Las fotografías parecen tomadas en África: muestran dromedarios caminando sobre un paisaje árido y casi desértico. Sin embargo, las imágenes fueron capturadas en San Juan, Argentina, durante 1923.
A comienzos del siglo XX, el país buscaba nuevas alternativas para aprovechar productivamente sus regiones más secas. En ese contexto surgió una iniciativa singular: traer dromedarios desde el Sahara para emplearlos como animales de carga y transporte.
Los dromedarios, reconocibles por su única joroba, eran utilizados desde hacía siglos en distintas regiones de África y Asia. Su capacidad para recorrer grandes extensiones y sobrevivir con poca agua los convertía, al menos en teoría, en animales especialmente aptos para las condiciones ambientales de Cuyo.
Además de transportar personas y mercaderías, podían aportar fuerza de tracción y leche. Por esa razón, su introducción no fue concebida únicamente como una curiosidad, sino como un verdadero experimento productivo destinado a buscar respuestas para las limitaciones de las zonas áridas.
Guillermo Renato Aubone, el impulsor del experimento
Detrás del proyecto estuvo Guillermo Renato Aubone Scheroni, quien había estudiado agronomía en Montpellier, Francia, antes de regresar a la Argentina con una formación especializada.
En 1914 fue designado profesor y jefe de sección de la Escuela de Agricultura y Ganadería de Córdoba. Posteriormente se desempeñó como jefe de cultivos y subdirector de la institución.
El proyecto de los dromedarios formó parte de ese espíritu experimental. Aubone buscaba soluciones concretas para una región marcada por la escasez de agua, las largas distancias y las dificultades de transporte.
La adaptación de estos animales parecía ofrecer una alternativa para resolver parte de esas limitaciones productivas y logísticas en ambientes secos.
Los animales tuvieron crías, pero el proyecto desapareció
A pesar de los primeros resultados, la experiencia se extendió durante poco tiempo. No existe documentación concluyente sobre la cantidad total de dromedarios incorporados al proyecto, el número de crías obtenidas ni las razones precisas que llevaron a su abandono.
Tampoco se conoce con certeza qué ocurrió con los últimos ejemplares que permanecieron en San Juan.
Entre las explicaciones posibles aparecen los costos de mantenimiento, la falta de continuidad institucional y el crecimiento del transporte motorizado, aunque ninguna de estas hipótesis cuenta con confirmación definitiva.
Lo que sí quedó registrado es que los animales lograron reproducirse y que la experiencia formó parte de un intento concreto por desarrollar nuevas alternativas productivas para las zonas áridas argentinas.
Un episodio todavía rodeado de misterio
Más de un siglo después, el episodio continúa generando sorpresa. San Juan tuvo dromedarios procedentes del Sahara que lograron reproducirse y que integraron un proyecto productivo desarrollado en el país.
La desaparición de aquellos animales y el final de la experiencia siguen sin contar con una explicación definitiva.
El caso expone además una faceta poco conocida de la Argentina de comienzos del siglo XX: un país que buscaba transformar y aprovechar sus regiones áridas mediante experiencias productivas que incluso contemplaron la incorporación de animales adaptados naturalmente al desierto.
En 1923, San Juan fue escenario de un singular experimento productivo: la introducción de dromedarios traídos desde el Sahara para utilizarlos como animales de carga, transporte y tracción en zonas áridas. El proyecto, impulsado por Guillermo Renato Aubone, logró incluso la reproducción de los animales, aunque desapareció poco después sin que exista documentación concluyente sobre sus causas.
Las fotos podrían pasar perfectamente por una postal del Sahara hasta que alguien aclara el pequeño detalle geográfico: fueron tomadas en San Juan. En 1923. Porque hubo un momento de la historia argentina en el que alguien observó el paisaje cuyano, pensó en la falta de agua, las enormes distancias y las dificultades para transportar cargas, y concluyó que la respuesta podía ser importar dromedarios. Una decisión tan audaz que hoy probablemente necesitaría una presentación de 87 diapositivas, cuatro estudios de impacto y una discusión nacional en redes sociales antes de que el primer animal bajara del barco.
La idea, sin embargo, tenía lógica. Los dromedarios estaban preparados para atravesar grandes extensiones con poca agua, podían transportar personas y mercaderías, aportar fuerza de tracción e incluso leche. Es decir, eran una especie de vehículo multipropósito del desierto, aunque con una sola joroba y mantenimiento biológico incluido. En una provincia donde la aridez condicionaba buena parte de la actividad productiva, el experimento no era una extravagancia turística: buscaba resolver problemas concretos.
El responsable de la iniciativa fue Guillermo Renato Aubone Scheroni, un agrónomo formado en Montpellier que regresó al país con una visión experimental de la producción. Aubone buscaba adaptar soluciones a ambientes difíciles y encontró en los dromedarios una herramienta que parecía casi diseñada por la naturaleza para Cuyo. Y durante un tiempo, funcionó: los animales se adaptaron e incluso tuvieron crías.
El misterio empieza después. No hay registros definitivos sobre cuántos ejemplares llegaron, cuántos nacieron ni qué ocurrió con los últimos animales. Entre las explicaciones posibles aparecen los costos, la falta de continuidad institucional y el avance del transporte motorizado. Dicho de otro modo: los dromedarios podrían haber sido víctimas de la misma fuerza histórica que terminó jubilando a carruajes, diligencias y otras tecnologías que parecían eternas hasta que apareció un motor.
Más de un siglo después, el episodio conserva una potencia casi surrealista. Hubo una época en la que San Juan tuvo dromedarios del Sahara caminando por su territorio y formando parte de un proyecto productivo serio. No fue una película, no fue una campaña publicitaria y tampoco una confusión fotográfica. Fue Argentina haciendo lo que Argentina ha sabido hacer históricamente con notable creatividad: intentar solucionar un problema complejo mediante una idea que nadie veía venir.
