El peronismo volvió a descubrir uno de sus deportes favoritos: discutir quién tiene la lapicera mientras la birome se queda sin tinta. La pelea alrededor de Axel Kicillof ya no parece una diferencia de matices, sino una competencia por determinar si el gobernador bonaerense debe construir poder propio o pedir permiso antes de respirar políticamente. En el Instituto Patria reclaman señales de alineamiento; en La Plata responden con autonomía. Y en el medio, el partido intenta convencer a todos de que esto sigue llamándose unidad.
El problema para el kirchnerismo duro es que Kicillof gobierna la provincia que concentra casi el 40% del padrón nacional y, por lo tanto, posee algo incómodo para cualquier conducción vertical: territorio, caja política, intendentes, gestión y proyección propia. Pedirle que se comporte como un delegado obediente equivale a contratar un capitán y después explicarle que el timón solamente se toca con autorización escrita.
Desde el entorno del gobernador hablan de “componer nuevas melodías”, una frase suficientemente poética como para irritar a quienes prefieren que el repertorio partidario siga ejecutándose con la misma partitura. Andrés Larroque, Carlos Bianco y Jorge Ferraresi aparecen entre quienes empujan un esquema con mayor independencia, mientras el kirchnerismo busca conservar el control de las candidaturas y evitar que el peronismo bonaerense empiece a desarrollar vida política fuera de su órbita.
La discusión tiene consecuencias bastante menos literarias. La fractura puede complicar leyes en la Legislatura bonaerense, negociaciones presupuestarias, endeudamiento, cargos y, sobre todo, la confección de las próximas listas. Todo esto mientras el oficialismo nacional observa cómo su principal fuerza opositora dedica buena parte de su energía a debatir quién manda sobre quién. La estrategia puede resultar sofisticadísima o simplemente autodestructiva; la historia partidaria argentina admite ambas posibilidades simultáneamente.
La pregunta de fondo ya no es si Kicillof será leal a Cristina Kirchner o si La Cámpora conservará la lapicera. Es si el peronismo está dispuesto a permitir que aparezcan liderazgos nuevos sin someterlos previamente a una prueba de obediencia. Porque un movimiento que alguna vez hizo de la conducción una herramienta de poder corre ahora el riesgo de convertirla en una ceremonia donde todos juran fidelidad mientras cada vez queda menos gente afuera esperando entrar.
El Partido Justicialista atraviesa una disputa interna por el liderazgo, la autonomía política de Axel Kicillof y el control del armado electoral bonaerense. El conflicto enfrenta al gobernador y su entorno con el kirchnerismo duro y La Cámpora, mientras intendentes y dirigentes federales observan una pelea que puede impactar en la Legislatura provincial, las candidaturas y la estrategia opositora frente al Gobierno nacional
El peronismo volvió a descubrir uno de sus deportes favoritos: discutir quién tiene la lapicera mientras la birome se queda sin tinta. La pelea alrededor de Axel Kicillof ya no parece una diferencia de matices, sino una competencia por determinar si el gobernador bonaerense debe construir poder propio o pedir permiso antes de respirar políticamente. En el Instituto Patria reclaman señales de alineamiento; en La Plata responden con autonomía. Y en el medio, el partido intenta convencer a todos de que esto sigue llamándose unidad.
El problema para el kirchnerismo duro es que Kicillof gobierna la provincia que concentra casi el 40% del padrón nacional y, por lo tanto, posee algo incómodo para cualquier conducción vertical: territorio, caja política, intendentes, gestión y proyección propia. Pedirle que se comporte como un delegado obediente equivale a contratar un capitán y después explicarle que el timón solamente se toca con autorización escrita.
Desde el entorno del gobernador hablan de “componer nuevas melodías”, una frase suficientemente poética como para irritar a quienes prefieren que el repertorio partidario siga ejecutándose con la misma partitura. Andrés Larroque, Carlos Bianco y Jorge Ferraresi aparecen entre quienes empujan un esquema con mayor independencia, mientras el kirchnerismo busca conservar el control de las candidaturas y evitar que el peronismo bonaerense empiece a desarrollar vida política fuera de su órbita.
La discusión tiene consecuencias bastante menos literarias. La fractura puede complicar leyes en la Legislatura bonaerense, negociaciones presupuestarias, endeudamiento, cargos y, sobre todo, la confección de las próximas listas. Todo esto mientras el oficialismo nacional observa cómo su principal fuerza opositora dedica buena parte de su energía a debatir quién manda sobre quién. La estrategia puede resultar sofisticadísima o simplemente autodestructiva; la historia partidaria argentina admite ambas posibilidades simultáneamente.
La pregunta de fondo ya no es si Kicillof será leal a Cristina Kirchner o si La Cámpora conservará la lapicera. Es si el peronismo está dispuesto a permitir que aparezcan liderazgos nuevos sin someterlos previamente a una prueba de obediencia. Porque un movimiento que alguna vez hizo de la conducción una herramienta de poder corre ahora el riesgo de convertirla en una ceremonia donde todos juran fidelidad mientras cada vez queda menos gente afuera esperando entrar.
