Una camioneta averiada en plena Cuesta de Miranda terminó convirtiéndose en el punto de partida de una experiencia científica inesperada en la cordillera de La Rioja. El incidente permitió que Pedro González, guía de montaña y presidente de la asociación que reúne a trabajadores de esa actividad, se incorporara a una expedición paleontológica encabezada por el investigador Martín Ezequiel Farina.
La jornada ocurrió el 10 de octubre de 2025, cuando el equipo científico se desplazaba en dos camionetas para realizar trabajos de campo en distintos sectores de la región.
Uno de los vehículos sufrió una avería mecánica durante el recorrido por la Cuesta de Miranda, lo que obligó a buscar una alternativa para continuar hacia la quebrada del Yeso, primer destino previsto para la campaña.
Ante el inconveniente, Farina se comunicó con González, a quien conocía por experiencias anteriores relacionadas con investigaciones paleontológicas en la zona de La Troya.
El guía aceptó colaborar, preparó su Jeep y acompañó a los investigadores en un recorrido que posteriormente los llevaría hasta Santo Domingo, en la formación Las Flechas.
En ese lugar se encuentra una huella fósil de ave cuya antigüedad se estima en aproximadamente 40 millones de años, uno de los registros que formaron parte de la experiencia relatada por el investigador.
Una camioneta rota y un guía de montaña que permitió continuar la expedición
El inconveniente mecánico modificó los planes originales del equipo, pero también puso de manifiesto la importancia de contar con personas que conocen los caminos y las condiciones de la cordillera riojana.
Pedro González desarrolla su actividad como guía de montaña, un trabajo que le permite recorrer sectores alejados y conocer las particularidades geográficas de la región.
Esa experiencia resultó útil para acompañar a los científicos hasta lugares donde se conservan registros de antiguos ambientes y formas de vida.
La colaboración también estuvo vinculada con el interés de González por el patrimonio geológico y paleontológico de La Rioja.
Su relación previa con Farina, construida a partir de experiencias en la zona de La Troya, facilitó que pudiera sumarse a la expedición.
La primera parada fue la quebrada del Yeso, un sector que conserva formaciones geológicas relacionadas con antiguos ambientes lacustres y donde también se registran huellas de animales y aves.
Posteriormente, el grupo continuó hacia la precordillera riojana, con destino a Santo Domingo.
La huella de un ave que vivió hace 40 millones de años
Uno de los registros paleontológicos destacados durante el recorrido se encuentra en la formación Las Flechas, en Santo Domingo.
Allí se conserva una huella fósil de ave que, según la información difundida, tiene una antigüedad estimada de unos 40 millones de años.
El rastro presenta tres dedos, una característica que aporta información sobre la anatomía y el desplazamiento del animal que lo produjo.
Sin embargo, las características de la marca no permiten establecer con certeza a qué especie pertenecía el ave.
La importancia científica del registro reside en la posibilidad de estudiar aspectos de la vida de animales antiguos que no siempre pueden reconstruirse a partir de restos óseos.
La forma, el tamaño y la disposición de los dedos pueden proporcionar indicios sobre la manera en que un animal caminaba, las características de sus extremidades y el terreno sobre el que se desplazaba.
Estos datos permiten comparar registros correspondientes a diferentes períodos geológicos y ampliar el conocimiento sobre la evolución de las aves.
Qué es la icnología y por qué las huellas fósiles son tan importantes
El estudio de las huellas y otras marcas dejadas por organismos del pasado forma parte de la icnología, una disciplina vinculada con la paleontología.
A diferencia de los fósiles corporales, como huesos o dientes, las huellas conservan evidencias de la actividad desarrollada por los animales mientras estaban vivos.
Por ese motivo, permiten investigar comportamientos y características de los ambientes que habitaron.
En un artículo publicado el 11 de octubre de 2026 en la revista Viva, Martín Ezequiel Farina explicó la importancia de estos registros para reconstruir aspectos de la historia natural.
Las huellas fósiles de aves resultan especialmente relevantes para estudiar los cambios que experimentó su diversidad a lo largo de millones de años.
También ofrecen información sobre períodos posteriores a la extinción de los grandes dinosaurios, cuando las comunidades de aves continuaron diversificándose en distintos ambientes.
Las diferencias entre las marcas permiten formular hipótesis sobre la variedad de formas de vida presentes en cada etapa de la historia geológica.
En el caso de la huella identificada en la cordillera riojana, su antigüedad estimada de 40 millones de años la convierte en un testimonio de la vida animal durante el Eoceno, una época del período Paleógeno.
La quebrada del Yeso y los antiguos paisajes de La Rioja
La expedición también incluyó una visita a la quebrada del Yeso, donde existen formaciones geológicas asociadas con ambientes lacustres antiguos.
Estos depósitos permiten estudiar condiciones ambientales muy diferentes de las que presenta actualmente el territorio riojano.
Las rocas sedimentarias pueden conservar información sobre la presencia de antiguos cuerpos de agua, procesos de acumulación de materiales y rastros de organismos que habitaron esos ambientes.
El análisis de esas evidencias contribuye a reconstruir la evolución geológica y biológica de la región.
La presencia de huellas de animales y aves amplía el valor científico de estos sectores, porque aporta información sobre organismos que estuvieron presentes en determinados momentos del pasado.
La cordillera riojana reúne así registros que permiten investigar tanto la transformación del paisaje como la diversidad de especies que lo habitaron.
El papel de los guías de montaña en las investigaciones científicas
La experiencia compartida por González y Farina también refleja la importancia del conocimiento territorial en las expediciones paleontológicas.
Los trabajos de campo suelen desarrollarse en lugares alejados, con accesos complejos y condiciones geográficas que requieren experiencia para desplazarse de manera segura.
En ese contexto, los guías de montaña pueden colaborar con la identificación de recorridos, la planificación de traslados y el acceso a sectores de interés científico.
Su conocimiento del terreno complementa el trabajo de los investigadores y facilita las tareas de relevamiento.
La participación de González permitió que la expedición continuara después del desperfecto mecánico sufrido por uno de los vehículos.
Además, puso de relieve el vínculo entre las actividades de montaña y el estudio del patrimonio natural de La Rioja.
La jornada del 10 de octubre de 2025 comenzó con una dificultad logística en la Cuesta de Miranda y terminó con un recorrido por sitios que conservan evidencias de la vida de hace millones de años.
La huella de ave de Santo Domingo y los registros geológicos de la quebrada del Yeso forman parte de un patrimonio científico que permite reconstruir fragmentos de la historia natural de la cordillera riojana.
Una avería mecánica en la Cuesta de Miranda, La Rioja, permitió que el guía de montaña Pedro González se sumara a una expedición del paleontólogo Martín Ezequiel Farina el 10 de octubre de 2025. El equipo recorrió la quebrada del Yeso y Santo Domingo, donde se conserva una huella fósil de ave de aproximadamente 40 millones de años, valiosa para reconstruir la historia natural de la región.
La ciencia tiene métodos rigurosos, protocolos de investigación y décadas de conocimientos acumulados. También tiene camionetas que se rompen en el peor lugar posible. Eso fue exactamente lo que ocurrió en la Cuesta de Miranda, donde una expedición paleontológica terminó incorporando a un guía de montaña después de que un vehículo decidiera abandonar sus obligaciones mecánicas. La misión era estudiar rastros de animales prehistóricos, pero el primer desafío consistió en resolver un problema mucho más contemporáneo: cómo seguir viaje cuando el motor deja de colaborar.
El protagonista inesperado fue Pedro González, un conocedor de la montaña riojana que recibió el pedido de ayuda del paleontólogo Martín Ezequiel Farina. Ambos ya habían compartido experiencias vinculadas con investigaciones en la región, de modo que la solución llegó por una vía bastante tradicional: llamar a alguien que conoce el terreno y tiene un vehículo disponible. Mientras los fósiles llevaban millones de años esperando ser estudiados, la camioneta no consiguió completar su jornada.
González cargó su Jeep y acompañó al equipo hacia la quebrada del Yeso. La expedición recuperó así su itinerario científico, aunque con una incorporación que no estaba prevista al comenzar el día. El episodio dejó una enseñanza práctica: para investigar el pasado remoto conviene dominar la geología, pero también resulta muy útil tener el teléfono de un guía que sepa llegar.
El recorrido continuó hacia Santo Domingo, en la formación Las Flechas, donde se conserva una huella de ave de aproximadamente 40 millones de años. El animal que la dejó desapareció hace una eternidad, pero su pisada sobrevivió lo suficiente como para convertirse en objeto de estudio. Hay calzado moderno que no resiste una temporada y una marca de tres dedos que logró atravesar buena parte de la historia del planeta.
La huella, además, ofrece información que los huesos no siempre permiten obtener. Su forma y disposición ayudan a estudiar cómo se desplazaban aquellos animales y qué características tenía el ambiente. No alcanza para identificar con certeza a la especie responsable, pero sí para reconstruir fragmentos de una época en la que el paisaje riojano era muy diferente del actual. La paleontología tiene esa particularidad: puede dedicar años a investigar una pisada que su propietario jamás imaginó que sería importante.
La historia también reivindica un oficio que rara vez aparece en los grandes titulares científicos. Los guías de montaña conocen accesos, distancias y dificultades que ningún mapa reemplaza por completo. En regiones extensas y complejas, ese conocimiento puede resultar decisivo para llegar hasta los lugares donde se encuentran los registros fósiles.
Al final, la avería no impidió que la expedición continuara. Una camioneta dejó de funcionar, un guía se incorporó al recorrido y los investigadores llegaron a sitios que conservan testimonios de millones de años. La naturaleza había guardado cuidadosamente sus huellas durante una eternidad; la mecánica moderna, en cambio, apenas consiguió aportar un inconveniente. Por fortuna, también terminó aportando una historia digna de ser contada.
