Es un martes de septiembre y a Francisco Giménez le duelen los dedos después de pasar todo el día cosiendo pelotas de fútbol en una fábrica. A las 17.40 se sube a su bicicleta en una vereda de Trenque Lauquen y empieza a pedalear con fuerza los casi 10 kilómetros que tiene por delante. “No puedo llegar tarde”, se repite este hombre de 37 años. Cruza la ruta, recorre la recta de tierra y llega justo a las 18. Se baja de la bicicleta, presenta su DNI en la garita y una oficial del Servicio Penitenciario de la Unidad 20 lo deja ingresar al lugar donde, desde hace más de cuatro años, cumple una condena.\
\En el marco de su visita a la Argentina prevista para noviembre, el papa León XVI decidió incluir en su agenda dos grupos sociales: las personas con discapacidad y quienes están privadas de su libertad. Está previsto que el 9 de noviembre visite el Cottolengo de Don Orione y que, dos días después, se reúna en la cárcel de Devoto con un grupo reducido de internos.\
\La elección de esos ámbitos adquiere relevancia en el contexto político argentino. El gobierno de Javier Milei enfrenta cuestionamientos por los recortes en el área de discapacidad, mientras que el Congreso aprobó este año una ley que baja la edad de imputabilidad de 16 a 14 años.\
\En distintas oportunidades, el Pontífice se refirió a la situación de las personas encarceladas, en línea con su antecesor Francisco, quien puso el acento en la dignidad humana por encima de los errores individuales y cuestionó la “cultura del descarte”.\
\El 14 de diciembre de 2025, durante una homilía en la Basílica de San Pedro, León XVI sostuvo: “La justicia es siempre un proceso de reparación y reconciliación”. También señaló desafíos pendientes del sistema penitenciario, entre ellos el hacinamiento y las limitaciones de los programas educativos y laborales. Sobre el acompañamiento personal, expresó: “No olvidemos el peso del pasado, las heridas que hay que curar en el cuerpo y en el corazón, las desilusiones, la infinita paciencia que se necesita, consigo mismo y con los demás, cuando se emprenden caminos de conversión, y la tentación de rendirse o de no perdonar más”.\
\Un sistema penitenciario en crecimiento\
\El sistema penitenciario argentino no deja de crecer. Los últimos datos disponibles de 2024 del Sistema Nacional de Estadísticas sobre Ejecución de la Pena (Sneep) registraron un máximo de \120.700 personas privadas de la libertad\. La cifra aumentó un 70% entre 2010 y 2022, y casi la mitad de la población detenida se encuentra en establecimientos de la provincia de Buenos Aires.\
\La discusión sobre el funcionamiento de las cárceles se reactualiza al observar también las cifras de criminalidad. Las estadísticas de 2025 elaboradas por el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) reportaron 1.954.024 hechos en el país, entre ellos 369.239 robos y 308.523 hurtos. Para ese mismo período, la tasa de homicidios dolosos fue de 3,6 cada 100.000 habitantes, con un total de 1.613 casos.\
\Ante ese escenario, distintas instituciones y referentes eligen poner el foco en la prevención y en las historias de los chicos que entran en conflicto con la ley. Los registros oficiales históricos sitúan la reincidencia legal, según las pautas del Código Penal, entre el 17% y el 26% de la población penal condenada.\
\¿Cuál es la mejor estrategia para reducir el delito? ¿Cómo evitar que más adolescentes terminen encerrados? ¿Qué efectos tiene la cárcel sobre ellos? Son algunas de las preguntas que se plantean organizaciones sociales, jueces, defensores y personas que acompañan a jóvenes y adultos privados de la libertad.\
\Para muchos de esos referentes, los recursos del Estado deberían orientarse a sostener mejor las infancias. La educación aparece como una herramienta central para que el recorrido de un chico no quede reducido a la calle, el consumo problemático y, más tarde, el delito.\
\Reparar sin romantizar el delito\
\“Nosotros no apoyamos la impunidad ni romantizamos el delito. Pero creemos que el odio solo profundiza la violencia y que se puede tener otra mirada”, afirma Diana Márquez, coordinadora nacional de Víctimas por la Paz, una organización creada hace más de diez años e integrada por personas que sufrieron las consecuencias de hechos delictivos y promueven la justicia restaurativa y la integración.\
\“La venganza es interminable, no nos da paz ni tampoco convivencia. Yo espero que esas personas que van a volver a la sociedad vuelvan como un vecino, y que sea un vecino al que yo no le tenga miedo”, sostiene Márquez.\
\Uno de los proyectos que acompaña la organización es la cooperativa de trabajo Liberté, que funciona en la Unidad N.º 15 de Batán. La comunidad reúne a más de 200 personas, entre internos, expresos, víctimas de delitos y ciudadanos comunes. Sus integrantes gestionan una huerta, realizan trabajos de carpintería y cocina, participan de actividades deportivas y cursan diplomaturas mediante un convenio con la Universidad Nacional de Mar del Plata.\
\“Tratamos de estar constantemente en diálogo con la educación, con el deporte y con el trabajo. Y ahí cambia todo. Las personas pasan un año por este espacio y tenemos 0% de reincidencia”, agrega Márquez.\
\Al describir las trayectorias de las personas privadas de la libertad, la coordinadora identifica cuatro factores frecuentes: bajos recursos económicos, falta de educación, problemas familiares y situaciones de consumo problemático. Para ella, la escuela debería ser una de las primeras instituciones en detectar las señales de alarma, aunque considera que actualmente no cuenta con los dispositivos necesarios para ir a buscar a los alumnos que quedan fuera del sistema educativo.\
\“Cuando la gente dice ‘que se pudran en la cárcel’ eso es lo que pasa y salen más podridos. Cuando hablamos de las puertas giratorias siempre abren para adentro de la cárcel porque el sistema penal es una picadora de carne”, concluye.\
\Martín Herrero, fundador de la cooperativa de inclusión laboral El Pase, comparte esa preocupación. “Los ves tan quebrados, tan hijos del desamor. Venían de lugares de muchísima precariedad, no tenían contención familiar. Si no se revierten esas historias, terminan presos. No todos tenemos la misma suerte de nacer en un espacio con afecto”, afirma.\
\Francisco Giménez: aprender a reconstruir la propia vida\
\“Mi mamá trabajaba todo el día. A la noche, nos dejaban dentro de un autito y se iba al basurero a cielo abierto a revisar las bolsas para sacar ropa. Se quedaba a la madrugada lavándola para mandarnos al otro día al colegio”, recuerda Francisco sobre su infancia en América, un pueblo bonaerense.\
\Actualmente integra el régimen abierto de la Unidad Penitenciaria N.º 20 de Trenque Lauquen. Comparte una casa con otros nueve internos y, entre todos, se organizan para limpiar, cocinar y realizar las tareas domésticas durante esta etapa previa a la libertad.\
\De lunes a sábado trabaja en El Pase, una cooperativa social de inclusión laboral que capacita a personas privadas de la libertad durante la última etapa de sus condenas mediante la fabricación artesanal de pelotas de fútbol.\
\Por momentos, Francisco se quiebra al recordar su infancia. A los nueve años empezó a alcanzarle baldes de cemento a su padre en las obras y, a los 13, ya salía a trabajar. También recuerda las veces que escapaba de su casa para evitar los golpes y el consumo al que recurrió para soportar la desolación.\
\“La mejor manera de corregir a un hijo es con amor. No es agarrar un cinto, un cable o un palo. El castigo físico se queda inculcado en uno y, sin darse cuenta, lo naturaliza. Yo he tenido mis errores y lo voy a reconocer”, dice.\
\En su hogar había violencia y la escuela no llegó a convertirse en un refugio. Francisco dejó de estudiar y comenzó a consumir sustancias: primero inhaló nafta, después consumió alcohol y marihuana, y a los 16 años probó cocaína.\
\—¿Por qué creés que empezaste a consumir?\
\—Llegó un punto en el que ninguna anestesia tapaba el gran dolor que tenía. Me quise matar muchas veces tomando cocaína y no lo pude lograr. Al final, caí preso por venta de estupefacientes.\
\—¿Cómo describirías lo que sucede en El Pase?\
\—En cada costura que vas haciendo vas desarmando un pedacito de tu vida y la volvés a construir sanamente, con paciencia. Te empezás a dar cuenta de que el responsable de estar en este lugar sos vos y te hacés cargo de tus errores. Otra cosa que me enseñaron acá es a gestionar las emociones.\
\Francisco está contento: le avisaron que en unas semanas recibirá el diploma de la secundaria, que terminó mientras cumplía su condena. La libertad también está cerca. Durante el proceso tuvo altibajos, se enojó, lloró y habló mucho. Hoy asegura que pedir disculpas lo ayuda a sanar, que se arrepiente de varias decisiones y que la droga está cada vez más lejos porque ya no la necesita.\
\“Yo no sabía quién era. Hoy me estoy conociendo y gracias a Dios que me conocí, porque mirá lo que me estaba perdiendo. ¡Qué hermoso que soy!”, afirma.\
\La infancia que vuelve en la vida adulta\
\Jorge Coronel tiene 32 años y también arrastra una infancia atravesada por la violencia. Se crió con un padre alcohólico y una madre que lo golpeaba. Cuando pudo, se fue de su casa, pero en la calle encontró las drogas y comenzó a delinquir. Estuvo cinco años preso y asegura que la religión lo ayudó a reencontrarse con el niño que había sido, abandonar el consumo y perdonar a sus padres.\
\“Yo no avalo que un pibe de 12 años te pueda matar. Sí creo que en algunas ocasiones puede terminar robando para consumir. Hay un vacío que uno necesita llenar y terminás preso por eso”, sostiene.\
\Durante la conversación se muestra nervioso, se refriega las manos y pide un vaso de agua. Hablar de su infancia implica volver sobre los desbordes de su padre cuando estaba alcoholizado, los golpes de su madre, el consumo de drogas y las ganas de venganza. También cuenta cómo la Iglesia Evangélica lo ayudó a ponerse de pie y cómo es su presente junto a su mujer, sus cuatro hijos y su trabajo como recolector de basura en Pehuajó.\
\Era el mayor de cinco hermanos. Su padre tenía otra familia y aparecía de manera intermitente. Su madre le reprochaba esa situación y sus abuelos, que vivían a pocas cuadras, eran su principal refugio.\
\—¿Qué encontraste en la calle?\
\—La libertad que no podía tener en mi casa. A los 12 años me fui pegándole a mi madre porque le estaba pegando a mi hermano. Mis papás ya se habían separado y me fui a vivir con él y su otra familia. Con un hermano de la otra mujer empezamos a caminar la calle y a hacer cosas que muchas veces no debíamos hacer.\
\—¿Cómo qué? ¿Con qué se arranca?\
\—Robando. Al principio, cosas chicas como una bicicleta o en obras en construcción. Un día probé la cocaína y desde ese día nunca frené.\
\A los 16 años perdió a su abuelo, la única referencia afectiva que tenía, y también tuvo a su primer hijo. Intentó dejar la cocaína, pero volvió a consumir y comenzó a vender drogas. A los 23 años fue detenido después de ir con su hermano a robar a un negocio, tras haber consumido pastillas y quedarse sin dinero. Pasó cinco años en prisión.\
\“Muchas veces decía que si alguien le daba droga a mi hijo yo lo mataba. Pero el que manejaba la droga dentro de mi casa era yo y mi hijo ya tenía 14 años. La droga la iba a agarrar de mi propia mano. No veía que el que estaba matando tal vez a mi hijo era yo”, reflexiona.\
\El punto de inflexión, cuenta, llegó con su acercamiento a la Iglesia Evangélica. El mensaje religioso lo conmovió y lo ayudó a dejar el consumo.\
\“En la cárcel hay vidas más destrozadas que la mía. Yo encontré al Señor y ahí me puse a ver mi profundidad, o sea, a ver a ese niño que estaba roto para que fuera libre. Porque si ese niño seguía así, yo iba a seguir dañando con acciones”, concluye.\
\Educación, trabajo y reinserción\
\Antes de entrar en contacto con el sistema penitenciario, Martín Herrero no pensaba demasiado en las personas detenidas. Era un hombre de clase media que tenía una empresa de aberturas en Trenque Lauquen. Su mirada cambió cuando empezó a colaborar en un hogar para chicos menores de edad con problemas penales y conoció historias de abandono y abuso.\
\Después de varios años de trabajo con la pastoral carcelaria, fundó la cooperativa El Pase en 2015. Por allí pasaron alrededor de 164 internos que, además de aprender a fabricar pelotas de fútbol, recibieron acompañamiento y encontraron un espacio para construir un proyecto de vida fuera de la cárcel.\
\“A mí muchas veces me dicen, ‘vos estás loco, acompañando a esa gente que no se lo merece’. Yo respondo: ‘Pensá que tal vez si esa persona sale de la misma manera puede volver a entrar en tu casa o pueda hacer algo que te pueda dañar. Si transita por El Pase, tal vez, cambie de rumbo’”, señala Herrero.\
\Para él, el camino pasa por el afecto, la escucha y un proceso que permita a cada persona hacerse cargo de sus errores, reconocerlos, recuperar la autoestima y volver a conectarse con un propósito.\
\“¿Tenés que bajar la edad de imputabilidad? Yo no digo que no tenga que ser así. Pero la realidad es que para muchos la cárcel es una escuela de formación de delincuentes. El que entró robando una cartera hoy te puede robar un banco. Lo que tendríamos que hacer es ir al hueso de la emoción, del corazón, intentar reparar ese daño porque está probado que es el gesto de amor el que te transforma”, afirma.\
\La escuela, además de ser un espacio de aprendizaje, cumple una función de socialización. Allí hay adultos que pueden advertir si un alumno llega golpeado, si comió, si asiste con regularidad o si empieza a faltar. Cuando se produce la deserción, esas oportunidades de detección y acompañamiento se reducen.\
\A nivel nacional, \el 62% de las personas detenidas tiene como máximo nivel educativo el primario, el 36% alcanzó el secundario y solo el 2% llegó a cursar estudios terciarios o universitarios\.\
\El informe \*Condiciones de vida en la cárcel. Resultados de la encuesta de detenidos condenados\*, realizado a fines de 2015 por el Centro de Estudios Latinoamericanos sobre Inseguridad y Violencia (CELIV) de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, aporta información sobre las trayectorias de consumo que no aparece en los registros del Sneep.\
\Según los testimonios recogidos, más de un tercio de los internos creció en hogares donde el consumo de drogas o alcohol era habitual. Los menores de 29 años probaron por primera vez marihuana e inhalantes a los 14 años, y pastillas o pasta base a los 16. Además, en los meses previos a ser detenidos, más de la mitad consumía a diario marihuana, pasta base o cocaína, mientras que el 30% ingería pastillas.\
\La cárcel como espacio de formación y las barreras al salir\
\Roberto Conti, juez del Tribunal Criminal N.º 7 de Lomas de Zamora, impulsa Pabellones Literarios, un programa del Ministerio de Justicia de la provincia de Buenos Aires que incluye talleres bajo una política de no violencia y diálogo entre internos. Actualmente existen 140 pabellones en 55 dependencias carcelarias, donde viven alrededor de 10.000 personas privadas de la libertad.\
\“Hay una criminalización de la pobreza porque tenés un montón de pibes detenidos que son pobres. Salen a laburar a la calle a muy temprana edad, en un medio totalmente hostil”, sostiene Conti. Para el juez, la educación debería ser una prioridad porque permite abrir oportunidades a los chicos.\
\Conti también señala que muchas personas que terminan involucradas en delitos viven en barrios marginados, sin estructuras de contención, y crecen en familias atravesadas por dificultades económicas y emocionales, donde otros integrantes también pasaron por situaciones de encierro.\
\—Una vez que ingresan al sistema penitenciario, ¿cuáles son los espacios que sirven para que ellos puedan armar un proyecto de vida y no reincidir?\
\—Los vinculados con la educación porque hay un montón que no saben leer ni escribir. Y de repente encuentran su primer contacto con la lectura y la escritura en una unidad carcelaria. Y, después, espacios de capacitación para el medio libre. Para mí tendrían que existir unidades carcelarias productivas.\
\—Otro desafío es cómo se reinsertan en la sociedad cuando recuperan la libertad, ¿no?\
\—Sí, ahí todos sabemos que tienen una segunda condena que son los antecedentes. Por ejemplo, un pibe no puede sacar un carnet profesional si quiere ser camionero. Si quieren trabajar en seguridad, para hacer limpieza, para cortar el pasto o en la construcción en un barrio privado, no pueden entrar porque les piden antecedentes penales. Uber también te pide certificado de antecedentes penales si te querés dar de alta como conductor. Por eso yo estoy convencido de que hay que ir por los oficios.\
\Las experiencias de El Pase, Liberté y Pabellones Literarios apuntan a sostener alternativas concretas dentro de las cárceles y a reducir las barreras que aparecen cuando llega el momento de recuperar la libertad. Educación, capacitación laboral y acompañamiento son parte de una estrategia que busca evitar que el encierro se convierta en una estación de paso hacia una nueva condena.\
\Con más de 120.700 personas privadas de la libertad en 2024, Argentina enfrenta el desafío de reducir la reincidencia y prevenir el ingreso de adolescentes al delito. Especialistas, organizaciones sociales y referentes judiciales destacan el papel de la educación, el trabajo y la contención afectiva para reconstruir proyectos de vida y facilitar la reinserción social, en un contexto de debate por la baja de la edad de imputabilidad.\
\En Argentina hay más de 120.700 personas privadas de la libertad y la discusión sobre cómo reducir el delito vuelve a girar alrededor de una pregunta incómoda: ¿qué hacemos antes de que un chico termine preso? La respuesta parece menos espectacular que inaugurar una cárcel: escuela, trabajo, acompañamiento y adultos que aparezcan antes de que sea demasiado tarde.\
\La prevención tiene un problema de marketing. Una escuela que logra que un adolescente no abandone los estudios no suele cortar cintas, no tiene alambrado nuevo para mostrar y difícilmente consiga una foto institucional con cara de estadista. Una cárcel, en cambio, se puede contar por metros cuadrados, plazas disponibles y cantidad de internos; el resultado de evitar que alguien llegue hasta ahí es bastante más difícil de poner en una planilla.\
\Las historias de Francisco Giménez y Jorge Coronel muestran recorridos atravesados por violencia familiar, abandono escolar, consumo problemático y delito. No son excusas ni borran responsabilidades: ayudan a entender que, cuando la infancia transcurre entre golpes, precariedad y falta de contención, la libertad puede aparecer primero como una salida a la calle y después convertirse en una puerta de entrada al encierro.\
\En Trenque Lauquen, Giménez cose pelotas de fútbol mientras cumple la última etapa de su condena y terminó la secundaria dentro del sistema penitenciario. En Batán, la cooperativa Liberté reúne a personas detenidas, expresos, víctimas de delitos y ciudadanos comunes en actividades productivas, educativas y deportivas. Son experiencias que intentan demostrar que la reinserción no se resuelve con un discurso sobre segundas oportunidades, sino con herramientas concretas para sostenerlas.\
\Los números también señalan el tamaño del desafío: el 62% de las personas detenidas tiene nivel de instrucción primario y apenas el 2% llegó a cursar estudios terciarios o universitarios. A eso se suman las barreras laborales que persisten después de recuperar la libertad, cuando los antecedentes penales pueden cerrar oportunidades incluso para trabajos legales y cotidianos.\
\Mientras el debate público discute si hay que bajar la edad de imputabilidad, quienes trabajan con personas privadas de la libertad insisten en mirar el recorrido anterior al delito y el posterior a la condena. No se trata de romantizar la delincuencia ni de negar el daño causado, sino de evitar que el sistema penal termine recibiendo, una y otra vez, a quienes nunca encontraron a tiempo una alternativa.\
\Porque para construir una sociedad más segura, a veces la obra más importante no es levantar otra pared: es conseguir que alguien no tenga que terminar detrás de ella.\
\