El Niño puede trasladar sus efectos desde las zonas productivas del Litoral hasta los precios de los alimentos, a través de una combinación de menor oferta, pérdidas productivas, mayores costos de procesamiento y dificultades logísticas.
La relación entre inundaciones y precios no siempre resulta visible de manera inmediata. Sin embargo, cuando las lluvias excesivas afectan campos, caminos, secaderos, puertos y corredores de transporte, el impacto termina trasladándose progresivamente a toda la cadena comercial.
El mecanismo comienza en el origen de la producción y puede terminar varias semanas después en supermercados y comercios urbanos.
Menos producción y mayores costos
El primer impacto aparece en los campos. Cuando las lluvias destruyen lotes de arroz, afectan producciones hortícolas o deterioran cultivos sensibles, la oferta disponible disminuye.
Con una menor cantidad de productos para abastecer una demanda que se mantiene relativamente estable, los precios mayoristas pueden reaccionar rápidamente.
Pero incluso la mercadería que logra sobrevivir al exceso de agua puede enfrentar costos adicionales.
En actividades como la producción de yerba mate o té, una mayor humedad obliga a extender los tiempos de secado y aumenta el consumo de combustible.
En la ganadería de zonas ribereñas, el barro y el exceso hídrico pueden provocar pérdida de peso en los animales y dificultades para sostener los ritmos habituales de producción.
Ese escenario eleva el costo por unidad producida, ya que productores y empresas deben invertir más recursos para obtener un volumen menor o de calidad inferior.
El transporte, uno de los principales cuellos de botella
Uno de los impactos más relevantes aparece en la logística.
Una tonelada de arroz, yerba o cualquier otro producto agrícola pierde buena parte de su valor comercial si no puede ser transportada desde el lugar de producción hasta los centros de distribución y consumo.
Cuando los caminos rurales quedan anegados o las rutas sufren cortes, los transportistas deben realizar desvíos, asumir mayores riesgos operativos o directamente evitar determinadas zonas.
La menor disponibilidad de camiones y el incremento de las distancias recorridas terminan presionando sobre las tarifas del transporte.
Según el esquema planteado, los costos del flete terrestre pueden aumentar entre 25% y 50% en situaciones de caminos intransitables, desvíos prolongados y menor disponibilidad de transportistas.
Ese incremento puede trasladarse posteriormente al precio final de productos como yerba, arroz, cítricos y otros alimentos de origen regional.
El Paraná: beneficios para grandes buques y problemas río arriba
El comportamiento del río Paraná durante El Niño presenta una particularidad: un mayor caudal puede beneficiar al transporte marítimo de gran escala y, al mismo tiempo, complicar la logística fluvial y terrestre en otros tramos.
Entre Rosario y el Río de la Plata, los niveles elevados permiten que buques de ultramar operen con mayor calado y transporten más tonelaje.
Durante períodos de sequía, las embarcaciones deben salir con menor carga para evitar riesgos de varamiento, lo que incrementa el costo por tonelada.
Con niveles de agua más altos, buques Handymax y Panamax pueden operar con calados de 34 pies o superiores, reduciendo costos en exportaciones de soja, maíz y derivados.
También disminuye la necesidad de completar cargas en puertos de aguas profundas como Bahía Blanca o Necochea.
Las barcazas enfrentan mayores dificultades
La situación cambia en los tramos superiores del sistema fluvial.
Las crecidas aumentan la velocidad de la corriente y complican la navegación de convoyes que transportan granos, arroz, yerba y otros productos desde Paraguay, Bolivia y el norte argentino.
Las maniobras se vuelven más complejas y, ante determinados niveles de agua, pueden establecerse restricciones al tamaño de los convoyes.
La reducción de la cantidad de barcazas por formación incrementa el costo del transporte fluvial por tonelada.
Además, algunos muelles e instalaciones portuarias de ribera pueden quedar temporalmente fuera de servicio por inundaciones, obligando a desviar cargas hacia transporte terrestre.
Caminos rurales y rutas bajo presión
La logística fluvial depende también del funcionamiento de los caminos terrestres que conectan campos, secaderos, centros de acopio y puertos.
Los excesos hídricos pueden deteriorar caminos de tierra y ripio en provincias como Entre Ríos, Corrientes y Misiones.
Cuando los camiones no pueden ingresar a los campos o instalaciones productivas, la mercadería queda inmovilizada en origen.
Los cortes o restricciones sobre corredores importantes, entre ellos las rutas nacionales 12 y 14, pueden obligar además a realizar recorridos alternativos de mayor distancia.
La combinación de desvíos, mayor tiempo de viaje y menor disponibilidad de transportistas termina elevando los costos de distribución.
Más sedimentos y mayores necesidades de dragado
Las crecidas también incrementan el arrastre de sedimentos y vegetación desde distintos afluentes del sistema Paraná-Paraguay.
El material transportado puede acumularse en canales secundarios, zonas de rada y pasos de navegación.
Eso obliga a realizar dragados de emergencia para mantener los canales operativos y correctamente señalizados.
Las demoras pueden generar esperas adicionales de buques y embarcaciones, con costos de estadía que se contabilizan diariamente.
Cuando la región completa enfrenta el mismo problema
En condiciones normales, una caída localizada de la producción puede compensarse parcialmente con importaciones desde países vecinos.
Pero durante episodios fuertes de El Niño, las inundaciones pueden afectar simultáneamente al Litoral argentino, el sur de Brasil y sectores productivos de Paraguay.
Cuando distintos países productores enfrentan al mismo tiempo problemas climáticos, se reduce la capacidad de reemplazar rápidamente la oferta faltante.
La menor disponibilidad regional limita el arbitraje comercial y puede reforzar la presión sobre los precios.
El efecto final sobre los alimentos
El impacto de El Niño sobre los precios no responde a un único factor.
Se trata de una acumulación de pérdidas productivas, ineficiencias de procesamiento, dificultades de transporte, interrupciones portuarias y mayores costos logísticos.
En el tramo inferior del Paraná, el mayor nivel del río puede reducir el costo marítimo por tonelada exportada.
Sin embargo, en los tramos medio y alto, las dificultades de navegación, los problemas en puertos y el deterioro de los caminos terrestres pueden generar el efecto contrario.
El resultado es una cadena donde los mayores costos asumidos desde el origen terminan reflejándose, con cierto retraso, en los precios que pagan los consumidores
El fenómeno de El Niño puede trasladar sus efectos desde las zonas productivas del Litoral hasta los precios de los alimentos, a través de una combinación de menor oferta, mayores costos de procesamiento y fuertes dificultades logísticas. Aunque el mayor caudal del Paraná beneficia a los grandes buques de exportación, las inundaciones complican caminos, puertos, barcazas y transporte terrestre.
La góndola del supermercado queda bastante lejos del barro de Corrientes, pero no tanto como parece. Cuando El Niño convierte caminos rurales en piscinas, frena secaderos, complica puertos y obliga a los camiones a recorrer medio mapa para esquivar un corte, la factura termina viajando igual. Quizás no llegue en una barcaza, pero aparece unas semanas después impresa en el ticket.
La cadena funciona con una eficiencia casi poética para trasladar problemas: primero llueve demasiado, después cae la producción, luego suben los costos para salvar lo que quedó, más tarde el transporte cobra por atravesar una geografía que decidió convertirse en obstáculo y, finalmente, el consumidor descubre que una hortaliza puede tener incorporado el precio de una pequeña expedición.
La paradoja más interesante ocurre sobre el Paraná. En el tramo inferior, los grandes buques agradecen el mayor caudal porque pueden cargar más y reducir costos. Río arriba, en cambio, barcazas, muelles y camiones comienzan a protagonizar una versión logística de un videojuego en dificultad máxima: corrientes más fuertes, infraestructura anegada, caminos destruidos, convoyes reducidos y dragados urgentes.
El problema se amplifica porque El Niño no suele respetar fronteras administrativas. Si también golpea al sur de Brasil y al este de Paraguay, la posibilidad de compensar faltantes con importaciones regionales pierde efectividad. El mercado descubre así que la integración regional funciona magníficamente hasta que todos comparten la misma inundación.
El resultado final es bastante menos misterioso que el debate habitual sobre precios: producir cuesta más, mover la mercadería cuesta más y, encima, hay menos volumen disponible. La góndola simplemente recibe la suma. En otras palabras, cuando el clima rompe la cadena, el agua puede tardar semanas en llegar a la ciudad, pero el costo llega puntual.
