Mucho antes de la formación de San Juan, La Rioja y de la propia Argentina, esta región del país ya estaba habitada por dinosaurios, reptiles primitivos y otras especies cuya existencia hoy puede reconstruirse a partir del registro fósil.

Hace más de 200 millones de años, durante el período Triásico, el paisaje era muy diferente al actual. En áreas donde hoy predominan paredones rojizos, zonas desérticas y particulares formaciones geológicas, existían ríos, vegetación y una fauna que se desplazaba por un territorio todavía en plena transformación.

Un gigante herbívoro en La Rioja

Entre los protagonistas de aquel ecosistema se encontraba el Riojasaurus incertus, un gran dinosaurio herbívoro cuyos restos fueron hallados en la zona de Talampaya, en La Rioja.

Del otro lado del límite provincial, Ischigualasto, en San Juan, también se convirtió en un sitio de enorme relevancia para la paleontología mundial por la riqueza del material fósil conservado en sus formaciones.

Un registro excepcional del período Triásico

La importancia científica de ambos territorios trasciende las fronteras provinciales. Talampaya e Ischigualasto forman un conjunto reconocido por la UNESCO y conservan uno de los registros continentales de fósiles del Triásico más completos del planeta.

Ese patrimonio permite conocer cómo eran los ecosistemas de la región hace cientos de millones de años y comprender parte de la evolución de los animales que habitaron el planeta durante aquel período.

La dimensión temporal resulta especialmente significativa: millones de años antes de la aparición del famoso T-Rex, ya existían dinosaurios recorriendo esta parte de Cuyo.

Un paisaje que todavía cuenta su historia

En la actualidad, estos escenarios pueden recorrerse en auto, a pie y mediante visitas acompañadas por guías. Los paredones, las rocas y las formaciones que dominan el paisaje funcionan también como testimonio de un territorio que atravesó transformaciones profundas durante millones de años.

Antes de convertirse en algunos de los paisajes turísticos más reconocibles de la región, Talampaya e Ischigualasto ya guardaban bajo sus rocas una extensa historia de la vida en la Tierra, transformando a esta parte de Cuyo en una auténtica ventana hacia el pasado remoto del planeta.