Fenómenos astronómicos de febrero: ¿Qué son las «Cuatro Lunas» de Rusia y el desfile planetario?

Redacción Cuyo News
6 min

El transcurso de febrero de 2026 ha puesto de manifiesto la compleja interacción entre la mecánica orbital de nuestro sistema solar y las variables físicas de la atmósfera terrestre. Dos sucesos, uno ocurrido recientemente en territorio euroasiático y otro que conmemora un aniversario histórico en Norteamérica, marcan la agenda científica internacional.

El fenómeno óptico de las «Cuatro Lunas» en Rusia

A inicios de este mes, las ciudades de Moscú y San Petersburgo fueron el escenario de un inusual fenómeno óptico que generó la ilusión de múltiples satélites naturales en el firmamento. Aunque en un primer momento circularon interpretaciones de carácter místico, la comunidad científica confirmó que se trató de una variante compleja de paraselene o «moondogs».

Este evento ocurre cuando la luz lunar atraviesa nubes de tipo cirro o neblina helada en la tropósfera superior. El mecanismo físico se activa gracias a los cristales de hielo hexagonales suspendidos en el aire, los cuales actúan como prismas naturales. Dependiendo de su orientación, estos cristales refractan la luz en ángulos de 22°, proyectando puntos luminosos a los lados de la luna real y creando halos concéntricos que simulan la presencia de lunas adicionales. Las temperaturas extremas bajo cero en la región fueron determinantes para mantener la estructura de estos cristales, permitiendo una nitidez visual excepcional.

El Gran Desfile Planetario en México

Simultáneamente, la comunidad astronómica recuerda que el 28 de febrero de 2026, cuando el cielo de México protagonice una alineación planetaria de una escala que no se repetirá hasta el año 2040. Este evento, calificado por la NASA como de baja frecuencia probabilística, permitirá la observación de siete cuerpos celestes en un mismo cuadrante.

Durante aquella jornada, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Mercurio, Urano y Neptuno se posicionaran de forma lineal tras la puesta de sol. La relevancia del suceso radicó en la visibilidad: mientras los planetas interiores y los gigantes gaseosos fueron perceptibles a simple vista, la configuración geográfica de México facilita que, mediante el uso de telescopios locales, se identificaran los tonos azulados de Urano y Neptuno, cuerpos que usualmente requieren oscuridad absoluta y equipamiento de alta complejidad para su detección.

Ambos fenómenos, aunque de naturaleza distinta —uno atmosférico y el otro puramente orbital—, subrayan la importancia de las condiciones regionales para la observación científica y el estudio de los modelos físicos que rigen nuestro entorno espacial.

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