Después de las elecciones presidenciales celebradas el último domingo en Brasil, la atención internacional se traslada hacia Israel, donde este martes se desarrollarán elecciones legislativas que podrían redefinir el futuro político del primer ministro Benjamin Netanyahu.
Los comicios serán los primeros desde los ataques del 7 de octubre de 2023 y se realizarán en un escenario de fuerte fragmentación partidaria, con la oposición buscando construir una mayoría que permita desplazar al actual jefe de Gobierno.
Entre las figuras que concentran la atención aparece Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor israelí, señalado como uno de los dirigentes con posibilidades de encabezar una alternativa al oficialismo.
Cómo funciona el sistema electoral de Israel
El Poder Legislativo israelí está integrado por una única cámara, denominada Knéset, compuesta por 120 diputados elegidos por períodos de cuatro años.
La legislación electoral establece que los comicios deben ser “generales, nacionales, directas, igualitarias, secretas y proporcionales”.
A diferencia de otros sistemas parlamentarios, Israel constituye una única circunscripción electoral nacional. Esto significa que los ciudadanos votan listas de candidatos presentadas por los partidos políticos y que los escaños se distribuyen proporcionalmente según los resultados.
Para estas elecciones, aproximadamente 7,3 millones de ciudadanos están convocados a sufragar en unos 12.000 centros de votación distribuidos por el territorio israelí.
La Knéset puede ser disuelta anticipadamente mediante una votación por mayoría simple, una situación relativamente frecuente en la política israelí. En circunstancias excepcionales, su mandato puede extenderse más allá de los cuatro años mediante el respaldo de al menos 80 diputados.
Uno de los aspectos centrales del sistema es el umbral electoral del 3,25%: las listas deben alcanzar ese porcentaje de los votos emitidos para participar en la distribución de bancas.
La Comisión Electoral registró 38 listas para estos comicios, frente a las 29 que participaron en 2022, lo que refleja una mayor cantidad de agrupaciones en competencia.
Netanyahu enfrenta el desafío de conservar la mayoría
Las encuestas previas anticipan una composición parlamentaria fragmentada, con los partidos tradicionales, como el Likud, de derecha, y el Partido Laborista, de izquierda, compitiendo junto a fuerzas ubicadas en diferentes sectores del espectro político.
En este escenario sobresale Gadi Eisenkot, de 66 años, quien se desempeñó como jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel entre 2015 y 2019.
El exmilitar plantea la necesidad de unir a la sociedad israelí después de los años de gobierno de Netanyahu, cuya gestión ha estado atravesada por una marcada orientación hacia la derecha y profundas divisiones políticas.
En declaraciones a Radio 750, el exfutbolista y entrenador argentino Eduardo Perel, residente en Israel, analizó las perspectivas electorales y sostuvo que el actual primer ministro enfrenta dificultades para conservar el poder.
“Sin temor a equivocarme, creo que es el final de Netanyahu”, expresó Perel al referirse al panorama político previo a la votación.
El entrevistado recordó que, en las últimas cuatro elecciones, el Likud consiguió entre 28 y 32 escaños, mientras que los sondeos actuales le atribuyen entre 18 y 21 bancas.
La diferencia es significativa porque, para conformar una mayoría parlamentaria, se necesita reunir el respaldo de 61 de los 120 diputados.
Perel sostuvo que parte de la derecha israelí se distanció de Netanyahu por sus decisiones posteriores al 7 de octubre de 2023, mientras que los sectores de ultraderecha continúan respaldándolo.
Entre las fuerzas opositoras mencionó a Yashar, vinculado con el apoyo del ex primer ministro Naftalí Bennett, y a los demócratas, una corriente política relacionada con la tradición histórica de la izquierda israelí.
El papel de Eisenkot y el voto árabe en la formación de gobierno
Según el análisis de Perel, la oposición vinculada con Gadi Eisenkot podría reunir entre 56 y 57 escaños, una cifra cercana a los 61 necesarios para garantizar una mayoría parlamentaria.
El entrevistado destacó que la composición definitiva de las alianzas será determinante para establecer quién estará en condiciones de formar gobierno.
“Israel lo hizo la izquierda”, recordó Perel al reivindicar el papel histórico de ese sector político en la conformación del Estado israelí.
También señaló que el voto de la población árabe podría convertirse en uno de los factores decisivos de la elección.
En ese sentido, cuestionó una iniciativa que atribuyó a Netanyahu para impedir la participación electoral de partidos árabes.
“Hay un detalle importante que va a definir la elección: la semana pasada Netanyahu mandó una carta al Consejo Superior para que los partidos árabes no participaran de la elección. Es una payasada. Pero lo hizo, no es ningún tonto, porque están en condiciones de votar 2 millones de árabes”, afirmó.
Para Perel, la participación de ese electorado podría aportar los escaños necesarios para que una coalición opositora alcance la mayoría parlamentaria.
“Esos son los que le van a dar los cinco escaños a Eisenkot para poder formar gobierno”, aseguró.
El analista consideró que ninguna fuerza política obtendría por sí sola una cantidad suficiente de bancas para gobernar, por lo que la negociación entre partidos será fundamental una vez conocidos los resultados.
En ese contexto, sostuvo que la fuerza más votada podría alcanzar alrededor de 24 escaños propios, lo que obligaría a establecer acuerdos con otras agrupaciones para construir una coalición.
Las elecciones definirán la distribución de las 120 bancas de la Knéset y abrirán una nueva etapa de negociaciones parlamentarias, en la que tanto Netanyahu como sus adversarios necesitarán reunir los apoyos suficientes para encabezar el próximo gobierno israelí.
Israel celebrará este martes elecciones legislativas que podrían modificar el escenario político del primer ministro Benjamin Netanyahu. Con 38 listas registradas y 120 bancas en disputa, las encuestas anticipan un Parlamento fragmentado. El exjefe militar Gadi Eisenkot aparece como una figura relevante de la oposición, mientras crecen las expectativas sobre la formación de una nueva mayoría parlamentaria.
La política israelí se prepara para una nueva edición de su deporte institucional favorito: intentar formar un gobierno con una cantidad de partidos suficiente como para completar un álbum de figuritas. Este martes, aproximadamente 7,3 millones de electores están convocados a votar para renovar los 120 escaños de la Knéset, en unas elecciones donde Benjamin Netanyahu enfrenta un desafío que ni siquiera su extensa experiencia negociando coaliciones garantiza resolver. Porque en Israel ganar una elección es apenas el trámite inicial; después viene la verdadera competencia: conseguir que una colección de dirigentes con diferencias profundas acepte compartir una mesa sin convertir cada reunión en una crisis parlamentaria.
La Comisión Electoral registró 38 listas, nueve más que en 2022. Treinta y ocho propuestas políticas para un Parlamento de 120 integrantes. Una diversidad que podría entusiasmar a cualquier defensor del pluralismo, hasta que llega el momento de juntar 61 bancas para gobernar y la matemática comienza a parecerse a un examen diseñado por alguien que disfruta viendo sufrir a los estudiantes.
Netanyahu llega a esta instancia con un problema que no se resuelve mediante discursos: los números. Según el análisis de Eduardo Perel, el Likud podría obtener entre 18 y 21 escaños, lejos de los resultados de anteriores elecciones. El primer ministro necesita aliados, pero el mercado de las coaliciones políticas presenta una dificultad considerable: todos quieren participar de las decisiones y nadie parece especialmente interesado en facilitarle la vida al vecino.
Del otro lado aparece Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor y aspirante a construir una alternativa política. Su principal desafío consiste en unir a una oposición que, según las estimaciones citadas por Perel, podría reunir 56 o 57 bancas. Es decir, una mayoría que todavía no es mayoría. Una situación comparable a organizar una cena para 61 personas, conseguir 57 confirmaciones y descubrir que los cuatro invitados restantes pueden decidir el menú, la música y quién se queda con la casa.
En ese tablero, el voto de la población árabe adquiere especial relevancia. Perel cuestionó una iniciativa atribuida a Netanyahu para impedir la participación de partidos árabes y sostuvo que ese electorado podría resultar decisivo. La paradoja es notable: después de meses de enfrentamientos políticos, las aspiraciones de gobierno podrían depender de sectores que hasta hace poco parecían relegados a un papel secundario en los cálculos de poder.
Así llega Israel a las urnas: con un primer ministro que busca conservar el cargo, una oposición que intenta reunir las piezas necesarias y un sistema parlamentario donde cada escaño puede valer más que un discurso de campaña. El resultado determinará la composición de la Knéset, aunque formar gobierno será otra historia. Porque la democracia israelí tiene una particularidad: cuando termina el recuento de votos, todavía puede faltar bastante para saber quién consiguió realmente ganar.
