El bloqueo y la tensión en el estrecho de Ormuz provocaron una fuerte disrupción en los mercados energéticos globales, pero detrás de las cifras sobre petróleo, fletes y flujos marítimos existe también una dimensión humana: capitanes y tripulaciones que atraviesan una de las rutas más peligrosas del mundo para sostener el suministro de energía.
Uno de esos protagonistas es un experimentado capitán de un buque cisterna que relató cómo debió reaccionar cuando observó una explosión frente a su embarcación. El marino desvió su barco, de unos 300 metros de eslora, rodeó al buque que tenía delante y comprobó que se había declarado un incendio.
Con la situación todavía en desarrollo, se comunicó con la Armada de Estados Unidos para informar del ataque y continuar la navegación en una zona donde sobrevuelan drones y misiles.
Navegar casi a oscuras por Ormuz
El capitán, de unos 40 años y cuya identidad se mantiene en reserva por tratarse de operaciones comercialmente sensibles, explicó que su buque realiza viajes de ida y vuelta por el estrecho transportando petróleo principalmente durante la noche y bajo estrictas restricciones operativas.
Las instrucciones incluyen navegar sin luces, sin teléfonos y utilizando apenas un radar. En algunos tramos, la tripulación se desplaza prácticamente “a ciegas” cerca de la costa de Omán, utilizando faros y referencias costeras para orientarse.
“Simplemente tengo suerte porque aún recuerdo la navegación tradicional, a la vieja usanza”, afirma entrevistado por Bloomberg desde Filipinas, su país natal, donde se encuentra ahora de vacaciones tras una estancia de tres meses en la que se dedicó principalmente a hacer el trayecto de ida y vuelta por el estrecho de Ormuz. “No se requerían luces de navegación. Es todo un reto”.
La navegación se desarrolla bajo la amenaza de minas, drones y misiles. A pesar del respaldo militar estadounidense, ejecutivos del sector estiman que la probabilidad de que un buque sea alcanzado durante una travesía por Ormuz ronda una entre veinte.
El riesgo se paga con fuertes primas
El peligro también tiene una compensación económica. El capitán explicó que su último contrato fue más corto de lo habitual porque sabía que la misión “no es fácil”, aunque recibió varias veces su salario normal por realizar las travesías.
Según información difundida por Bloomberg, al menos un armador llegó a ofrecer a sus tripulantes una prima equivalente a seis meses adicionales de sueldo por completar estos viajes.
La composición de las tripulaciones incluye una fuerte presencia de trabajadores procedentes de países como Filipinas e India, para quienes estas bonificaciones representan un incentivo significativo frente a un riesgo también extraordinario.
Detrás de la recuperación del flujo energético existe además una operación militar y logística coordinada por Estados Unidos. Desde principios del verano, la Armada estadounidense trabaja con las navieras para establecer rutas destinadas a evitar zonas potencialmente minadas.
El Mando Central de Estados Unidos asegura que sus fuerzas «han ayudado a miles de buques a atravesar el estrecho de Ormuz en los últimos meses proporcionando protección coordinada». En la práctica, los capitanes reciben rutas y puntos específicos de navegación y deben comunicarse con las fuerzas estadounidenses cada 30 minutos.
Sacos de arena, bombas activas y barcos desconectados
Durante buena parte de la travesía, el silencio de radio y la vigilancia permanente forman parte de la rutina. El capitán recordó haber visto aviones y helicópteros estadounidenses sobrevolando su buque mientras transportaba unos dos millones de barriles de petróleo.
En uno de esos recorridos observó la explosión en una embarcación que navegaba delante. Tras informar a la Armada, recibió la indicación de continuar porque otros barcos habían logrado seguir adelante. En otra oportunidad, su propio petrolero fue atacado, aunque el proyectil no causó daños ni dejó heridos.
«Puede ocurrir en cualquier momento», resume.
Los buques de gas natural licuado adoptan medidas todavía más estrictas. Algunas tripulaciones desconectan el sistema AIS, encargado de transmitir la posición del barco, para reducir las posibilidades de ser detectadas mientras navegan cerca de la costa de Omán.
La preparación incluye además barricadas con sacos de arena en sectores estratégicos ante la posibilidad de recibir el impacto de un dron o un misil.
Los petroleros utilizan procedimientos similares. Antes de entrar al corredor, colocan sacos de arena y bidones con agua cerca del puente, mantienen funcionando la bomba contraincendios de emergencia y despliegan mangueras junto a las zonas donde permanece la tripulación.
«Los petroleros están en riesgo todo el tiempo. Es un buque muy peligroso», reconoce el capitán.
La Organización Marítima Internacional calcula que 24 marineros murieron en ataques en la región desde el comienzo de la guerra.
Más petróleo pese a una ruta todavía peligrosa
La situación genera una de las principales paradojas del mercado energético: Ormuz continúa siendo una zona de alto riesgo, pero cada vez circula más petróleo.
JP Morgan y Goldman Sachs estiman que los flujos de crudo procedentes de Oriente Medio están regresando hacia los niveles anteriores al conflicto. JP Morgan calcula que ya alcanzan unos 17,5 millones de barriles diarios.
La recuperación no implica que el estrecho haya regresado a la normalidad. Se trata, en cambio, de una logística extraordinaria en la que navieras, tripulaciones y fuerzas militares lograron mantener en movimiento grandes volúmenes de energía en condiciones de alto riesgo.
La decisión final de atravesar el estrecho corresponde al capitán de cada buque. Mientras las tripulaciones acepten continuar realizando estas travesías, el petróleo y el gas podrán seguir llegando a los mercados internacionales.
El capitán relató que sus hijos esperaban con ansiedad el final de su contrato y su regreso a Filipinas. Su familia «está bastante asustada», reconoció. Aun así, aseguró estar preparado para volver al mar: «Estoy muy orgulloso. En realidad, disfruto de mi trabajo».
Capitanes y tripulaciones de petroleros y buques de GNL atraviesan el estrecho de Ormuz en condiciones extremas, con luces apagadas, radares limitados y riesgo de ataques con drones, misiles o minas. Mientras el flujo energético se recupera, las navieras ofrecen fuertes primas y la Armada de Estados Unidos coordina rutas y protección militar para sostener el tránsito.
Mientras los mercados discuten barriles, primas de riesgo y cotizaciones, en el estrecho de Ormuz hay capitanes que realizan una tarea bastante menos abstracta: conducir barcos de 300 metros por una zona donde puede aparecer un misil, una mina o un dron antes que el próximo parte meteorológico. Todo esto, además, con las luces apagadas y siguiendo instrucciones que hacen parecer a un petrolero comercial como un participante involuntario de una película bélica.
Uno de esos capitanes contó que debió esquivar una embarcación incendiada después de observar una explosión frente a su buque. Luego avisó a la Armada estadounidense y continuó la travesía. La escena tiene algo de absurdo administrativo: un superpetrolero cargado de crudo, una zona de guerra y un hombre informando por radio que acaba de ver explotar un barco, como quien comunica que encontró un inconveniente menor en la ruta.
Las precauciones no son simbólicas. Las tripulaciones colocan sacos de arena, preparan mangueras, mantienen bombas contraincendios activas y, en algunos casos, desconectan sistemas que transmiten su ubicación. También deben mirar el cielo, el horizonte y las coordenadas mientras esperan que ninguna de esas tres cosas traiga una sorpresa.
La recompensa económica es importante: algunas compañías llegaron a ofrecer primas equivalentes a varios meses de salario. No parece desproporcionado cuando ejecutivos del sector estiman que un buque puede enfrentar una probabilidad cercana a una entre veinte de ser alcanzado durante una travesía. Una forma bastante contundente de explicar por qué el concepto de “plus por riesgo” existe.
La gran paradoja es que, mientras Ormuz sigue lejos de parecer una ruta normal, el petróleo vuelve a circular en grandes volúmenes. Detrás de cada cifra energética hay marineros que apagan luces, siguen rutas militares y cruzan uno de los corredores marítimos más peligrosos del planeta. El mercado ve millones de barriles; ellos ven el próximo punto de navegación.