En abril de 1984, mientras cinco astronautas del transbordador Challenger se preparaban para realizar la primera reparación de un satélite en órbita, miles de abejas protagonizaban en el mismo vuelo un experimento destinado a determinar si podían construir panales en condiciones de microgravedad.
La prueba formó parte de la misión STS-41C, que despegó el 6 de abril de 1984 y permaneció en el espacio durante 6 días, 23 horas y 40 minutos. A bordo viajaron 3.301 abejas, incluida una reina, alojadas dentro de un módulo especialmente diseñado para mantenerlas con vida durante el vuelo.
El desafío de construir una colmena sin gravedad
El experimento había sido propuesto por el estudiante Dan Poskevich y buscaba responder una pregunta concreta: si las abejas podían construir un panal sin gravedad y, en caso afirmativo, si conservarían la tradicional estructura hexagonal de sus celdas.
El comienzo no fue sencillo. Aunque los insectos sobrevivieron al lanzamiento, la ausencia de una referencia gravitatoria alteró inicialmente su manera de desplazarse.
Durante las primeras observaciones, varias abejas intentaban volar y terminaban chocando contra las paredes del recinto. Sin una referencia clara para distinguir arriba de abajo, llegaron incluso a considerar el techo de la caja como un lugar apto para construir.
Sin embargo, el comportamiento comenzó a modificarse a medida que avanzaba la misión. Hacia los últimos días, muchas de las abejas ya lograban desplazarse de un punto a otro sin impactar constantemente contra la parte superior del módulo.
Construyeron unos 200 centímetros cuadrados de panal
La adaptación también se reflejó en su capacidad para trabajar. Durante la misión, la colonia logró construir aproximadamente 200 centímetros cuadrados de panal.
Los astronautas llegaron a mostrar desde el Challenger una extensa superficie blanquecina de cera mientras relataban que los insectos habían comenzado a construir de manera intensa.
El resultado resultó especialmente llamativo porque, durante las primeras observaciones, el grupo de control mantenido en condiciones similares en la Tierra todavía no mostraba un panal visible.
El experimento permitió demostrar así que las abejas podían construir sus estructuras características aun en ausencia de gravedad.
Los hexágonos resistieron la microgravedad
Una vez finalizada la misión, los investigadores analizaron la arquitectura de los panales y compararon la forma, profundidad, diámetro y grosor de las paredes de las celdas con las construidas en la Tierra.
Los resultados mostraron algunas diferencias. Las celdas construidas en microgravedad presentaron, por ejemplo, diámetros medios menores y paredes más gruesas, aunque podían alcanzar profundidades normales.
Las abejas no solamente conservaron la capacidad de fabricar las celdas, sino que también pudieron utilizarlas. En algunas llegaron a almacenar el jarabe azucarado que recibían como alimento durante el vuelo.
El experimento con los insectos era apenas una de las actividades científicas incluidas en una misión mucho más amplia. La STS-41C desplegó el Long Duration Exposure Facility y realizó una compleja operación para capturar, reparar y liberar nuevamente el satélite Solar Maximum Mission.
La reparación incluyó caminatas espaciales, la utilización del brazo robótico del transbordador y la mochila propulsora MMU. Un retraso en esas tareas permitió incluso que la tripulación dispusiera de más tiempo para atender el experimento con las abejas.
Mientras los astronautas demostraban que era posible reparar una máquina en órbita, las 3.301 abejas demostraban a pocos metros que podían adaptarse a la microgravedad y continuar construyendo sus característicos panales hexagonales.
En abril de 1984, durante la misión STS-41C del transbordador Challenger, 3.301 abejas viajaron al espacio para comprobar si podían construir panales en microgravedad. Tras un inicio caótico, los insectos lograron adaptarse y fabricaron unos 200 centímetros cuadrados de panal, conservando su característica estructura hexagonal aunque con algunas diferencias respecto de las construcciones terrestres.
En 1984, la NASA decidió que reparar un satélite en órbita no era suficiente desafío para una sola misión y agregó una pregunta que hasta entonces había permanecido prudentemente fuera de la agenda humana: qué pasa si uno manda 3.301 abejas al espacio. El Challenger despegó con cinco astronautas preparados para una operación histórica y, a pocos metros, una colonia completa intentaba resolver un problema bastante más elemental: descubrir dónde quedaba arriba cuando arriba había dejado de existir.
Los primeros días demostraron que la microgravedad tampoco viene con manual de instrucciones para insectos. Algunas abejas intentaban volar y terminaban chocando contra las paredes del módulo, mientras el techo parecía resultarles tan razonable como cualquier otro sitio para instalar una colmena. Básicamente, la colonia atravesó una breve etapa inmobiliaria experimental antes de comprender que, si todo flotaba, convenía al menos ponerse de acuerdo sobre dónde construir.
Y se pusieron de acuerdo. Con el paso de los días aprendieron a desplazarse mejor y terminaron fabricando aproximadamente 200 centímetros cuadrados de panal. Lo verdaderamente notable fue que conservaron los hexágonos, como si millones de años de evolución hubieran dejado una instrucción bastante clara: puede desaparecer la gravedad, pero la geometría corporativa se respeta.
Los investigadores encontraron algunas diferencias en las celdas: diámetros menores y paredes más gruesas, aunque alcanzaban profundidades normales y servían incluso para almacenar alimento. Mientras los astronautas reparaban el satélite Solar Maximum Mission mediante caminatas espaciales, brazos robóticos y mochilas propulsoras, las abejas protagonizaban una hazaña bastante menos espectacular pero igualmente extraordinaria: demostraban que una colmena puede perder su planeta de referencia durante una semana y aun así seguir haciendo hexágonos como si Recursos Humanos jamás hubiera autorizado una pausa.