte cierra una de las trayectorias más singulares de la cultura argentina reciente. Dueño de una voz inconfundible y de una búsqueda artística permanente, dejó un legado que atravesó el rock, el tango y la experimentación sin perder nunca una identidad propia.
El músico, multiinstrumentista y poeta Daniel Melingo murió este lunes a los 68 años en su vivienda del barrio porteño de Chacarita, donde permanecía bajo cuidados paliativos por una afección respiratoria. Referente del rock nacional y renovador del tango contemporáneo, dejó una trayectoria de más de cuatro décadas marcada por la experimentación, la poesía urbana y una identidad artística inconfundible.
Hay artistas que pasan por la música y artistas que directamente la desordenan. Daniel Melingo pertenecía a esa segunda especie, esa que parece haber nacido para incomodar las etiquetas con la misma naturalidad con la que otros acomodan diplomas en una pared. Mientras la industria discutía algoritmos, rankings y reproducciones, él seguía conversando con el arrabal, con el lunfardo y con esos personajes que parecen salir de una esquina húmeda de Buenos Aires donde todavía alguien silba un tango sin saber que ya no está de moda.
Su carrera fue una demostración permanente de que el GPS cultural nunca logró ubicarlo. Pasó por el rock cuando el rock era revolución, abrazó el tango cuando muchos lo daban por museo y convirtió cada escenario en una especie de teatro donde convivían poetas, linyeras, fantasmas, malevos y músicos capaces de tocar con la misma elegancia una melodía o el orgullo de no parecerse a nadie. En tiempos donde abundan los artistas fabricados con manual de marketing, Melingo seguía siendo un problema para cualquier departamento de ventas: imposible resumirlo en una playlist.
Su muerte deja algo más que una discografía. Deja uno de esos silencios incómodos que aparecen cuando desaparece alguien que ocupaba un lugar imposible de reemplazar. Porque los músicos pueden copiar acordes, los productores pueden replicar sonidos y hasta la inteligencia artificial puede escribir versos aceptables. Lo que todavía nadie logró fabricar es una personalidad como la de Melingo: un hombre que parecía haber firmado un pacto para caminar siempre por la vereda donde menos convenía pasar. Y quizá ahí estaba el secreto. Mientras el resto perseguía la próxima tendencia, él seguía persiguiendo una buena historia para contar entre un bandoneón, un saxo y una voz que sonaba como si Buenos Aires hablara después de trasnochar durante un siglo.